La triste historia de su sonrisa desfigurada

Por: Dr. Oneiver Arandia.

Mientras desmembra las tripas emocionales de uno, sonríe a otro y se encarga de controlar el flujo de la historia. Parecía una tarea simple; su mirada inocente lo pintaba todo como un simple error. Desperté de esa ilusa sensación y fue entonces que la sangre fluía por los jardines, la de un muerto, en los jardines de los muertos. Su rostro sonriente y desfigurado, sus labios de falsa porcelana y en la mano, otro rostro desfigurado, este, por otra parte, estaba llorando en sus arrepentimientos.

El otro se fue, pero sé que volverá por más –dijo en tono burlesco, tal vez por la imagen que presentaba, toda ensangrentada, o porque conocía la cantidad de veces que la escuché decir eso. –Tú sabes muy bien a lo que me refiero, solo espero que cuando olvide lo sincera que soy contigo, tú también lo hayas hecho y me sigas el juego.
-No entiendo –dije incrédulo, mirando el rostro ensangrentado y deformado que tenía en sus manos. – ¿Por qué las flores tienen que mancharse de sangre que no querías derramar? ¿No ves que este es tu jardín, el cual siempre dices que odias verlo destruido? –Una sonrisa hermosa y malévola se apoderó de su rostro.

Me levanté de mi puesto, me acerqué y miré fijamente su sonrisa. Me miraba como a una de sus caras desfiguradas, pero me abrazó como si nunca se atreviera a tocarme.
-Entiende mis palabras, sé que no tienen sentido, pero te conozco y podrás darle sentido dentro de ti, aunque tenga que pagar un poco de tu desprecio, al final no puedes separarte de tu proeza de gran sabio, cuán amena acción, todo un buen samaritano… –dijo muy seria, sin modificar su expresión. –Te quiero, tal vez no tanto como tú a mí, tal vez te esté mintiendo, pero te juro que jamás te mentiría como cuando te juré fidelidad.

Entendí que debía huir, no para salvarme, sino para salvar la pureza que aún quedaba en su alma, aunque esté arriesgando un rostro confundido, invadido por la confianza de ser un héroe. Ese rostro se despertó muy iluso, me miraba fijamente y decía repetidas veces “Lo siento, yo puedo con esto” con doble significado, pues las primeras palabras las pronunciaba en un tono deprimente y tétrico que se transformaba en una voz firme y confiada.

Lo miré condescendiente y le suavicé mis palabras. –Te entiendo perfectamente, no confío en que puedas, pero espero que lo hagas, pues ya conozco tu destino. –Entonces me di cuenta que mi sonrisa estaba desfigurada, como si miles de sensaciones se encontraran en ella. Tal vez por las miles de veces que había visto la misma expresión en el mismo rostro. Me escapé de esa escena, pensando en las flores del jardín que se pintaban de rojo sangre y grité por mi libertad.

El Misterio del Campanario

Autor: J.G. Rivas

En un pequeño y remoto pueblo, se alzaba una iglesia antigua con un campanario que parecía tocar el cielo. En él vivía Don Julián, el sacristán, un hombre solitario y enigmático que tenía la tarea de tocar las campanas para llamar a los fieles a misa. Era conocido por su puntualidad y su devoción, pero también por su mirada sombría y su comportamiento reservado.

Un 29 de febrero, algo macabro sucedió. Don Julián fue encontrado muerto en el campanario, su cuerpo colgando de una cuerda, con una expresión de terror en su rostro. No había ninguna explicación aparente para su muerte, y el pueblo quedó sumido en el miedo y la incertidumbre. Desde entonces, el campanario quedó en silencio, y la iglesia perdió a su misterioso sacristán.

Pero la historia no terminó ahí. Cada 29 de febrero, a medianoche, los habitantes del pueblo comenzaron a escuchar un redoble de campanas que provenía de la iglesia. Era un sonido lúgubre y escalofriante, que resonaba en la noche y llenaba el aire de una sensación de inquietud y desespero. Nadie sabía quién tocaba las campanas, pero todos sentían que era el espíritu atormentado de Don Julián, penando en el campanario y recordándoles su trágico destino.

Con el paso del tiempo, algunos valientes decidieron investigar el origen del siniestro redoble. Una noche, un grupo de jóvenes se armó de valor y subió al campanario justo antes de la medianoche. Esperaron en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, y cuando el reloj marcó las doce, vieron cómo las campanas comenzaban a moverse solas, como si una mano invisible las estuviera tocando. Los jóvenes, aterrorizados, intentaron huir, pero algo oscuro y maligno los atrapó.

A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una visión horrenda: los cuerpos de los jóvenes colgaban del campanario, igual que Don Julián, con expresiones de terror grabadas en sus rostros. El horror se apoderó del pueblo y la iglesia se convirtió en un lugar maldito. Nadie se atrevía a acercarse, y el redoble de campanas cada 4 años se convirtió en un recordatorio de la maldición que pesaba sobre el lugar.

La noticia se extendió rápidamente. Personas de pueblos cercanos venían a escuchar el redoble de las campanas y a experimentar el terror que emanaba del lugar. La iglesia, que había perdido a su sacristán, ahora se llenaba de visitantes que venían a presenciar el fenómeno. El misterio de Don Julián atrajo a curiosos y temerosos por igual, y el pequeño pueblo se convirtió en un lugar de leyenda oscura.

A pesar del miedo inicial, los habitantes comenzaron a ver el redoble de campanas como una maldición. Sentían que Don Julián seguía vigilándolos, su espíritu atrapado en un ciclo eterno de tormento. Cada 29 de febrero, a medianoche, el sonido de las campanas resonaba como un recordatorio de la tragedia y el horror que rodeaba la muerte del sacristán. Y así, la leyenda de Don Julián y su campanario vivió para siempre en los corazones de aquellos que escucharon su historia, una historia que se contaba de generación en generación, manteniendo viva la memoria de Don Julián y su perturbador redoble de campanas.

Muchos intentaron derrumbar la iglesia para acabar con la maldición, pero todos los esfuerzos fueron en vano. De manera inexplicable, el campanario volvía a su estado original, sin faltar una sola piedra en su construcción, como si una fuerza sobrenatural protegiera el lugar y mantuviera viva la maldición para siempre. De esta manera, los pobladores fueron abandonando ese sombrío lugar y dejando atrás el campanario y su maldición, donde cada año bisiesto se escucha el tañido de las campanas rompiendo el silencio apacible de lo que fue un pueblo alegre y acogedor.

La mentira más grande

Por: Mayra De Bourg

Tres amigos se reencuentran después de muchos años sin verse.

Pepe, Juan y Dolores.

Los tres gozaban de la fama de ser súper mentirosos y exagerados.

Pepe les propone ir a la bodega de Don Cipriano. Un hombre tosco en su trato y nada confiado.

Cipriano cuando los ve entrar al negocio, enseguida se pone en vilo para no dejarse timar por esos seres que muchas veces lo envolvieron en sus mentiras y, con falsedad, terminaban dejándolo sin mercancía.

Se llevaban lo que querían y jamás le pagaban. Se hacían los desentendidos a las quejas del hombre y siempre se salían con la suya.

Comenzó Dolores  aparentando su “dulzura» habitual y como mujer al fin, con sus palabras directas y cariñosas, hacía que Cipriano le entregara lo que quería.

—¡Mire, Cipriano, viajé por medio mundo y nunca lo pude olvidar a usted… Recordé mucho  los aguacates divinos y grandotes que vendía y que no encontré  en ningún país en donde estuve. ¡Ay, Cipriano, qué falta me hacían esos avocados! Igualitos al bello verdor de sus ojos. ¡Qué tiempos aquellos! Cuánta nostalgia y lágrimas derramé…

Cipriano cabeza abajo, se quedaba en silencio pensando, con una sonrisa dibujada en su cara. Y enseguida contestaba todo coqueto:

—Mire mijita, por tantos días,  con esa tristeza le voy a regalar estos cuatro aguacates que me trajeron ahorita para que los disfrute y venga siempre a buscarlos, siempre que los necesite.

Pepe sin saber qué inventar, festejaba la alegría de su amiga y con firme determinación dijo:

—¡Ah, no! Esta no se va a salir con la suya. —Y replicaba:— Don Cipriano, ¿todavía tiene de aquel café que antes vendía? El más sabroso que probé en mi vida, cremocito y con espuma. Ese no lo encontré jamás y una taquicardia que me reventó el corazón, me daba cuando tomaba aquellos cafés de por allá. Del tiro, me enfermé del corazón. — Poniendo su cara dramática, ya como desahuciado , hacía un gesto de marcharse.

Don Cipriano, consternado, le entregaba 6 paquetes de aquel café que vendía y se los dio a Pepe remarcándole:

—Tómeselo con fe, Don Pepe que eso lo va a curar.

Juan pensó para sus adentros: «Estos no se van a salir con la suya. ¿Qué puedo yo inventar?”

Se quedó Juan impábilo como si se le hubiera acabado el mundo. No sabía en qué pensar. ¿Qué podía pedir que no pareciese abuso?

Entonces, ni corto ni perezoso, se llenó de coraje y le habló a Cipriano con demarcada claridad.

—Don Cipriano: yo necesitaba algunas cositas, como papas, plátanos, azúcar, limón y verduras. Y si tiene pollo o carne y no lo toma a mal, desearía que me lo entregase y oportunamente se lo cancelaré cuando cambie los dólares que traje, pero que lamentablemente dejé olvidado en casa. Ando con un espolón y caminar para allá para después devolverme me hará mucho daño y el médico me permitió salir pero me remarcó que no puedo darle soltura a mis pies o de lo contrario perderé los dos.

Cipriano, hasta llorando como un manantial,  llenó una bolsa grande y le entregó a Juan todo ese sartal de víveres y mercancía, sin protestar.

El pobre Cipriano todo conmovido, despidió a los truhanes amigos todo compungido, diciendo: «Los tengo que ayudar, los tres han sufrido horrores».

Salieron Los tres amigos animosos y riéndose de ellos mismos para ver quién de ellos salió ganando…

¡Se habían los tres salido con la suya!

El Vendedor de Huesos

Revisando los tantos relatos tomados de los registros policiales del pequeño pueblo donde crecí, di con una historia bastante interesante para contarles. A continuación el relato en primera persona.

“La vida era tranquila y predecible. Mi padre, Don Manuel, y yo trabajábamos en la funeraria familiar, un negocio que había pasado de generación en generación. Nunca imaginé que mi vida cambiaría tanto hasta el día en que a mi teléfono celular llegó un mensaje de un número desconocido.

Dicho mensaje contenía una propuesta inusual: un comprador anónimo ofrecía una gran suma de dinero a cambio de un esqueleto humano completo. Al principio, mi padre y yo nos mostramos reacios, pero la tentación del dinero fácil era demasiado grande. Decidí aceptar la oferta a sus espaldas, pensando que sería un único negocio, y aunque pensaba retirarme luego de ese primer trabajo, decidí continuar con tan escalofriante labor para obtener un beneficio extra para mi bolsillo.

Por las noches, iba con un vehículo especialmente preparado para llevar los restos desenterrados a un albergue alejado de la ciudad donde meticulosamente, me dedicaba a limpiar cada hueso con especial dedicación para obtener una pieza atractiva a la vista de los potenciales compradores. Manos, pies, columnas vertebrales, y muchos cráneos fueron piezas de intercambio por cheques de hasta seis cifras fruto de mi oscuro y tenebroso emprendimiento. Pronto, más y más ofertas comenzaron a llegar, cada una más lucrativa que la anterior. Me vi envuelto en un oscuro mundo de tráfico de huesos humanos, utilizando mi conocimiento y el acceso 24/7 a los cementerios cercanos para satisfacer la creciente demanda.

Con el tiempo, me convertí en un hombre rico, pero a un alto costo. Cientos de pedidos unos más macabros que otros me dieron una buena posición económica en menos de lo que podía imaginar. Sin embargo, la culpa y el miedo comenzaron a consumir mi alma. Cada noche, los rostros de los muertos me visitaban en mis sueños, recordándome el precio de mi fortuna. Mi padre al enterarse de mi negocio, se distanció de mí, incapaz de soportar la carga moral de mis acciones.

Un día, recibí una oferta que no pude rechazar: un comprador estaba dispuesto a pagar una suma exorbitante por un cadáver muy específico. Debía ser el cuerpo sin vida de una joven que haya fallecido sin sufrir daño alguno. Esperé el tiempo necesario, revisando a diario la lista de la morgue del hospital para tener acceso a algún cadáver que cumpla con los parámetros de mi cliente. El día llegó. Una jovencita de unos 22 o 23 años había muerto de una extraña enfermedad, justo lo que estaba esperando. Sin embargo, este último negocio resultó ser una trampa. La policía, alertada por mis sospechosas actividades, me arrestó en el acto y sin tener la oportunidad de defenderme pasaría el resto de mis días encerrado en prisión.

En la cárcel, tuve mucho tiempo para reflexionar sobre mis decisiones. Me di cuenta de que el dinero no podía comprar la paz ni borrar mis pecados. Pero algo más comenzó a suceder. Las noches en la celda se volvieron insoportables. Los rostros de los muertos ya no solo aparecían en mis sueños; ahora los veía en cada sombra, en cada rincón oscuro de mi celda. En medio del silencio, parecía escuchar las voces de los fallecidos retumbando en mi mente, reclamándome el por qué interrumpí su descanso eterno para enriquecerme a costa de profanar sus cuerpos.

Una noche, desperté con un frío sudor, sintiendo una presencia en la habitación. Al abrir los ojos, vi a un esqueleto completo, de pie al lado de mi cama. Sus huesos crujían de forma aterradora como ramas secas mientras se acercaba lentamente, acompañado del tétrico sonido de cadenas arrastrándose. Intenté gritar, pero ningún sonido salió de mi boca. El esqueleto extendió su mano huesuda y, con una voz que parecía provenir de las profundidades del infierno, susurró: “Ahora, tú serás parte de mi colección”.

Desde ese momento, la celda del sepulturero quedó vacía. Los guardias cuentan que sólo encontraron un montón de huesos sobre el camastro que servía de cama, perfectamente ordenados, como si alguien los hubiera colocado allí con sumo cuidado. La leyenda del traficante de huesos se convirtió en una advertencia para aquellos que se atrevían a jugar con la muerte al comerciar con los restos de seres humanos que han pasado a mejor vida al fallecer.

ESO QUE LLAMAN AMOR

  

  Nos conocimos un domingo por la tarde, en un parque cercano a mi casa, los árboles en su verde esplendor y las flores mostrando sus más vivos colores; la gente paseaba y se sentaba en los banquillos para conversar o para leer como era mi caso. Recuerdo vivamente cómo sucedió todo: ella vestía una blusa rosada y un pantalón negro que se ceñían ambos maravillosamente sobre su esbelta figura, su cabello, largo y negro resaltaba con su tez blanca cual luna llena, sus labios rosados y sus ojos verdes llamaban la atención y atraían las miradas de todos quienes pasaban a su lado esa tarde, lucía sobre su rostro un par de lentes que normalmente usaba para leer, y en sus manos llevaba un libro que yo había leído recién. 

    Justamente al mirarla, esbozó una sonrisa tímida y se sentó a mí lado, acomodó su cabello a un lado y se dispuso a leer su libro. Los nervios me traicionaron, no sabía ni qué decir o qué hacer, hasta que mentalmente, me armé de valor y decidí hablarle sobre el libro que leía. Durante toda esa tarde discutimos acerca del contenido del libro, sus personajes, la historia y también la enseñanza que cada uno de nosotros tenía sobre esa obra literaria. Atardeció, nos fuimos caminando por el parque hasta la parada del autobús y allí, sin mediar palabra alguna, sentimos de inmediato eso que llaman amor a primera vista. No podía sacarla de mi cabeza, estábamos tan sumergidos en nuestra conversación que ni siquiera tuvimos oportunidad de presentarnos mutuamente, no supe su nombre hasta mucho después, así que esperé toda una semana hasta que llegara el domingo, y teniendo siempre la esperanza de verla de nuevo en el mismo lugar donde la conocí. Llegó el tan esperado día; domingo, luego de las dos de la tarde, la esperé durante un buen rato, y, cuando pensé que no volvería, la vi llegar. Tan hermosa y tan llena de vida como hace una semana atrás. – ¡Hola! – Hola, ¿eres el chico del domingo pasado, con el que había hablado sobre el libro que estaba leyendo? – Ehhhh, sí. Soy el mismo. ¿Cómo olvidarme de una linda chica que jamás me dijo su nombre, a pesar de que hablamos durante un buen rato? – Samantha Gibson, muchísimo gusto. Perdón por no haberte dicho antes mi nombre, no entiendo el por qué no te lo había mencionado, suelo ser un poco olvidadiza… Puedes llamarme Sam, si gustas. – Un placer, Sam. Mi nombre es Tom Hudgens. ¿Me crees si te digo que también se me había olvidado presentarme el pasado domingo? – Son cosas que suelen suceder, como te dije soy olvidadiza a veces, y más cuando tengo cosas en mi mente. También parece que tuvimos el mismo plan, quise venir al parque con la intención de verte de nuevo… – No lo sé, sentí la necesidad de venir hasta acá, algo me decía que tal vez podría encontrarte y… Hablar contigo una vez más. 

    Ella se ruborizó, intentó disimularlo, pero su palidez la delató descaradamente, el rubor de sus mejillas combinaba con el rojo de sus labios y el color de su vestido que le quedaba a las mil delicias. Nunca había sentido algo así por alguien, y ella con su sonrisa, me hacía entender indirectamente que podía corresponder a mis sentimientos. La forma en la que nuestras miradas se cruzaban, la sensación de confianza y seguridad que existía de parte y parte hacía cada vez más evidente que nos unía algo más que un simple gusto literario. Veía en sus ojos un brillo especial y en su cuerpo podía notarse que sentía nervios al acercarme a ella. Todos los domingos quedábamos en vernos, Sam hacía que todo tuviese sentido para mí y yo hacía que ella se sintiera segura, protegida y querida. Así fue pasando el tiempo, todos los días nos hablábamos y como ya se había hecho costumbre, los domingos nos veíamos en el parque a la misma hora y en el mismo lugar. 

    Sin darnos cuenta habían pasado ya algunos meses; los dos nos quisimos tanto, el amor que nos teníamos era tan grande que, pensamos en oficializar nuestra relación amorosa uniéndonos en compromiso. Ella me dijo que había comprado un hermoso vestido azul y un par de tacones que combinaban a la perfección, haciendo ver su hermoso cuerpo de una forma espectacular, y me había dado a entender que lo usaría en un momento especial para nosotros. Esa semana se me hizo eterna como la primera vez que fui a buscarla en el parque esperando que llegara el momento de nuestra cita, me esmeré en extremo para que todo saliera muy bien, había comprado una caja de chocolates y un ramo de rosas para agasajarla en su llegada, había hecho una reservación en un restaurante de comida italiana y tenía pensado en llevarla al mirador de la ciudad para ver la luna llena y las estrellas para pedirle que nos casáramos, pero… 

    Nunca llegó. Con el corazón roto, la llamé a su casa, a su teléfono celular, y no hubo respuesta alguna. Sus padres ya me habían conocido y ya habían dado el visto bueno a nuestro noviazgo. En vista de que no tuve respuesta alguna a mis llamadas decidí visitarlos para saber qué había pasado con Samantha, así que salí lo más pronto que pude de mi casa en mi motocicleta, y al llegar a casa de Samantha, me recibió el guardia de seguridad. – Buenas tardes, soy Tom Hudgens, el novio de Sam, ¿Se encuentra en casa? – Buenas tardes, señor Hudgens, le informo que no hay nadie en casa, los señores se encuentran con la joven Samantha en el hospital. – ¿Qué? ¿Qué ha pasado con ella, se encuentra bien? – Disculpe, señor Hudgens, eso no puedo decirlo, no estoy autorizado para dar esa información, puede ir al hospital y hablar directamente con ella o con sus padres. Que tenga una buena tarde y una vez más, mil disculpas, lo siento mucho. 

    No escuché ninguna otra palabra más de parte del guardia que me había recibido en la puerta. Me fui al hospital inmediatamente, pero cuando llegué, ya era demasiado tarde. Samantha había sucumbido a una extraña enfermedad que la fulminó en pocos días. La muerte había tocado a su puerta, y, con lágrimas en mis ojos, la despedí con el dolor más grande que pude haber sentido en mi vida, y le pedí a sus padres que me dieran, a modo de recuerdo, ese vestido azul que no pudo estrenar. Y es todo lo que tengo qué decir sobre eso. 

La sombra del miedo

Relato de Andrés Álvarez Petersen

Era una noche oscura y tormentosa. Un hombre caminaba por las calles vacías de la ciudad, envuelto en un abrigo negro. Su rostro estaba pálido y sudoroso, y sus ojos reflejaban el terror que sentía en su interior.

Había escapado de su casa, donde había presenciado una escena horrible. Su esposa e hijos habían sido asesinados por unos intrusos armados que habían entrado a robar y a sembrar el caos. El hombre había logrado esconderse en el sótano, pero no pudo hacer nada para salvar a su familia.

Ahora, vagaba sin rumbo, buscando un lugar seguro donde refugiarse. Pero sabía que no lo encontraría. El mundo entero era un lugar hostil y peligroso donde reinaba el miedo. El miedo a la violencia, a la enfermedad, a la pobreza, a la soledad, a la muerte.

El hombre recordó su vida pasada, cuando era feliz y tenía esperanzas. Había estudiado, trabajado, amado, soñado. Pero todo se había ido al traste. La crisis económica, la guerra, la corrupción, la injusticia. Todo había contribuido a crear un clima de terror que se había apoderado de las mentes y los corazones de las personas.

El hombre se detuvo frente a una iglesia. Pensó en entrar y rezar, pero se lo impidió el recuerdo de los escándalos que habían salpicado a la institución religiosa. Abusos, encubrimientos, hipocresía. ¿Dónde estaba Dios en medio de tanto horror?

El hombre siguió caminando, sin rumbo ni destino. Se cruzó con algunos mendigos, que le pidieron limosna con voz temblorosa. El hombre les ignoró. No tenía nada que darles. Ni dinero, ni comida, ni consuelo.

De repente, oyó unos pasos detrás de él. Se giró y vio a cuatro hombres encapuchados que le apuntaban con pistolas. El hombre sintió un escalofrío. Sabía que iban a matarle.

— ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? — preguntó el hombre con voz débil.

— Somos los hijos del miedo —respondió uno de los hombres —. Y queremos tu vida.

— ¿Por qué? ¿Qué les he hecho? — suplicó el hombre.

— Nada — dijo otro de los hombres —. Solo queremos divertirnos.

Los cuatro hombres rieron con malicia y dispararon al hombre. El hombre cayó al suelo, bañado en sangre. Su último pensamiento fue: «El miedo es el peor de los males».

EL ÁRBOL CAÍDO

POR NICOLE BROUGED

¡Qué noche! Llovió demasiado. Hubo centellas cayendo en el techo de mi casa (por suerte es de dos plantas y no pasó a mayores). Los malditos truenos no paraban con su trum-srh-pass… ¡Qué cristiano duerme así! Ni yo, hombre recio de campo, puede soportar tanto ruido del estado crepuscular.*

Dormí y algunas goteras seguían filtrando el agua. Total, amanecí con la cama hecha un charco.

Al levantarme, con mi pocillo de café en mano, vi que estaba todo nublado. A lo lejos, el arcoiris más chiquito que había visto –¡Gua! Parece presagio–. Un árbol completo se arrancó. Sabrá él mismo si fue un rayo o el viento.

Bueno, bueno, toca beber cafecito rápido para empezar a acomodarlo todo. Cuando uno está solo ¡gua! el trabajo se multiplica….

Lo que no sé es cómo mover el árbol ese. Es grande, pesado y muy astilloso. Donde está tampoco puedo picarlo porque el terreno es irregular. ¡Gua! Y este árbol feo, lleno de termitas, ni siquiera me servirá como leña. ¡Maldita lluvia!

Quienes dicen que después de la tormenta llega la calma es porque, de seguro, no han tenido que lidiar con un árbol inmenso caído, muestras el cielo arcoiris, en vez de calmar los ánimos, parece una mueca triste allá arriba…

09 de abril de 2021

* Ver término en el DRAE