Trabajaba en una antigua construcción del siglo XIX a las afueras de la ciudad, estábamos en labores de restauración de la estructura de una vieja casa que, a juzgar por la cantidad de habitaciones y oficinas que allí habían, se trataba de un hospital, un hotel o una de tantas casas que funcionaban como centros de albergue de pequeños niños que, por circunstancias de la vida, lamentablemente quedaron huérfanos o simplemente eran abandonados por sus inescrupulosos padres queriendo librarse de sus responsabilidades. Según nos contó el profesor Dexter Ambrose, cronista e historiador, allí efectivamente funcionaba un orfanato, llamado Sterling-Mason en honor a las familias que eran las benefactoras de dicho orfanato entre los años 1850 y 1893 donde por una extraña y desconocida razón, éste fue clausurado.
Al abrir las puertas de la casa, se percibía un ambiente tétrico y espeluznante, incluso a plena luz del día, ventanas rotas, la madera de las puertas y el piso carcomida por las termitas y enmohecida por la humedad del lugar, telarañas y un fuerte hedor a excremento de palomas en todo el lugar, daban escalofríos y miedo tan sólo al pasar a través de las habitaciones; los catres y literas aún con sus sábanas y almohadas acomodadas en su lugar, donde los ratones habían hecho sus madrigueras y los baúles que guardaban las pertenencias de los pequeños permanecían cerrados, como cápsulas del tiempo que aguardaban ser abiertas. Al final del pasillo principal se encontraban las oficinas principales del orfanato, dirigido al momento de su clausura por Mr. Simon Johnson y asistido por las hermanas de la Orden de las Carmelitas Descalzas, que se abocan principalmente al cuidado de los más desposeídos, los ancianos y en este caso, a los cientos de huérfanos que allí vivían durante los 43 años de servicio del hogar.
Abrimos las puertas de la oficina principal y logramos encontrar el archivo que custodiaba con sumo recelo y cuidado, los expedientes de todos los niños y niñas, en estricto orden alfabético en dos gavetas; una, donde se encontraban los documentos de los niños que eran adoptados, y por otro lado, la gaveta más grande donde estaban los expedientes de los niños que esperaban encontrar una nueva familia. Según el estudio del profesor Ambrose, de acuerdo a lo encontrado en el archivo de niños adoptados, se pudo deducir que la gran mayoría fueron adoptados por familias pudientes no sólo de la ciudad de Nueva York, sino también de ciudades como Chicago, Boston y Detroit, mientras que eran realmente reducidos los casos en los que los niños volvían al orfanato Sterling-Mason, que se había caracterizado por enseñar valores y disciplina de manera estricta, además de proporcionar la educación básica para que los niños pudieran tener conocimientos acerca de ciencias varias al momento de su adopción o al momento de que cumplieran su mayoría de edad.
Al momento de finalizar la inspección preliminar de la estructura de la casa, nos dispusimos a realizar las labores de restauración, pedida expresamente por el Departamento de Preservación del Patrimonio Histórico del ayuntamiento, donde el Profesor Dexter Ambrose era uno de sus más importantes miembros, además de ser un gran historiador, es un hombre apasionado en los temas de la navegación y las diferentes expediciones que se han realizado alrededor de los polos. En una breve reunión que tuvimos con él, nos explicó que esta casa donde funcionaba el orfanato, era una propiedad conjunta entre las familias Sterling y Mason, que amasaron grandes fortunas en la industria del carbón y la industria ferroviaria respectivamente, y que fue adquirida en el año 1848 precisamente para iniciar el funcionamiento de dicho orfanato, administrado en primer lugar, por la esposa de uno de los magnates que se asociaron; Elizabeth Sterling, sucedida en su puesto años más tarde por su hija, Margaret Sterling-Mason. Ambas fallecieron en circunstancias aún desconocidas, asistidas siempre por las hermanas Carmelitas, y finalmente su puesto fue tomado por Simon Johnson, un profesor de escuela primaria caracterizado por su estricto carácter y su falta de tolerancia ante la indisciplina y el desorden.
En los alrededores de la casa, los jardines eran los únicos lugares donde el paso del tiempo no hizo mella; jazmines, lirios y muchas rosas aún florecían como en los tiempos pasados, donde a diario se veían a los niños correr y jugar en los espacios del hogar de cuidado, mientras eran observados por las monjas que se encargaban de velar por ellos. El parque de juegos estaba también deteriorado, aunque me llamó la atención una puerta metálica sellada al fondo del edificio con remaches y soldaduras. Intrigado, mantuve este lugar en secreto para intentar saber qué se ocultaba a la vista de quienes entraran al recinto luego de la clausura del orfanato. Juzgué que detrás de esa puerta, se encontraba la respuesta al misterio en torno al cierre del lugar. Durante las labores de restauración, me tomaba un buen tiempo para intentar abrir esa puerta, usando las herramientas de los obreros que habíamos contratado para trabajar en ese momento, sierras, cizallas, discos de corte… Nada había funcionado hasta entonces.
Durante el día, no sucedía nada fuera de lo común dentro de la casa, hasta que una noche, los vecinos llamaron a la policía argumentando escuchar ruidos provenientes del antiguo orfanato; sonidos de cadenas arrastrándose, seguido de alaridos de dolor y sufrimiento acompañados de carcajadas fueron la sinfonía del horror orquestada esa noche en particular. Este misterio se volvía más difícil de resolver. A la mañana siguiente, hablé con el profesor Ambrose sobre la puerta del fondo del pasillo, confidencialmente, por supuesto; afirmó que dicha puerta no aparecía demarcada en los planos originales del edificio y que, por consiguiente, no representa algún acceso o construcción anexa al patrimonio documentado en la propiedad. Insistí en llevarlo hasta el sitio y efectivamente, me creyó acerca de este acceso oculto, e inmediatamente, llamó a dos obreros para que pusieran manos a la obra y derribaran esa puerta. Encontramos cierta dificultad para ingresar al recinto que se hallaba tras esas paredes, bajamos a través de unas escaleras que allí se encontraban, y llegamos a una especie de sótano amplio y completamente oscuro donde la única manera de acceder era a través del paso que habíamos descubierto. Llevamos nuestras linternas para iluminar nuestros pasos, y al llegar al sótano, no encontramos evidencia alguna de que allí se realizara algo. El piso era enteramente de tierra, algo muy extraño en esta clase de construcciones de la época. El profesor Ambrose inspeccionando más de cerca, pudo encontrar irregularidades en el piso de la habitación, tales como desniveles en el suelo y unas extrañas cadenas que colgaban de las paredes, de la misma manera como se veían en las mazmorras de los castillos antiguos.
-¡Traigan de inmediato las palas y comiencen a excavar!- exclamó sin titubeos el profesor Ambrose, adelantándose a cualquier petición que yo le hubiera hecho en ese momento. Tras varios minutos excavando, encontramos una caja de hierro, que contenía en su interior varios documentos, entre ellos, una lista de los jovencitos que habían sido devueltos al orfanato, bajo la administración de Johnson, cuya firma aparecía en cada carta de devolución expedida a su oficina. Acto seguido, seguimos excavando y, lo descubierto, nos causó espanto y terror. Una carta dentro de una botella, firmada por el mismísimo Simon Johnson, confesando que él había sido parte del orfanato desde que era un pequeño bebé hasta el momento de su adopción, y que desde que tenía uso de razón, recordaba los malos tratos que, según su escrito, le propinaban las Carmelitas debido a su mal comportamiento. Afirmaba también que deseaba en ese momento de su vida llegar a ser el director del orfanato para poner en su lugar a cada una de las personas que le hicieron daño durante su estancia en ese lugar, también confesó con lujo de detalles, que secretamente mandó construir ese sótano para usarlo como cámara de tortura no sólo para hacer sufrir a quienes eran sus víctimas, sino que también a cada uno de los niños que, por ciertas circunstancias no eran adoptados. Al pie de la carta, también confesó haber asesinado a todos los maestros, a los cientos de huérfanos que allí vivían al momento de la clausura del orfanato y a las hermanas que allí servían durante su administración, mintiendo acerca del destino de las personas que mataba y que torturaba de diferentes maneras, y que al momento de escribir ese mensaje, estaba arrepentido de haber realizado tales atrocidades en ese lugar, y que, la mejor opción que tenía era acabar con su vida.
Todos, horrorizados y confundidos, nos retiramos de allí, con más dudas que respuestas, como habíamos acordado, nuestro trabajo de restauración del antiguo orfanato Sterling-Mason había finalizado, y, al cabo de varios meses, tras investigaciones, el sótano secreto había sido descubierto. De inmediato, iniciaron excavaciones donde encontraron los restos de cientos de personas que allí habían sido sepultadas, y en una habitación secreta adyacente, se encontró colgado del cuello, el cadáver reseco de Simon Johnson.