Dejemos que el tiempo vuele como atados a la corriente que nos lleve como pequeños copos de nieve que se densan con el relieve del camino que nos envuelve, ábranse y créese asendiando con fuerza sobre la corriente, que marca en el pequeño corazón el paso del amor que el alma lo recordó pues la marcó con un eterno que ni el dolor,triste agonizante desmanchará los pasos de la existencia que nos une a la entrada y a la salida de lo que llamamos vida nos quitara ser su niña
Me gusta creer que, aunque esta vida es terrenal y efímera, hay un más allá después de concluirla y que seguiremos viviendo, pero ya de una forma distinta. Cada quien es libre de pensar o creer lo que quiera, en la reencarnación, en la transmigración o como yo, en la resurrección; incluso, puede creer que una vez terminada su vida terrenal allí queda todo.
Sea cuestión de fe o no lo que sucederá después, hay algo que sí es indiscutible y que no se puede negar, por muchos argumentos que quizá algún loco quiera comprobar; este algo que sucede y que es real, es la muerte.
Todos vamos a pasar por ella, porque nuestra vida aquí en la tierra es finita; por lo tanto, todos vamos a enfrentarla. Lo curioso es que, para el que muere, no existe la conciencia de estar muerto, muere y listo, no experimenta dolor, no sufre su partida, no lamenta dejar a los suyos. (Esto de la conciencia se puede tocar en otro momento). Pero, ¿qué sucede con el que sigue vivo?, este sí que experimenta el desgarro en su corazón de ver partir a los suyos.
Hoy más que nunca estamos viendo cómo la “Inevitable” (la muerte), quiero llamarla así, está haciendo mucho ruido en nuestros hogares, en nuestro país y en el mundo entero. Se hace presente cada vez más y más en nuestras vidas, como si su paso por ella fuera una visita placentera, con la que quisiéramos quedarnos todo el día.
Lo cierto es que, para los que seguimos vivos, la visita de la Inevitable llevándose al ser querido, nos deja en desolación y vacío, con un dolor tan profundo como a quien le ha sido arrebatado o extraído su corazón y lo han dejado seguir sin él. Y ¿por qué nos deja así? Tan perdidos, desorientados, como si hubiéramos sido atravesados por una lanza; porque sencillamente has amado, porque a esa persona, la que han separado de ti, la has amado y la amas con todo tu ser; por lo tanto, su partida te deja en ruinas, su ausencia te deja sin aliento.
Cuánto más amas, más lo sientes y es imposible no experimentar tal dolor. Pero, hay algo más fuerte que ese dolor y es el mismo amor. Sí, el mismo amor que te hace sufrir por la pérdida, es mucho más grande, más fuerte y es el que te ayuda a seguir adelante, a sanar las heridas y continuar la vida, porque puedes seguir amando.
La vida está llena de cambios, continuamente experimentamos una transformación, ya sea interior o exterior. La cuestión es que, si no aceptamos los cambios y nos aferramos a lo establecido, a lo ya hecho, es un desperdicio de vida, es una vida castrada.
Vamos a extrañar, vamos a querer que esa persona siga con nosotros, a nuestro lado; pero en realidad, esa persona nunca se ha ido, siempre ha estado con nosotros, vive en nuestro interior, el amor la mantiene cerca, pero ya no de la misma forma, ha cambiado. Y debemos creer y aceptar que es así, para seguir viviendo, para que la vida goce de sentido, para seguir amando. No es fácil, lo sé, nadie ha dicho que lo fuera. Solo el que ha experimentado el vacío que deja el ser querido lo puede comprender. Pero, ese vacío no nos deja incapaces para seguir amando, para reconstruir y empezar de nuevo. Todo depende de ti, de cómo deseas vivir.
Hace un tiempo, en las sabanas africanas, específicamente en Kenia, mi compañera Alma y yo nos dirigimos hacia un lugar maravilloso, donde la fauna salvaje prosperaba de manera excepcional. En nuestra primera noche allí, vimos de forma dispersa una manada de leones, cuya hembra alfa se disponía a cazar una joven cebra, pero, al acecho también estaba una jauría de hienas manchadas, cuya sola presencia incomodó a nuestra leona, que, desgraciadamente, cayó víctima de las hienas, quienes de manera cobarde y ruin, asesinaron a esta magnífica bestia.
Al día siguiente de ese desproporcionado encuentro mortal, Alma, dos hombres que nos acompañaron en el recorrido en la sabana y yo salimos en busca de una nueva manada para observar y, de esa forma, encontrar lo que estábamos buscando.
No tardamos mucho cuando vimos a lo lejos a una joven leona dando a luz por primera vez, por la época y la cercanía asumimos que se trataba de una leona que pertenecía a la manada de la leona que, desdichadamente, vimos morir la noche anterior.
De su vientre vi salir un cachorro que a pesar de no ser tan especial o particular, tenía un aura especial que hacía que no fuera difícil de que pasara desapercibido.
Con sigilo me acerqué. -¿Qué diablos haces? -dijo Alma, como diciéndolo entre dientes. -Espera… quiero verlo, puedo grabar todo -respondí -Estás loco -dijo ella.
Cuando, a lo lejos divisé un joven que pertenecía a una de las muchas tribus que, siguiendo tradiciones primitivas de su cultura, daba muerte con su lanza a la cabeza visible de la manada. Me dolió ver como asesinaban a tan magnífico animal que, sin razón aparente, fue muerto y llevado a rastras por el joven y los demás miembros de la tribu.
Mis presentimientos acerca del pequeño león eran ciertos. Estaba llamado a ser el líder que defendería a su manada incluso con su propia vida, no como lo hacían ver las películas y series de televisión que vi una vez, sino de la forma más salvaje y primitiva posible. Pasaron los meses, partimos del lugar y siempre me quedó la espina de saber qué había sucedido con mi pequeño amigo y su manada, cuando surgió nuevamente la ocasión de visitar el mismo sitio en la misma época que lo vi por primera vez.
Pasado el tiempo, regresamos al lugar donde habíamos visto ese acontecimiento tan especial y maravilloso; la manada había crecido, dado que las hermanas de nuestro cachorro habían engendrado prole propia, se me hizo extraño y a la vez tan normal no ver a nuestro amigo y por quien habíamos vuelto a ese lugar, mi instinto dio señales de un presagio que no quería que fuese realidad.
Recorrí la zona en el jeep de los guías del lugar, muy buenos amigos míos por cierto, cuando observé muy cerca de mi a un imponente y gigantesco felino acechando a una manada de cebras, miré detenidamente y pude mirar, completamente estupefacto y asombrado, que ese era el mismo cachorro qué Alma y yo vimos nacer. Quedé anonadado por ver el tamaño de ese león, era mucho más grande que cualquier otro león que haya visto, mi jeep se veía diminuto al lado de esa bestia, que hace unos años, se veía tan pequeño y débil a tal punto que creí que parecería bajo el inclemente sol de la sabana africana. Alma no me acompañó, nos separamos dado que debía estudiar a varias especies en peligro de extinción del sureste de Asia, pero, en esta ocasión, me acompañó mi fiel compañero Simeón, mi perro que había rescatado de la calle. Simeón se bajó apresuradamente del jeep, lo seguí e iba directamente a donde estaba mi gigantesco amigo melenudo, tal vez por curiosidad o por querer jugar con un gato gigante. Huyó espantado por el potente zarpazo qué propinó el león a una cebra, de tal manera que el equino cayó al suelo y poco pudo hacer para ofrecer resistencia ante el ataque mortal. Su madre, sus hermanas y el resto de la manada se acercaron a disfrutar del festín de carne fresca que les ofrecía su líder, cuando a lo lejos se podía distinguir claramente el chillido burlesco e infame de una manada de hienas acercándose. Las hienas, al ver de qué manada era la presa, se alejaron dado que el león había tenido una larga guerra contra ellas, la cual, dio como resultado la derrota del grupo de carroñeros. Aunque, por otro lado, la manada tenia una nueva batalla qué librar, no era contra las hienas, o los perros salvajes, no… Era ante un enemigo más poderoso que todas las fieras juntas. Los masai.
Los feroces guerreros Masai acostumbran cazar leones como rito de pasaje para convertirse en hombres desde tiempos milenarios, y eso diezmó la población de leones en esa región, muchos fueron asesinados vilmente, incluyendo al padre de mi león. Escuché a los lugareños decir que los Masai buscarían matar al león, que quien lo hiciera se llevaría como esposa a la hija del jefe de la tribu, tal rumor me heló la sangre y me llenó de espanto. En silencio me retire del lugar y busqué por todos los medios posibles a la manada, tenía que asegurarme que nadie tocaría a ese majestuoso animal… Llegué justo a tiempo, la manada en pleno descansaba al pie de un frondoso árbol de acacia, abundantes en este lugar, mi león lucía imponente, rodeado de toda la manada, las leonas y sus cachorros, y algunos machos viejos y jóvenes que permanecían allí con ellos, con este hecho, pude constatar de que este enorme felino no era como los otros leones que había observado antes, que expulsan a los machos jóvenes o viejos de la manada, sino que, los preservaba y los tenía preparados para cualquier eventual ataque de hienas u otros elementos que pudieran representar una amenaza para su familia. Instalé rápidamente mi campamento en ese lugar, a cierta distancia de la manada, mi intención no era que me vieran como un extraño más, pero, quería prevenir un ataque inesperado, hice vigilia por varias horas, me alimentaba, descansaba y volvía a mis labores de quedarme allí, protegiendo al enorme león de su posible muerte.
Allí permanecí durante esa noche, al tanto de lo que pudiera suceder afuera durante mi guardia, sin molestar a la manada, pero tampoco sin perderlos de vista ya que era mi propósito principal en ese momento, cuando en plena madrugada, escuché los cánticos ceremoniales de los Masai que, sin lugar a dudas, eran el inicio de mi presagio. Me levanté rápidamente, cogí mis lentes de visión nocturna y sigilosamente me acerqué al lugar donde estaban los miembros de la tribu, bailando y cantando alrededor del joven que, buscaría de cualquier manera, acabar con la vida del majestuoso felino que era motivo de mi preocupación, ese león que vi nacer y que creí que moriría por su extrema pequeñez y debilidad, y que en poco tiempo se convirtió en el máximo líder de la manada y rey de esos dominios donde él y sólo él, decidía el destino de sus congéneres y de los demás animales que allí vivían.
Llegó el amanecer de forma abrupta, los ancianos y los cazadores más experimentados aconsejaban al jovencito sobre la forma en que debían matar al león por medio de sus lanzas, buscando emboscar a su objetivo y alejando al resto de la manada que, seguramente buscarían proteger a su líder. Según lo que pude entender, irían al fondo de un desfiladero, atrayendo al grupo de leones con la carne de una vaca que había sido sacrificada para ese fin, luego, acorralarían al gigantesco animal para que el joven Masai se encargase de darle muerte con su lanza atravesando su pecho y destruyendo su corazón. Tomé las medidas respectivas del caso para evitar a toda costa, que mi magnífico león fuese asesinado. Llevaba mi escopeta, sólo por precaución, no quería usarla para nada, aunque si hubiera sido necesario, no me hubiera costado nada vaciar su contenido sobre cualquier persona que se opusiera a mí, sin importar las consecuencias que acarrearía una situación de ese tipo. Aprovechando que los hombres de la tribu estaban entretenidos entre el jolgorio y el alboroto de la ceremonia, amarré el cadáver de la vaca por una pata a una soga, mientras que el otro extremo lo enganché a mi jeep, con sumo cuidado, me deslicé hasta mi vehículo, lo encendí, arranqué y entre tanto alboroto, la carne fue arrastrada hasta el lugar donde se encontraba la madre y el resto de leones, donde, mi mayor satisfacción fue el ver a todos alimentarse con los restos de ese animal que en manos de los Masai serviría de cebo para atraerlos a una muerte segura.
A pesar de que frustré los planes de los cazadores, seguían empeñados en matar al enorme león que, de cariño, comencé a llamarle Atrox, por su gran parecido en su tamaño a una especie extinta de león que habitó el continente americano durante la Edad de Hielo y que, precisamente, su nombre científico es Panthera leo atrox. Nunca había visto un enorme felino de ese tamaño en estado salvaje, aunque había visto en reiteradas ocasiones varios ejemplares de “ligre”, híbridos producto del cruce entre un león macho y una tigresa que llegan a ser realmente gigantes en comparación a sus padres, ya que no paran de crecer durante su vida. Este león no era un ligre porque vi con mis propios ojos, y mi compañera Alma está de testigo, que nació de una leona, así que no me queda a duda de que se trata de un espécimen único en su tipo, que logró crecer más que el resto de sus hermanos y que el resto de los demás miembros de la manada, sin indicios de que pueda ser un raro caso de gigantismo o poseer algún otro tipo de trastorno a nivel hormonal.
Prosiguiendo con el relato, los Masai estaban decididos a terminar con Atrox y su manada, de una vez por todas, cuando, en los alrededores de la aldea, retumbaron varios rugidos seguidos por gritos y llantos de mujeres y de los niños, donde una manada de leones se entregaba al festín de carne humana, mientras que en el cañón del desfiladero, los cazadores resultaron convertirse en presas, donde Atrox encabezó la matanza donde murieron todos los Masai, incluyendo al joven escogido para matar al enorme felino.
No entiendo aún por qué la manada actuó de esa manera, ¿Venganza, tal vez? ¿Tendrían algún propósito para invadir la aldea Masai y masacrar a la población más vulnerable mientras que los hombres no estaban? La guerra entre los Masai y la manada de Atrox estaba más que cantada, y yo no podía hacer nada más al respecto. Y así, nació el mito de los leones cazadores de hombres en las sabanas kenianas, una manada que, de forma imparable e inmisericorde, sembraban el terror y el miedo entre animales y seres humanos de los alrededores, encabezados siempre por el majestuoso león gigante que vi nacer.
He de prevalecer Al prolongar la huella A la raíz, en mí, temo. Quietud que a la quietud llama Permanencia, persecución, Es esa mi preocupación Me gusta detenerme, mucho Pero uno solo, el viaje Nada parece cambiar Yo tampoco pongo de mi parte Y allí mi tristeza Por no querer pronunciar el paso] Es tal el hábito amado La celda que mi pulso, levantó.
Hoy, como otros días, voy caminando por las calles de esta gran ciudad en un día más que lluvioso, como si el cielo eterno cayera a fuertes trombones, mojando mi alma.
Y mi rostro, el cuál por un momento está ya desencajado por toda el agua que tiene en encima, ya no me deja respirar así es que me paro por tan solo un instante y me quito esta pesada máscara que lleva mi alma; este rostro que parece más que muerto y de repente con un vendaval fue arrancada de mis manos por un viento helado como la misma muerte cayendo por el piso llevándosela, la corriente perdiéndose entre la gente que deambula en las calles de está extraña cuidad y yo pasmado sin reaccionar y pasando, volteo y me miro en una tétrica venta que para mi imaginación era horrible y solo grito de inmenso terror el cómo me veo sin ese rostro, pareciendo un verdadero monstruo y empiezo a gritar vociferando, maldiciendo, corriendo como un verdadero loco de un lado a otro y solo la gente me mira. Unos me miran y se espantan, otros se ríen y se burlan y ya de tanto gritar. Denme mi rostro que me muero, que no respiro que no vivo ni sonrío que solo soy un hombre más que vacío. Me tiro al frío piso llorando como un niño, viendo la gente pasar y reír otros tantos llorar por mi triste soledad, miro solo la lluvia caer y respiro profundamente y entiendo que el rostro que he perdido era aquel que me había atado en las cadenas de mi tristeza por estar pensando en ti, a pesar de que tú ya estés muerta y no del cuerpo si no de mi alma y por eso me siento feliz de haberlo logrado aunque hoy solo esté en las noches eternas y mi frío corazón no vuelva a latir .