Mientras desmembra las tripas emocionales de uno, sonríe a otro y se encarga de controlar el flujo de la historia. Parecía una tarea simple; su mirada inocente lo pintaba todo como un simple error. Desperté de esa ilusa sensación y fue entonces que la sangre fluía por los jardines, la de un muerto, en los jardines de los muertos. Su rostro sonriente y desfigurado, sus labios de falsa porcelana y en la mano, otro rostro desfigurado, este, por otra parte, estaba llorando en sus arrepentimientos.
El otro se fue, pero sé que volverá por más –dijo en tono burlesco, tal vez por la imagen que presentaba, toda ensangrentada, o porque conocía la cantidad de veces que la escuché decir eso. –Tú sabes muy bien a lo que me refiero, solo espero que cuando olvide lo sincera que soy contigo, tú también lo hayas hecho y me sigas el juego. -No entiendo –dije incrédulo, mirando el rostro ensangrentado y deformado que tenía en sus manos. – ¿Por qué las flores tienen que mancharse de sangre que no querías derramar? ¿No ves que este es tu jardín, el cual siempre dices que odias verlo destruido? –Una sonrisa hermosa y malévola se apoderó de su rostro.
Me levanté de mi puesto, me acerqué y miré fijamente su sonrisa. Me miraba como a una de sus caras desfiguradas, pero me abrazó como si nunca se atreviera a tocarme. -Entiende mis palabras, sé que no tienen sentido, pero te conozco y podrás darle sentido dentro de ti, aunque tenga que pagar un poco de tu desprecio, al final no puedes separarte de tu proeza de gran sabio, cuán amena acción, todo un buen samaritano… –dijo muy seria, sin modificar su expresión. –Te quiero, tal vez no tanto como tú a mí, tal vez te esté mintiendo, pero te juro que jamás te mentiría como cuando te juré fidelidad.
Entendí que debía huir, no para salvarme, sino para salvar la pureza que aún quedaba en su alma, aunque esté arriesgando un rostro confundido, invadido por la confianza de ser un héroe. Ese rostro se despertó muy iluso, me miraba fijamente y decía repetidas veces “Lo siento, yo puedo con esto” con doble significado, pues las primeras palabras las pronunciaba en un tono deprimente y tétrico que se transformaba en una voz firme y confiada.
Lo miré condescendiente y le suavicé mis palabras. –Te entiendo perfectamente, no confío en que puedas, pero espero que lo hagas, pues ya conozco tu destino. –Entonces me di cuenta que mi sonrisa estaba desfigurada, como si miles de sensaciones se encontraran en ella. Tal vez por las miles de veces que había visto la misma expresión en el mismo rostro. Me escapé de esa escena, pensando en las flores del jardín que se pintaban de rojo sangre y grité por mi libertad.
La alquimia es la ciencia del cambio, toma cosas, las estudia, las desarma, las transforma en otras, tiene bases e ingredientes, medidas, a veces en sus ingredientes hay flores, a veces hay rosas.
Grandes alquimistas dicen que si algo nos importa mucho es un ingrediente poderoso para la alquimia, poder, que cosa tan curiosa; hay poder en estos pétalos, hay poder en el tallo, hay poder en las espinas o en el color carmesí de ella, hay poder en su perfume, es poderosa la rosa.
Tal vez una base sea la memoria, podría cristalizar mis recuerdos de la rosa, tal vez su mirada, su risa, su voz; podría hablar de su intelecto, su brillantez, su talento, tal vez su dedicación; hablar de ella, hablar de la rosa, es hablar de la vida misma, es hablar del arte, es hablar de la memoria, es hablar del universo. La rosa es alquimia, la rosa es magia.
Las rosas en los campos rojos de nadie, las rosas que rodean la Torre Oscura, las rosas de la fantasía, dice el libro que cada rosa representa la Torre, que cada rosa es un mundo, las rosas mantienen la realidad misma, las rosas dan vida, sin la rosa el mundo cesa, decae, perece, las rosas tienen muchas formas.
Puede que esa sea la alquimia, el cambio, de rosa a persona, de persona a rosa, convertir algo hermoso en vida, en vida hermosa, en talento, en dedicación, en arte, en intelecto, en maravilla, en magia, en mujer. Que gran creación entonces, la rosa nacida en alquimia, la rosa que sostiene al mundo, la piedra angular de este universo, la base de mi arte, el elemento fundamental de mi alquimia.
La rosa está en todo, a veces también en la nada, está en el arte, está en los mundos, está en el teatro, está en la voz, está en los libros, en las historias, en los sueños y la vigilia, en este reino, en otros reinos, en el espíritu, está en ella, es ella.
Creo pues que los escritos son para una rosa, una rosa que extraño, una rosa que escucho, una rosa que veo, una rosa que pudo ser reina, una rosa que es arte. Para una rosa en el mundo, para una rosa en una tumba, para una rosa que atrae luz de tormentas, para una rosa junto a la torre, para una rosa en un castillo, en una sala común y rodeada de serpientes.
Para una rosa en una ciudad perdida, para una rosa en barco vikingo, para una rosa en un trono de hierro, para una rosa en el Imperio Final, para una rosa en el mar esmeralda. Para una rosa de un pintor de pesadillas, para una rosa en B612, para una rosa en una cabina, hablando frente a un micrófono, siendo brillante.
Para la rosa que sostiene el mundo, para la base de mi mundo, la rosa del Ensueño, la rosa en la vigilia, amar a una rosa es algo hermoso, amarla la hace única, amarla la hace importante, la vuelve el mundo. Por eso este escrito es para ella, porque no hay nada más hermoso que una rosa.
Enmanuel Ferrer Briceño. El Lobo que Escribe. Rey de los Sueños. 08/09/2024 Para una Rosa. Sic Parvis Magna.
En un pequeño y remoto pueblo, se alzaba una iglesia antigua con un campanario que parecía tocar el cielo. En él vivía Don Julián, el sacristán, un hombre solitario y enigmático que tenía la tarea de tocar las campanas para llamar a los fieles a misa. Era conocido por su puntualidad y su devoción, pero también por su mirada sombría y su comportamiento reservado.
Un 29 de febrero, algo macabro sucedió. Don Julián fue encontrado muerto en el campanario, su cuerpo colgando de una cuerda, con una expresión de terror en su rostro. No había ninguna explicación aparente para su muerte, y el pueblo quedó sumido en el miedo y la incertidumbre. Desde entonces, el campanario quedó en silencio, y la iglesia perdió a su misterioso sacristán.
Pero la historia no terminó ahí. Cada 29 de febrero, a medianoche, los habitantes del pueblo comenzaron a escuchar un redoble de campanas que provenía de la iglesia. Era un sonido lúgubre y escalofriante, que resonaba en la noche y llenaba el aire de una sensación de inquietud y desespero. Nadie sabía quién tocaba las campanas, pero todos sentían que era el espíritu atormentado de Don Julián, penando en el campanario y recordándoles su trágico destino.
Con el paso del tiempo, algunos valientes decidieron investigar el origen del siniestro redoble. Una noche, un grupo de jóvenes se armó de valor y subió al campanario justo antes de la medianoche. Esperaron en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, y cuando el reloj marcó las doce, vieron cómo las campanas comenzaban a moverse solas, como si una mano invisible las estuviera tocando. Los jóvenes, aterrorizados, intentaron huir, pero algo oscuro y maligno los atrapó.
A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una visión horrenda: los cuerpos de los jóvenes colgaban del campanario, igual que Don Julián, con expresiones de terror grabadas en sus rostros. El horror se apoderó del pueblo y la iglesia se convirtió en un lugar maldito. Nadie se atrevía a acercarse, y el redoble de campanas cada 4 años se convirtió en un recordatorio de la maldición que pesaba sobre el lugar.
La noticia se extendió rápidamente. Personas de pueblos cercanos venían a escuchar el redoble de las campanas y a experimentar el terror que emanaba del lugar. La iglesia, que había perdido a su sacristán, ahora se llenaba de visitantes que venían a presenciar el fenómeno. El misterio de Don Julián atrajo a curiosos y temerosos por igual, y el pequeño pueblo se convirtió en un lugar de leyenda oscura.
A pesar del miedo inicial, los habitantes comenzaron a ver el redoble de campanas como una maldición. Sentían que Don Julián seguía vigilándolos, su espíritu atrapado en un ciclo eterno de tormento. Cada 29 de febrero, a medianoche, el sonido de las campanas resonaba como un recordatorio de la tragedia y el horror que rodeaba la muerte del sacristán. Y así, la leyenda de Don Julián y su campanario vivió para siempre en los corazones de aquellos que escucharon su historia, una historia que se contaba de generación en generación, manteniendo viva la memoria de Don Julián y su perturbador redoble de campanas.
Muchos intentaron derrumbar la iglesia para acabar con la maldición, pero todos los esfuerzos fueron en vano. De manera inexplicable, el campanario volvía a su estado original, sin faltar una sola piedra en su construcción, como si una fuerza sobrenatural protegiera el lugar y mantuviera viva la maldición para siempre. De esta manera, los pobladores fueron abandonando ese sombrío lugar y dejando atrás el campanario y su maldición, donde cada año bisiesto se escucha el tañido de las campanas rompiendo el silencio apacible de lo que fue un pueblo alegre y acogedor.
Tres amigos se reencuentran después de muchos años sin verse.
Pepe, Juan y Dolores.
Los tres gozaban de la fama de ser súper mentirosos y exagerados.
Pepe les propone ir a la bodega de Don Cipriano. Un hombre tosco en su trato y nada confiado.
Cipriano cuando los ve entrar al negocio, enseguida se pone en vilo para no dejarse timar por esos seres que muchas veces lo envolvieron en sus mentiras y, con falsedad, terminaban dejándolo sin mercancía.
Se llevaban lo que querían y jamás le pagaban. Se hacían los desentendidos a las quejas del hombre y siempre se salían con la suya.
Comenzó Dolores aparentando su “dulzura» habitual y como mujer al fin, con sus palabras directas y cariñosas, hacía que Cipriano le entregara lo que quería.
—¡Mire, Cipriano, viajé por medio mundo y nunca lo pude olvidar a usted… Recordé mucho los aguacates divinos y grandotes que vendía y que no encontré en ningún país en donde estuve. ¡Ay, Cipriano, qué falta me hacían esos avocados! Igualitos al bello verdor de sus ojos. ¡Qué tiempos aquellos! Cuánta nostalgia y lágrimas derramé…
Cipriano cabeza abajo, se quedaba en silencio pensando, con una sonrisa dibujada en su cara. Y enseguida contestaba todo coqueto:
—Mire mijita, por tantos días, con esa tristeza le voy a regalar estos cuatro aguacates que me trajeron ahorita para que los disfrute y venga siempre a buscarlos, siempre que los necesite.
Pepe sin saber qué inventar, festejaba la alegría de su amiga y con firme determinación dijo:
—¡Ah, no! Esta no se va a salir con la suya. —Y replicaba:— Don Cipriano, ¿todavía tiene de aquel café que antes vendía? El más sabroso que probé en mi vida, cremocito y con espuma. Ese no lo encontré jamás y una taquicardia que me reventó el corazón, me daba cuando tomaba aquellos cafés de por allá. Del tiro, me enfermé del corazón. — Poniendo su cara dramática, ya como desahuciado , hacía un gesto de marcharse.
Don Cipriano, consternado, le entregaba 6 paquetes de aquel café que vendía y se los dio a Pepe remarcándole:
—Tómeselo con fe, Don Pepe que eso lo va a curar.
Juan pensó para sus adentros: «Estos no se van a salir con la suya. ¿Qué puedo yo inventar?”
Se quedó Juan impábilo como si se le hubiera acabado el mundo. No sabía en qué pensar. ¿Qué podía pedir que no pareciese abuso?
Entonces, ni corto ni perezoso, se llenó de coraje y le habló a Cipriano con demarcada claridad.
—Don Cipriano: yo necesitaba algunas cositas, como papas, plátanos, azúcar, limón y verduras. Y si tiene pollo o carne y no lo toma a mal, desearía que me lo entregase y oportunamente se lo cancelaré cuando cambie los dólares que traje, pero que lamentablemente dejé olvidado en casa. Ando con un espolón y caminar para allá para después devolverme me hará mucho daño y el médico me permitió salir pero me remarcó que no puedo darle soltura a mis pies o de lo contrario perderé los dos.
Cipriano, hasta llorando como un manantial, llenó una bolsa grande y le entregó a Juan todo ese sartal de víveres y mercancía, sin protestar.
El pobre Cipriano todo conmovido, despidió a los truhanes amigos todo compungido, diciendo: «Los tengo que ayudar, los tres han sufrido horrores».
Salieron Los tres amigos animosos y riéndose de ellos mismos para ver quién de ellos salió ganando…
Salí presurosa aquella mañana, que comenzaba a despuntar con la tenue luz del alba.
Por la ventana veía el espacio sin movimiento. Ni un solo ruido escuchaba que no fuese la fresca brisa, fría y húmeda del amanecer.
Tomé mi gran bolso cargado con todo aquello que me daría sustento. Mi vida estaba incierta y día a día me alimentaba muy poco. Una sola comida al día, eso me bastaba.
Sin reparar en aquella soledad que me acompañaba, marché por las calles desoladas, buscando la parada del autobús que me llevaría a mi destino. Allí me esperaba la solución a mis múltiples problemas.
Era una buena artesana, con la arcilla moldeaba y plasmaba realidades. Mis pequeñas pinturas, aún frescas, eran mi mayor orgullo por sus brillantes colores y matices que plasmaban mi realidad.
Por fin tomé el vehículo que iba casi sin pasajeros y comencé a remontar el camino, hacia aquel hermoso cerro, que rodeaba la ciudad donde vivía.
Se tornó el camino intrincado con laderas estrechas y bosques de una vegetación que olía a manzanillas y pinos. Era tan grato a mi olfato que me hacía cerrar los ojos y aspirar profundamente para no perder aquel aroma. A través de las ventanillas observaba el verdor del monte. Maizales, árboles con jugosas frutas y un solar lleno de girasoles, aún con flores cerradas, porque los rayos del sol no se asomaban.
Llegué al pueblito donde había mucha gente preparando sus mesas para exhibir sus productos: verduras frescas, frutas exóticas, relicarios, alpargatas, maracas y tambores con gruesos y templados cueros. Tantas cosas agradables encerraba aquel cerro majestuoso y sereno.
Muchos turistas y excursionistas de montaña se interesaban en mi trabajo. Compraban mis cuadros y adornos pintados a mano. Yo me sentía alegre y satisfecha. Ya tenía unos cuantos dólares que me ayudarían a seguir sobreviviendo y pagando mis deudas.
Se acercaba la noche y aquel espacio estaba nublado con densa neblina que se apoderaba de todo y caía a la tierra como si bajara para besarla.
Con algo de aprehensión, tomé mi bolso vacío y caminé velozmente para tomar el transporte que me esperaba para bajar de aquel sitio. La ciudad callada y fría me aguardaba. En el vehículo todo iba en silencio y nadie comentaba sus vivencias de aquel día.
Por fin, llegué al edificio donde vivía, pero había una oscuridad siniestra. No se observaba por allí ningún vecino. Me dio la impresión de que todo el edificio estaba abandonado. Llegué al ascensor, marqué mi piso pero las puertas no se abrían. Decidí ir por las escaleras. Por la penumbra en los pisos, veia unas sogas que se movían. No alcanzaba a divisar lo que era. Lo cierto es que algo se enredó en mi tobillo, y, apretaba mi pierna con mucha fuerza. Sacudí mi pie y vi un sinfín de víboras que me perseguían con sus fauces abiertas.
Perdí el equilibrio y llegué a mi piso. Miré hacia atrás, escuché ruidos extraños y pude ver que eran hombres horribles con mantos negros. Se arrastraban por el suelo. Llegué a mi puerta y esos seres extraños gritaban y me tocaban. Pasé por un corredor interminable cuando, temblando, miré hacia atrás, vi como una espada flotante, me amenazaba…
¡Dios, cuánta angustia! Vi mi vida acabada. Un salto convulsivo, se apoderó de mí… Quería gritar, mas mi voz no salía… No podía emitir ningún sonido. Esbocé una sonrisa.
Todos mis trabajos tienen algo común, algo así como un hábito compartido: tienen la manía de adentrarme en un nicho de vacío y duda. Todos los oficios que he desempeñado han sido exageradamente holgados, se asemejan a un animal gordo que se tiende inmóvil sobre las horas del día. Como consecuencia, me veo dueño de un espantoso tiempo libre en medio de mis jornadas, lagunas de quietud, frío, soledad y aburrimiento. Me he valido de distintos medios para llenar los espacios en blanco, para sembrar flores en el suelo árido de mi angustia. Cualquier acontecimiento es bien acogido por mí, toda acción que rasgue los minutos y los colme de vida y novedad. En estos momentos, la gran pared de vidrio al lado izquierdo de la sala despide unas luces enrarecidas, los rayos del sol parecen dar palmaditas al cristal y luego la luz atraviesa la pared traslúcida convertida en bolitas resplandecientes; por supuesto, no me interesa mucho la luz, ni cómo se vierte el día dentro de la sala como una filtración de esas que humedecen los techos y de a poco los van desgastando. Si no estuviera tan aburrido y solo, no me viera en la necesidad de andar viendo la luz que embiste la ventana, ¿o pared? Supongo que cuando una pared es enorme y transparente, da lo mismo en realidad llamarla ventana o pared, creo que hasta puerta es también la muy creída, todo lo quiere hacer y lo peor es que todo lo puede; en fin, volviendo a la luz, considero que ver la resolana a eso de las tres de la tarde luego de un hastío interminable es algo triste, pero, ver una cosa es algo inevitable para luego escribirla, me aburre ver, de verdad, pero qué más da, la veo y luego escribo algo bonito sobre ella, lo hago porque cuando convierto la luz del sol en palabras encuentro ésta de lo más adorable, creo que todo lo que uno ve no es más es un pretexto para tener de que hablar, ¿qué sentido tiene cualquier objeto sino el de despertar comentarios bonitos, bien dichos? Si pudiera vivir en palabras, pues, al demonio los sentidos, qué bello. Tanta miradera inútil, tanta escuchadera, tocadera, ay no, me quedo con mi cháchara.
Cuando leo lo que escribo sobre la luz, no niego que ahí sí me dan ganas de comerme a besitos los rayos de sol y hasta mirarlos de la forma más linda, porque ya ahí por escrito es otra cosa, todo se muestra bien: claro, conciso, hasta coqueto y disfrutable. Con el paso de las horas la luz se vuelve insoportable, yo debo permanecer en el mostrador y cada vez se me arrima más la resolana concentrada del cristal, ¿verdad que es invasiva? No la aguanto, nada más la tolero porque me dio algo que escribir, porque si ni siquiera eso, estaríamos mal ella y yo. No me traje los lentes de sol, me imagino que andar con los anteojos oscuros puestos dentro de mi zona de trabajo y en un sitio cerrado debe parecer ridículo a quien me observe, o tal vez inquietante. Los lentes negros dan un aire de hostilidad y rudeza hasta al más dulce de los seres.
La sala permanece en silencio, bueno, no tanto, el acondicionador de aire hace un ruido considerable, parece un rugido bestial monótono, a tal punto de asemejarse a un manso gemido. Es un privilegio enorme contar con acondicionador de aire en el trabajo, es decir, creo que aquí es el único sitio en donde puedo lucir mi chaqueta, amo estar enchaquetado, lamentablemente, el calor de la ciudad no da tregua y uno sale a la calle vestido de forma simple. No es que yo tenga un gran gusto para la ropa o que la sepa combinar o que pueda determinar qué me queda mejor o cuál vestimenta hace destacar mis atributos; sencillamente, hablo de la chaqueta. Tengo un esquema muy sencillo para la etiqueta y así diferenciar un atuendo normal de uno extraordinario o fino, y todo radica en usar o no, la chaqueta. A mí la chaqueta me hace sentir muy apuesto y si hay algo que me gusta de estar aquí es poder lucirla. En el trabajo a uno lo mantienen como en conserva, refrigerado, aquí no sudo, de hecho, hace tanto frío que mi piel se tiñe de morado, a veces el frío es inclemente, porque el aire acondicionado lo encienden a eso de las ocho y la intensidad del frío aumenta gradualmente conforme avanzan las horas, ya en el segundo trecho de la jornada yo me estoy abrazando todo el tiempo, dándome calor, es ligeramente horrible, pero, no sudo, así que, no está tan mal, porque detesto sudar. En la sala uno se siente herméticamente sellado al vacío, antiséptico, carente de fluidos corporales, seco, sin olor ni calidez, eso es algo que se agradece. Vale la pena soportar esa suerte de invierno de embrujo de cuento de hadas, porque me siento como un muñequito, solo que sin brillo de plástico ni transparencia de hielo.
Leer es un recurso eficaz, puedo pasar un buen rato leyendo bien sea un libro que traiga de mi casa o uno del trabajo, que por cierto, hay muchos libros aquí. Representa una verdadera dificultad elegir cuál libro tomar y tratar de adivinar si el mismo es apto para mí en este momento o si yo estoy apto para él. Sin embargo, he notado que tiendo a leer más textos informativos o científicos que de ficción mientras estoy en mi turno laboral, en esos momentos no soy muy dado a leer historias, necesito mayor intimidad para las historias, como por ejemplo, estar echado en cama envuelto entre sábanas leyendo un cuento o novela con el libro muy mal sujetado, nada hace constar más el gozo que proporciona una lectura que lo enrevesada de las posturas del lector y las maromas que hace el libro en nuestras manos trémulas. He alcanzado sesiones de lectura bastante fructíferas en el trabajo, y cuando digo que son provechosas, no hago hincapié en el hecho de que el material leído deje algo profundo en mí, sino que cumple con los objetivos más prácticos: distraer la mente y agilizar el transcurso del tiempo, olvidar la nada imperante y el aburrimiento que mana de ella. Pero hay algo preocupante, no puedo pasarme todas las horas de mi jornada laboral absorto en la lectura; a mí que me encanta leer reconozco que me harto de tanta palabra escrita pasado algún tiempo; no importa si la lectura es muy grata, uno se satura, igual que cuando se come rico, pero demasiado. El resto del tiempo me encargo de buscar otras distracciones, mi compañera de trabajo es una de ellas, recuerdo que me pareció divertida el primer día, pero ya al tercer día de nuestro trato, me siento un poco cansado de ella; pasamos todo el día sentados juntos tras el mostrador, conversamos bastante, eso sí. Yo muestro un vivo interés en todas sus cosas, pero es por cortesía. Ella asume con entusiasmo las labores inútiles que nos asignan para justificar nuestra estadía en la sala. Yo quisiera algo de esa motivación, por ejemplo, si nos mandan a recortar letras de cartulina para una cartelera, ella realiza la tarea con total entrega, yo en cambio siento mucho sueño luego de los primeros cortes, además, la tijera como que me aprieta duro los tendones de la mano, creo que al espacio entre los dedos se le llama tendón, no estoy seguro. Otra tarea tediosa es buscar información acerca de las festividades y fechas conmemorativas del mes. Las llamadas efemérides, no volveré a utilizar la palabra “efemérides” porque me da un tedio terrible solo pensar en ella. Al parecer, cada día se celebra algo, de verdad no dan abasto 365 días al año, debería haber más días para cubrir todas las fechas importantes.
Las tareas no cubren todo el tiempo, y si hay algo realmente perjudicial en un ambiente laboral, es que tu compañero de trabajo esté a cargo de la computadora principal del escritorio y que ésta tenga acceso a la red, mi compañera se pone a ver telenovelas por internet. No voy a decir que nunca he disfrutado de una telenovela porque sería una mentira muy descarada. He visto telenovelas, me han gustado unas cuantas, me gustan las venezolanas viejas, y si hablamos de novelas actuales prefiero las colombianas. Sí, lo confieso, he visto novelas hasta de cantantes de vallenato y me han entretenido, pero las novelitas que ve mi compañera son muy fastidiosas, por el amor de… Solo espero que transcurran los minutos finales de nuestra jornada para dar por terminada esta tortura, he llegado a dormitar tanto sobre el escritorio que no logro dormir más, estoy muy despierto, mis sentidos perciben el aburrimiento en todo su esplendor, finalmente, llega la hora de la salida, nos toca retirarnos de la sala, cerrar la gran puerta transparente que es ventana y es pared y cuya cerradura me cuesta trabajo maniobrar, cada día me cuesta trabajo recordar hacia qué lado se cierra la puerta, el proceso puede demorar varios minutos; después de cerrar la sala, uno pasa a la oficina principal a recoger las cosas que se dejan ahí al comienzo de la jornada y luego uno puede retirarse del lugar. Una vez afuera, el hechizo del frío se desvanece y el sol me taladra la cabeza, espero el transporte público para ir a casa, normalmente el autobús está repleto de gente y música a todo volumen. Debo añadir que si considero que la canción es bonita, no me molesta el bullicio en el autobús, en éstos se coloca mucho vallenato y si el vallenato es del tipo romántico y no del tipo socarrón y parrandero, lo disfruto, porque ese es mi ladito cursi, hasta llego a mover la cabecita en el asiento al compás de la canción, hago esto hasta que el calor me adormece y mi cabeza queda bamboleando en el asiento de adelante entre incontables sacudidas en el camino a casa…
Don Javier era un viejo millonario italiano que, aunque vivía con sus hijas, seis, para ser más específico, Luna Llena, Luna Nueva, Luna Clara, Luna Gris, Luna Blanca y Luna Negra, tenía una vida muy solitaria. Vivía rodeado de los más excéntricos lujos y con mucha pomposidad, pero siempre sentía que algo le faltaba. Tenía un hermano, Marco, que nunca iba a visitarlo, y eso lo hacía sentir muy mal. En su enorme mansión vivía, como ya lo dije, con sus seis hijas, y muchos de sus empleados que también habitaban esa enorme mansión; jardineros, amas de llaves, cocineros, etcétera, se habían convertido en parte de la familia de Don Javier. Esta mansión tenía la particularidad de que podías entrar fácilmente, pero, era prácticamente imposible salir de allí. Solo Don Javier conocía la forma exacta para abandonar su propia casa, solo él y nadie más.
Habíamos ido de visita para realizar un reportaje acerca de la historia de la mansión de Don Javier, mi compañera y yo, y nos quedamos maravillados y atónitos ante semejante construcción: enormes jardines llenos de caminos de piedra, fuentes de agua y pequeños lagos poblados de patos y otros animales, un gran muro de arbustos muy bien podados nos rodeaban además de un gran arco de mármol que nos daba la bienvenida a la casa principal. Lucía imponente, como un gigantesco castillo medieval, al cual se podía entrar a través de unas escaleras anchas y bajas, allí nos esperaba doña Eva, que era la ama de llaves principal de esa enorme casa. Salieron a nuestro encuentro las seis Lunas, el pequeño José Ruth, hijo de Luna Clara, el mayordomo, el portero que se llamaba Pedro, y todos los que en ese momento estaban allí, pero sin rastro de Don Javier.
Como era de imaginar y de esperar, dimos un recorrido guiado por la enorme casa, vimos las habitaciones, los salones, el gigantesco comedor y su respectiva cocina, anchos pasillos nos conducían a diferentes estancias, en fin, un largo recorrido por la mansión. Fue tanto lo que tuvimos que caminar que me quité los zapatos para poder realizar la visita sin inconvenientes. Habíamos hablado con doña Eva, quien nos dio todos los detalles acerca del trabajo que se realizaba a diario por todos los empleados, además de que las seis Lunas también nos dieron una gran cantidad de anécdotas familiares, pero llegó a colación un comentario sobre la mayor particularidad de la mansión; Luna Clara, con voz de misterio, nos dijo: -«Todo el mundo sabe cómo entrar aquí, mas nadie conoce la forma de abandonar nuestra casa, mi padre es muy celoso con su secreto, tanto que no lo confió a ninguna de nosotras, sus hijas, ni a doña Eva, ni a nadie más.»
Esas palabras nos estremecieron y nos llenaron de cierto temor de quedar atrapados allí, en un lugar que parecía haber quedado congelado en el tiempo y que cada vez parecía hacerse más y más grande. Luego de haber realizado nuestro reporte, nos invitaron a un abundante y opíparo almuerzo junto a toda la familia y los empleados de mayor confianza de Don Javier, pero, como ya saben, el dueño de la mansión no se hizo presente. Comimos los más variados platillos y postres que solo una familia grande y pudiente podría darse el lujo de probar a diario. Luna Clara y sus hermanas nos dieron un segundo recorrido, en esta oportunidad a través de un sinuoso jardín lleno de arcos y caminos hechos de ladrillos, seguidamente, ese jardín culminaba en una gran fuente bajo techo con piscinas circulares y poco profundas, a las cuales se podía acceder a través de otro camino de ladrillos de forma zigzagueante, como una larga y colorada serpiente. Grandes lámparas colgaban del techo del recinto además de la luz del sol que entraba a la sala a través de grandes ventanales vestidos de ricos vitrales cargados de muchas formas y colores. Luego de esa segunda vuelta a los alrededores de la mansión, recibimos un recado por parte de doña Eva; al fin, luego de una larga espera, Don Javier nos recibiría.
Fuimos de inmediato a la gran casa del millonario anciano, que se encontraba en su habitación solo, envuelto en sus sábanas en un rincón, sentado en una silla y con cara de profunda tristeza y preocupación. Murmurando, nos pidió que nos acercáramos a su lado, y nos dijo en voz baja: «Aunque tengo todo lo que un hombre busca, quiere y necesita a lo largo de su vida, una hermosa familia, una casa enorme, una gran cantidad de lujos y comodidades, he sentido que falta algo para que mi felicidad sea completa, aunque mi hermano no haya venido por acá en muchos años, espero que esté bien y que por lo menos se acuerde de mí, eso me basta para poder estar en paz conmigo mismo…» Al escuchar a Don Javier hablando de esa forma, mi compañera, de manera no muy oportuna, interrumpió al anciano y ella quiso saber la forma de salir de la casa, a lo cual, Don Javier le respondió: «No hay manera de salir de un lugar al cual nunca se ha podido entrar. Si aún queda algo pendiente, algo por lo cual tu misión aún no está completa, tal vez no sea el momento adecuado para quedarse aquí, pero no soy el más indicado para mostrarles la salida de la mansión; salgan, salgan de aquí, mi tiempo con ustedes se ha terminado…»
Al salir, solo recuerdo que atravesamos un largo y estrecho pasillo, iluminado por una luz blanca que nos conducía a un laberinto rodeado de paredes blancas, no había nadie más aparte de mi colega, cuando, al llegar al laberinto, apareció frente a nosotros el nieto de Don Javier, el hijo de Luna Clara, José Ruth, vestido completamente de blanco y con un pequeño conejo, blanco también, en sus manos, al momento de vernos, salió corriendo a través del laberinto y decidimos seguirlo. A través del sinuoso y blanco pasillo fuimos corriendo detrás del pequeño niño y su conejito, y, al llegar a la salida, una fuerte luz blanca nos iluminó, seguidamente una voz nos dijo exactamente lo que Don Javier nos contó en su habitación: «No hay manera de salir de un lugar al cual no se ha podido entrar…»
Todo tenía sentido para mí. Mi compañera y yo despertamos en la sala de emergencia del hospital, habíamos tenido un accidente automovilístico; cuando desperté de la muerte, recordé claramente lo que Don Javier nos dijo: «Si aún queda algo pendiente por hacer, algo por lo cual tu misión no está completa, tal vez no sea el momento adecuado para quedarse AQUÍ…»
Habíamos muerto y visitado la mansión celestial, creo que incluso hablamos directamente con Dios, comprendí que nuestra misión aún no está completa en este mundo. Por eso, el secreto para volver al plano terrenal no lo conoce nadie, ni siquiera nosotros que vimos cómo se podía volver del más allá.
Hace un tiempo, en las sabanas africanas, específicamente en Kenia, mi compañera Alma y yo nos dirigimos hacia un lugar maravilloso, donde la fauna salvaje prosperaba de manera excepcional. En nuestra primera noche allí, vimos de forma dispersa una manada de leones, cuya hembra alfa se disponía a cazar una joven cebra, pero, al acecho también estaba una jauría de hienas manchadas, cuya sola presencia incomodó a nuestra leona, que, desgraciadamente, cayó víctima de las hienas, quienes de manera cobarde y ruin, asesinaron a esta magnífica bestia.
Al día siguiente de ese desproporcionado encuentro mortal, Alma, dos hombres que nos acompañaron en el recorrido en la sabana y yo salimos en busca de una nueva manada para observar y, de esa forma, encontrar lo que estábamos buscando.
No tardamos mucho cuando vimos a lo lejos a una joven leona dando a luz por primera vez, por la época y la cercanía asumimos que se trataba de una leona que pertenecía a la manada de la leona que, desdichadamente, vimos morir la noche anterior.
De su vientre vi salir un cachorro que a pesar de no ser tan especial o particular, tenía un aura especial que hacía que no fuera difícil de que pasara desapercibido.
Con sigilo me acerqué. -¿Qué diablos haces? -dijo Alma, como diciéndolo entre dientes. -Espera… quiero verlo, puedo grabar todo -respondí -Estás loco -dijo ella.
Cuando, a lo lejos divisé un joven que pertenecía a una de las muchas tribus que, siguiendo tradiciones primitivas de su cultura, daba muerte con su lanza a la cabeza visible de la manada. Me dolió ver como asesinaban a tan magnífico animal que, sin razón aparente, fue muerto y llevado a rastras por el joven y los demás miembros de la tribu.
Mis presentimientos acerca del pequeño león eran ciertos. Estaba llamado a ser el líder que defendería a su manada incluso con su propia vida, no como lo hacían ver las películas y series de televisión que vi una vez, sino de la forma más salvaje y primitiva posible. Pasaron los meses, partimos del lugar y siempre me quedó la espina de saber qué había sucedido con mi pequeño amigo y su manada, cuando surgió nuevamente la ocasión de visitar el mismo sitio en la misma época que lo vi por primera vez.
Pasado el tiempo, regresamos al lugar donde habíamos visto ese acontecimiento tan especial y maravilloso; la manada había crecido, dado que las hermanas de nuestro cachorro habían engendrado prole propia, se me hizo extraño y a la vez tan normal no ver a nuestro amigo y por quien habíamos vuelto a ese lugar, mi instinto dio señales de un presagio que no quería que fuese realidad.
Recorrí la zona en el jeep de los guías del lugar, muy buenos amigos míos por cierto, cuando observé muy cerca de mi a un imponente y gigantesco felino acechando a una manada de cebras, miré detenidamente y pude mirar, completamente estupefacto y asombrado, que ese era el mismo cachorro qué Alma y yo vimos nacer. Quedé anonadado por ver el tamaño de ese león, era mucho más grande que cualquier otro león que haya visto, mi jeep se veía diminuto al lado de esa bestia, que hace unos años, se veía tan pequeño y débil a tal punto que creí que parecería bajo el inclemente sol de la sabana africana. Alma no me acompañó, nos separamos dado que debía estudiar a varias especies en peligro de extinción del sureste de Asia, pero, en esta ocasión, me acompañó mi fiel compañero Simeón, mi perro que había rescatado de la calle. Simeón se bajó apresuradamente del jeep, lo seguí e iba directamente a donde estaba mi gigantesco amigo melenudo, tal vez por curiosidad o por querer jugar con un gato gigante. Huyó espantado por el potente zarpazo qué propinó el león a una cebra, de tal manera que el equino cayó al suelo y poco pudo hacer para ofrecer resistencia ante el ataque mortal. Su madre, sus hermanas y el resto de la manada se acercaron a disfrutar del festín de carne fresca que les ofrecía su líder, cuando a lo lejos se podía distinguir claramente el chillido burlesco e infame de una manada de hienas acercándose. Las hienas, al ver de qué manada era la presa, se alejaron dado que el león había tenido una larga guerra contra ellas, la cual, dio como resultado la derrota del grupo de carroñeros. Aunque, por otro lado, la manada tenia una nueva batalla qué librar, no era contra las hienas, o los perros salvajes, no… Era ante un enemigo más poderoso que todas las fieras juntas. Los masai.
Los feroces guerreros Masai acostumbran cazar leones como rito de pasaje para convertirse en hombres desde tiempos milenarios, y eso diezmó la población de leones en esa región, muchos fueron asesinados vilmente, incluyendo al padre de mi león. Escuché a los lugareños decir que los Masai buscarían matar al león, que quien lo hiciera se llevaría como esposa a la hija del jefe de la tribu, tal rumor me heló la sangre y me llenó de espanto. En silencio me retire del lugar y busqué por todos los medios posibles a la manada, tenía que asegurarme que nadie tocaría a ese majestuoso animal… Llegué justo a tiempo, la manada en pleno descansaba al pie de un frondoso árbol de acacia, abundantes en este lugar, mi león lucía imponente, rodeado de toda la manada, las leonas y sus cachorros, y algunos machos viejos y jóvenes que permanecían allí con ellos, con este hecho, pude constatar de que este enorme felino no era como los otros leones que había observado antes, que expulsan a los machos jóvenes o viejos de la manada, sino que, los preservaba y los tenía preparados para cualquier eventual ataque de hienas u otros elementos que pudieran representar una amenaza para su familia. Instalé rápidamente mi campamento en ese lugar, a cierta distancia de la manada, mi intención no era que me vieran como un extraño más, pero, quería prevenir un ataque inesperado, hice vigilia por varias horas, me alimentaba, descansaba y volvía a mis labores de quedarme allí, protegiendo al enorme león de su posible muerte.
Allí permanecí durante esa noche, al tanto de lo que pudiera suceder afuera durante mi guardia, sin molestar a la manada, pero tampoco sin perderlos de vista ya que era mi propósito principal en ese momento, cuando en plena madrugada, escuché los cánticos ceremoniales de los Masai que, sin lugar a dudas, eran el inicio de mi presagio. Me levanté rápidamente, cogí mis lentes de visión nocturna y sigilosamente me acerqué al lugar donde estaban los miembros de la tribu, bailando y cantando alrededor del joven que, buscaría de cualquier manera, acabar con la vida del majestuoso felino que era motivo de mi preocupación, ese león que vi nacer y que creí que moriría por su extrema pequeñez y debilidad, y que en poco tiempo se convirtió en el máximo líder de la manada y rey de esos dominios donde él y sólo él, decidía el destino de sus congéneres y de los demás animales que allí vivían.
Llegó el amanecer de forma abrupta, los ancianos y los cazadores más experimentados aconsejaban al jovencito sobre la forma en que debían matar al león por medio de sus lanzas, buscando emboscar a su objetivo y alejando al resto de la manada que, seguramente buscarían proteger a su líder. Según lo que pude entender, irían al fondo de un desfiladero, atrayendo al grupo de leones con la carne de una vaca que había sido sacrificada para ese fin, luego, acorralarían al gigantesco animal para que el joven Masai se encargase de darle muerte con su lanza atravesando su pecho y destruyendo su corazón. Tomé las medidas respectivas del caso para evitar a toda costa, que mi magnífico león fuese asesinado. Llevaba mi escopeta, sólo por precaución, no quería usarla para nada, aunque si hubiera sido necesario, no me hubiera costado nada vaciar su contenido sobre cualquier persona que se opusiera a mí, sin importar las consecuencias que acarrearía una situación de ese tipo. Aprovechando que los hombres de la tribu estaban entretenidos entre el jolgorio y el alboroto de la ceremonia, amarré el cadáver de la vaca por una pata a una soga, mientras que el otro extremo lo enganché a mi jeep, con sumo cuidado, me deslicé hasta mi vehículo, lo encendí, arranqué y entre tanto alboroto, la carne fue arrastrada hasta el lugar donde se encontraba la madre y el resto de leones, donde, mi mayor satisfacción fue el ver a todos alimentarse con los restos de ese animal que en manos de los Masai serviría de cebo para atraerlos a una muerte segura.
A pesar de que frustré los planes de los cazadores, seguían empeñados en matar al enorme león que, de cariño, comencé a llamarle Atrox, por su gran parecido en su tamaño a una especie extinta de león que habitó el continente americano durante la Edad de Hielo y que, precisamente, su nombre científico es Panthera leo atrox. Nunca había visto un enorme felino de ese tamaño en estado salvaje, aunque había visto en reiteradas ocasiones varios ejemplares de “ligre”, híbridos producto del cruce entre un león macho y una tigresa que llegan a ser realmente gigantes en comparación a sus padres, ya que no paran de crecer durante su vida. Este león no era un ligre porque vi con mis propios ojos, y mi compañera Alma está de testigo, que nació de una leona, así que no me queda a duda de que se trata de un espécimen único en su tipo, que logró crecer más que el resto de sus hermanos y que el resto de los demás miembros de la manada, sin indicios de que pueda ser un raro caso de gigantismo o poseer algún otro tipo de trastorno a nivel hormonal.
Prosiguiendo con el relato, los Masai estaban decididos a terminar con Atrox y su manada, de una vez por todas, cuando, en los alrededores de la aldea, retumbaron varios rugidos seguidos por gritos y llantos de mujeres y de los niños, donde una manada de leones se entregaba al festín de carne humana, mientras que en el cañón del desfiladero, los cazadores resultaron convertirse en presas, donde Atrox encabezó la matanza donde murieron todos los Masai, incluyendo al joven escogido para matar al enorme felino.
No entiendo aún por qué la manada actuó de esa manera, ¿Venganza, tal vez? ¿Tendrían algún propósito para invadir la aldea Masai y masacrar a la población más vulnerable mientras que los hombres no estaban? La guerra entre los Masai y la manada de Atrox estaba más que cantada, y yo no podía hacer nada más al respecto. Y así, nació el mito de los leones cazadores de hombres en las sabanas kenianas, una manada que, de forma imparable e inmisericorde, sembraban el terror y el miedo entre animales y seres humanos de los alrededores, encabezados siempre por el majestuoso león gigante que vi nacer.
Vivíamos en un pueblecito de los Andes, apartado de cualquier ciudad o carretera nacional, donde el frío era el pan nuestro de cada día, donde en raras ocasiones se veía alguna novedad o cosa interesante que llamara la atención de la gente, un pueblo donde la paz, el silencio y la calma reinan bajo el susurro de la brisa y las caricias de los rayos del sol, hasta que, una mañana del mes de Noviembre, en los alrededores de nuestra casa, un grito alarmó a los vecinos y a los que estaban cerca del lugar.
Era Lucas, un hombre que se dedicaba a vender perritos en los diferentes lugares de interés turístico del pueblo, que en anteriores ocasiones había experimentado delirios y cierta locura debido a los excesos del vicio y la escasez de alimentos, todo esto debido al abandono y la falta de apoyo por parte de sus familiares, quienes lo hacían a un lado y sufría constantes vejaciones e insultos en su casa. Volviendo al tema de esa mañana, ese grito fue seguido de carcajadas, silbidos y disparates, al ver a este pobre hombre en su delirio, las mujeres y los niños se refugiaban en sus hogares mientras que los hombres hacían un esfuerzo por ignorar al loco o simplemente, le seguían la corriente más para divertirse que con cualquier otro propósito.
Al transcurrir del tiempo, se le veía constantemente caminando de arriba hacia abajo, una y otra vez, a través de la carretera, sin importar la hora y el clima, exhibiendo sus ropas sucias, malolientes y desaliñadas, un par de zapatos igualmente desgastados por sus caminatas de un pueblo a otro, su mirada perdida en el horizonte y en su rostro, barba y bigote de baba marrón por el excesivo consumo del chimó. Sumergido en su paranoia esquizofrénica, se lanzaba hacia los vehículos que circulaban y hacia los transeúntes que se cruzaban en su camino. Ya en el pueblo, durante las largas horas de racionamiento eléctrico, se dedicaba a tocar las puertas de las casas, no de la manera en que se hace para entrar a un lugar para visitar a la gente, sino que tocaba la puerta con tal fuerza y tal estruendo, que todos se asustaban, no sólo el susto era para las personas de esa casa, sino que también los vecinos y las personas que pasaban por allí a esa hora.
Recuerdo que una noche, llegó a tocar la puerta de nuestra casa, eran más o menos las 9 o 10 de la noche (no sabría decir qué hora era exactamente, en ese momento no tenía a la mano un reloj ni mi teléfono celular para ver la hora), se puso a cantar como un gallo, soltó varias carcajadas al aire y se fue, continuando el mismo ritual en las casas de nuestros vecinos.
No era para menos el temor que sentía la gente hacia el loco Lucas, que por su estatura y su contextura física, intimidaba al más valiente. De por sí, en sus cabales era un hombre que inspiraba miedo, ahora ya se podrán imaginar lo que podría ocurrir con su mente turbada y fuera de razón. Muchos fueron los intentos por hacer calmar al loco Lucas, pero todos fueron en vano. En una ocasión, algunos hombres intentaron enlazarlo y amarrarlo como lo harían con el ganado vacuno o como cualquier otro animal, pero, era tanta la fuerza del hombre que no podían sostenerlo entre 8 personas.
Sus familiares me dijeron que hicieron lo humanamente posible para contenerlo; internarlo en un hospital psiquiátrico donde obviamente tendría todos los cuidados necesarios para alguien con su condición, sedarlo, encerrarlo…. En fin, él, a pesar de su locura, encontraba la mejor manera de escabullirse y seguir con sus andanzas. Él no era de esas personas que gustaran de beber, pero su vicio era mucho más adictivo y accesible a su ya empobrecido bolsillo: el chimó. Pasaba todo el día, calle arriba y calle abajo, no podía ver los abastos y bodegas abiertos porque, sentía la necesidad de tomar a la fuerza ya fuese un racimo de cambures o una bolsa de pan para mitigar el hambre, y los dueños de esos establecimientos comerciales, eran conscientes de la situación de Lucas que, sencillamente, lo dejaban tranquilo para no ganarse un insulto o una agresión sin necesidad.
Así fueron pasando los días, al anochecer, las personas se guardaban en sus casas por el temor de que el loco Lucas hiciera de las suyas y agrediera a alguien que se cruzara en su camino. Trataba a la gente de “mulas” y con cualquier otro improperio que le resultara adecuado para esa persona en particular, era tal el miedo que sentíamos en el pueblo que, mucha gente pensaba en mantenerse encerrada en sus casas por miedo al loco Lucas.
Resulta que, en una noche donde la oscuridad reinaba sobre nuestro pueblo, el loco Lucas en sus caminatas nocturnas iba cruzando el puente que comunica el pueblo con otro caserío, justamente ese puente quedaba cerca de mi casa, cuando, unos hombres, se bajaron de una camioneta y decidieron seguir a Lucas a través del puente. Sigilosamente fueron detrás de él manteniendo la distancia correspondiente para no alarmarlo y no llamar su atención, cuando, uno de estos sujetos, blandió un bate de béisbol de aluminio y lo sacudió con todas sus fuerzas sobre la cabeza del pobre loco, que lo hizo caer inmediatamente del puente hacia el río, donde irremediablemente, cayó y quedó privado en el acto. Estos hombres, fueron deprisa hasta el puente, bajaron rápidamente hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de Lucas, lo amarraron y lo envolvieron en una bolsa plástica y se lo llevaron con rumbo desconocido, posiblemente para enterrarlo o para quién sabe qué cosa…
Cada lugar tiene sus personajes particulares, unos más célebres que otros, en este caso, un pobre hombre que no tenía la culpa de padecer una condición mental inestable y que por su delirio, no hacía otra cosa que vagar por las calles sin más premisa que vivir a su manera.
¡Qué noche! Llovió demasiado. Hubo centellas cayendo en el techo de mi casa (por suerte es de dos plantas y no pasó a mayores). Los malditos truenos no paraban con su trum-srh-pass… ¡Qué cristiano duerme así! Ni yo, hombre recio de campo, puede soportar tanto ruido del estado crepuscular.*
Dormí y algunas goteras seguían filtrando el agua. Total, amanecí con la cama hecha un charco.
Al levantarme, con mi pocillo de café en mano, vi que estaba todo nublado. A lo lejos, el arcoiris más chiquito que había visto –¡Gua! Parece presagio–. Un árbol completo se arrancó. Sabrá él mismo si fue un rayo o el viento.
Bueno, bueno, toca beber cafecito rápido para empezar a acomodarlo todo. Cuando uno está solo ¡gua! el trabajo se multiplica….
Lo que no sé es cómo mover el árbol ese. Es grande, pesado y muy astilloso. Donde está tampoco puedo picarlo porque el terreno es irregular. ¡Gua! Y este árbol feo, lleno de termitas, ni siquiera me servirá como leña. ¡Maldita lluvia!
Quienes dicen que después de la tormenta llega la calma es porque, de seguro, no han tenido que lidiar con un árbol inmenso caído, muestras el cielo arcoiris, en vez de calmar los ánimos, parece una mueca triste allá arriba…