SE FUE

Ella se fue
Escapó un día por una ventana
Yendo sola a su propio destierro
Y dejó de existir para los vivos

Ella se fue
Tan lejos que nadie podía encontrarla
Más allá de lo que ningún ser humano había ido

Ella se fue
Y dejó los recuerdos en un cajón
Y los amores en las rosas
Se fue tan lejos...

Caminaba por las estrellas
Hasta que una de ellas
Le hizo tropezar y lloró profundamente
Pero el brillo del sol le devolvió la vacía sonrisa
Porque desde hace mucho tiempo
Ella se había ido

¡VAMOS, QUE NO ESTAMOS SOLOS!

Por Khos

¡Que sí, que sí!, que todos hemos pasado por la misma experiencia o al menos una parecida. No me vengas a decir que, en algún momento de tu vida, sobre todo cuando estabas en peligro o solo, no sentiste que alguien te salvó.

Sí, que ALGUIEN o ALGO te salvó, te gritó, te empujó, te hizo sentir un impulso que no sabes explicar, pero que, si no fuera por ello, hoy no estarías leyendo estas letras.
¡Ah!, Sí lo recuerdas ¿Verdad? Aquella mañana cuando ibas en la bici camino a la bodega a comprar las chuches para llevarte de dulces hasta vomitar; de repente levantaste la mirada y te encontraste con un camión de mudanzas frente a tus narices y ¡zas!, como quien fue golpeado por un búfalo, caíste encima de la acera rociado por la brisa que dejaba el vehículo al pasar de largo. ¿Qué sucedió en esas milésimas de segundos? ¿Por qué no alcanzó a tocarte ni con el retrovisor?

No, no, no, ¡mentiras!, fue aquel día cuando en la fiesta de cumpleaños de vaya a saber quién, bebiste hasta no saber ni tu nombre; luego de eso condujiste hasta tu casa. ¿Recuerdas lo que sucedió en el camino? ¡¡¡Qué vas a recordar!!! Ah, pero si recuerdas una sensación extraña.

¡Vaya sensación!, seguro en tu embriaguez dijiste en voz alta: ¿quién está ahí? Sin embargo, no había nadie más que tu propia sombra.

Qué experiencias tan extrañas, quiénes son los que te cuidan, los que te ponen a salvo. Porque algo es seguro: ¡NO ESTAMOS SOLOS!

Imagen de Pexels

CORAZÓN DISLOCADO

Por Nicole Brouged

Obra: «La Risa, el Miedo y la Ansiedad», por Antonio Mendoza
Late, late, late corazón
Corazón dislocado y lleno de dudas
Dudas pasajeras, dudas intensas que se mezclan en un solo ser
Ser que quiere ser y no puede
No puede porque tiene miedo
Miedo de ser, porque cuando no es, llega al infinito cielo y toca las estrellas con la falsa sonrisa de felicidad.

¿Logra siendo o sin ser?
Sin ser, como el payaso de las siete máscaras que una vez conoció en su pasado doloroso, lleno de escombros.

Escombros de una vida no aceptada, de espinas no sacadas, de desidia, miedo y abandono.

¿Abandono de qué, si los supuestos verdugos siempre estuvieron a su lado?

A su lado, en forma de tristeza, en forma de humanos que perseguían un fin inesperado, una masa de humanos llena de colores y dolores.

Dolores, millones de ellos. Y ahí sigue ella, entre río y mar, dulce y salado.
Viviendo, solo viviendo entre sus letras infames, algunas creadas, otras confesadas.

Confesadas con gran angustia en el alma,
Alma noble que dejó de ser y paga cada día llevando la pesada cruz a cuestas, con las astillas clavándose en la piel.

La piel herida, el cuerpo empobrecido y la mente llena de terrones de azúcar y hormigas violentas que comen y esconden el dulce en los rincones de un cerebro que es, de una mente que deja de ser.

Late, late, late, corazón dislocado...

EL LOCO DEL PUEBLO

POR J. G. RIVAS

         Vivíamos en un pueblecito de los Andes, apartado de cualquier ciudad o carretera nacional, donde el frío era el pan nuestro de cada día, donde en raras ocasiones se veía alguna novedad o cosa interesante que llamara la atención de la gente, un pueblo donde la paz, el silencio y la calma reinan bajo el susurro de la brisa y las caricias de los rayos del sol, hasta que, una mañana del mes de Noviembre, en los alrededores de nuestra casa, un grito alarmó a los vecinos y a los que estaban cerca del lugar. 

         Era Lucas, un hombre que se dedicaba a vender perritos en los diferentes lugares de interés turístico del pueblo, que en anteriores ocasiones había experimentado delirios y cierta locura debido a los excesos del vicio y la escasez de alimentos, todo esto debido al abandono y la falta de apoyo por parte de sus familiares, quienes lo hacían a un lado y sufría constantes vejaciones e insultos en su casa. Volviendo al tema de esa mañana, ese grito fue seguido de carcajadas, silbidos y disparates, al ver a este pobre hombre en su delirio, las mujeres y los niños se refugiaban en sus hogares mientras que los hombres hacían un esfuerzo por ignorar al loco o simplemente, le seguían la corriente más para divertirse que con cualquier otro propósito.

        Al transcurrir del tiempo, se le veía constantemente caminando de arriba hacia abajo, una y otra vez, a través de la carretera, sin importar la hora y el clima, exhibiendo sus ropas sucias, malolientes y desaliñadas, un par de zapatos igualmente desgastados por sus caminatas de un pueblo a otro, su mirada perdida en el horizonte y en su rostro, barba y bigote de baba marrón por el excesivo consumo del chimó. Sumergido en su paranoia esquizofrénica, se lanzaba hacia los vehículos que circulaban y hacia los transeúntes que se cruzaban en su camino. Ya en el pueblo, durante las largas horas de racionamiento eléctrico, se dedicaba a tocar las puertas de las casas, no de la manera en que se hace para entrar a un lugar para visitar a la gente, sino que tocaba la puerta con tal fuerza y tal estruendo, que todos se asustaban, no sólo el susto era para las personas de esa casa, sino que también los vecinos y las personas que pasaban por allí a esa hora.

          Recuerdo que una noche, llegó a tocar la puerta de nuestra casa, eran más o menos las 9 o 10 de la noche (no sabría decir qué hora era exactamente, en ese momento no tenía a la mano un reloj ni mi teléfono celular para ver la hora), se puso a cantar como un gallo, soltó varias carcajadas al aire y se fue, continuando el mismo ritual en las casas de nuestros vecinos.

           No era para menos el temor que sentía la gente hacia el loco Lucas, que por su estatura y su contextura física, intimidaba al más valiente. De por sí, en sus cabales era un hombre que inspiraba miedo, ahora ya se podrán imaginar lo que podría ocurrir con su mente turbada y fuera de razón. Muchos fueron los intentos por hacer calmar al loco Lucas, pero todos fueron en vano. En una ocasión, algunos hombres intentaron enlazarlo y amarrarlo como lo harían con el ganado vacuno o como cualquier otro animal, pero, era tanta la fuerza del hombre que no podían sostenerlo entre 8 personas.

           Sus familiares me dijeron que hicieron lo humanamente posible para contenerlo; internarlo en un hospital psiquiátrico donde obviamente tendría todos los cuidados necesarios para alguien con su condición, sedarlo, encerrarlo…. En fin, él, a pesar de su locura, encontraba la mejor manera de escabullirse y seguir con sus andanzas. Él no era de esas personas que gustaran de beber, pero su vicio era mucho más adictivo y accesible a su ya empobrecido bolsillo: el chimó. Pasaba todo el día, calle arriba y calle abajo, no podía ver los abastos y bodegas abiertos porque, sentía la necesidad de tomar a la fuerza ya fuese un racimo de cambures o una bolsa de pan para mitigar el hambre, y los dueños de esos establecimientos comerciales, eran conscientes de la situación de Lucas que, sencillamente, lo dejaban tranquilo para no ganarse un insulto o una agresión sin necesidad.

             Así fueron pasando los días, al anochecer, las personas se guardaban en sus casas por el temor de que el loco Lucas hiciera de las suyas y agrediera a alguien que se cruzara en su camino. Trataba a la gente de “mulas” y con cualquier otro improperio que le resultara adecuado para esa persona en particular, era tal el miedo que sentíamos en el pueblo que, mucha gente pensaba en mantenerse encerrada en sus casas por miedo al loco Lucas.

         Resulta que, en una noche donde la oscuridad reinaba sobre nuestro pueblo, el loco Lucas en sus caminatas nocturnas iba cruzando el puente que comunica el pueblo con otro caserío, justamente ese puente quedaba cerca de mi casa, cuando, unos hombres, se bajaron de una camioneta y decidieron seguir a Lucas a través del puente. Sigilosamente fueron detrás de él manteniendo la distancia correspondiente para no alarmarlo y no llamar su atención, cuando, uno de estos sujetos, blandió un bate de béisbol de aluminio y lo sacudió con todas sus fuerzas sobre la cabeza del pobre loco, que lo hizo caer inmediatamente del puente hacia el río, donde irremediablemente, cayó y quedó privado en el acto. Estos hombres, fueron deprisa hasta el puente, bajaron rápidamente hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de Lucas, lo amarraron y lo envolvieron en una bolsa plástica y se lo llevaron con rumbo desconocido, posiblemente para enterrarlo o para quién sabe qué cosa…

         Cada lugar tiene sus personajes particulares, unos más célebres que otros, en este caso, un pobre hombre que no tenía la culpa de padecer una condición mental inestable y que por su delirio, no hacía otra cosa que vagar por las calles sin más premisa que vivir a su manera.