Huellas en el camino.


Salí presurosa aquella mañana, que comenzaba a despuntar con la tenue luz del alba.

Por la ventana veía el espacio sin movimiento. Ni un solo ruido escuchaba que no fuese la fresca brisa, fría y húmeda del amanecer.

Tomé mi gran bolso cargado con todo aquello que me daría sustento. Mi vida estaba incierta y día a día me alimentaba muy poco. Una sola comida al día, eso me bastaba.

Sin reparar en aquella soledad que me acompañaba, marché por las calles desoladas, buscando la parada del autobús que me llevaría a mi destino. Allí me esperaba la solución a mis múltiples problemas.

Era una buena artesana, con la arcilla moldeaba y plasmaba realidades. Mis pequeñas pinturas, aún frescas, eran mi mayor orgullo por sus brillantes colores y matices que plasmaban mi realidad.

Por fin tomé el vehículo que iba casi sin pasajeros y comencé a remontar el camino, hacia aquel hermoso cerro, que rodeaba la ciudad donde vivía.

Se tornó el camino intrincado con laderas estrechas y bosques de una vegetación que olía a manzanillas y pinos. Era tan grato a mi olfato que me hacía cerrar los ojos y aspirar profundamente para no perder aquel aroma. A través de las ventanillas observaba el verdor del monte. Maizales, árboles con jugosas frutas y un solar lleno de girasoles, aún con flores cerradas, porque los rayos del sol no se asomaban.

Llegué al pueblito donde había mucha gente preparando sus mesas para exhibir sus productos: verduras frescas, frutas exóticas, relicarios, alpargatas, maracas y tambores con gruesos y templados cueros. Tantas cosas agradables encerraba aquel cerro majestuoso y sereno.

Muchos turistas y excursionistas de montaña se interesaban en mi trabajo. Compraban mis cuadros y adornos pintados a mano. Yo me sentía alegre y satisfecha. Ya tenía unos cuantos dólares que me ayudarían a seguir sobreviviendo y pagando mis deudas.

Se acercaba la noche y aquel espacio estaba nublado con densa neblina que se apoderaba de todo y caía a la tierra como si bajara para besarla.

Con algo de aprehensión, tomé mi bolso vacío y caminé velozmente para tomar el transporte que me esperaba para bajar de aquel sitio. La ciudad callada y fría me aguardaba. En el vehículo todo iba en silencio y nadie comentaba sus vivencias de aquel día.

Por fin, llegué al edificio donde vivía, pero había una oscuridad siniestra. No se observaba por allí ningún vecino. Me dio la impresión de que todo el edificio estaba abandonado. Llegué al ascensor, marqué mi piso pero las puertas no se abrían. Decidí ir por las escaleras. Por la penumbra en los pisos, veia unas sogas que se movían. No alcanzaba a divisar lo que era. Lo cierto es que algo se enredó en mi tobillo, y, apretaba mi pierna con mucha fuerza. Sacudí mi pie y vi un sinfín de víboras que me perseguían con sus fauces abiertas.

Perdí el equilibrio y llegué a mi piso. Miré hacia atrás, escuché ruidos extraños y pude ver que eran hombres horribles con mantos negros. Se arrastraban por el suelo. Llegué a mi puerta y esos seres extraños gritaban y me tocaban. Pasé por un corredor interminable cuando, temblando, miré hacia atrás, vi como una espada flotante, me amenazaba…

¡Dios, cuánta angustia! Vi mi vida acabada. Un salto convulsivo, se apoderó de mí… Quería gritar, mas mi voz no salía… No podía emitir ningún sonido. Esbocé una sonrisa.

¡Oh, Dios! Caí de mi cama. Desperté.

Cavernas

Ella suspira. Su mano sostiene su pesada cabeza, llena de pensamientos inútiles, justo como el que ahora destruye su precaria calma.

Para ella, el mundo es cada vez más pequeño. Todo es cercano, pero las personas viven a miles de opiniones de distancia. Todos clonados, todos iguales, pero aún quedan los seres libres que mantienen sus motivaciones vivas.

Los demás son solo nuevos cavernarios. Envueltos en colores van, indefinidos, iracundos, odiando a todo aquel que piense fuera del molde. Desde sus cuevas oscuras son expertos en condenar.

En aquella era en la que ella vive, los falsos profetas gritan en los templos sus verdades, que no son más que mentiras aceptadas por la prole, y eso las convierte en realidades paralelas al coherente modo de proceder.

La música, las frutas, los seres de este mundo y del siguiente deben ser escogidos por las masas. Si ella abre la boca para negarse a tragar la comida regurgitada, desprenderán sus miembros y los tirarán al fuego.

Porque son ellos, los seres de las cavernas de concreto, los que deciden el destino de la raza, sin contar con que ellos mismos son esclavos de sus absurdas creencias y de sus mohosos criterios.

Mientras tanto… Ella piensa y guarda sus palabras en el silencio de sus letras de plata.

21-07-21

EL LOCO DEL PUEBLO

POR J. G. RIVAS

         Vivíamos en un pueblecito de los Andes, apartado de cualquier ciudad o carretera nacional, donde el frío era el pan nuestro de cada día, donde en raras ocasiones se veía alguna novedad o cosa interesante que llamara la atención de la gente, un pueblo donde la paz, el silencio y la calma reinan bajo el susurro de la brisa y las caricias de los rayos del sol, hasta que, una mañana del mes de Noviembre, en los alrededores de nuestra casa, un grito alarmó a los vecinos y a los que estaban cerca del lugar. 

         Era Lucas, un hombre que se dedicaba a vender perritos en los diferentes lugares de interés turístico del pueblo, que en anteriores ocasiones había experimentado delirios y cierta locura debido a los excesos del vicio y la escasez de alimentos, todo esto debido al abandono y la falta de apoyo por parte de sus familiares, quienes lo hacían a un lado y sufría constantes vejaciones e insultos en su casa. Volviendo al tema de esa mañana, ese grito fue seguido de carcajadas, silbidos y disparates, al ver a este pobre hombre en su delirio, las mujeres y los niños se refugiaban en sus hogares mientras que los hombres hacían un esfuerzo por ignorar al loco o simplemente, le seguían la corriente más para divertirse que con cualquier otro propósito.

        Al transcurrir del tiempo, se le veía constantemente caminando de arriba hacia abajo, una y otra vez, a través de la carretera, sin importar la hora y el clima, exhibiendo sus ropas sucias, malolientes y desaliñadas, un par de zapatos igualmente desgastados por sus caminatas de un pueblo a otro, su mirada perdida en el horizonte y en su rostro, barba y bigote de baba marrón por el excesivo consumo del chimó. Sumergido en su paranoia esquizofrénica, se lanzaba hacia los vehículos que circulaban y hacia los transeúntes que se cruzaban en su camino. Ya en el pueblo, durante las largas horas de racionamiento eléctrico, se dedicaba a tocar las puertas de las casas, no de la manera en que se hace para entrar a un lugar para visitar a la gente, sino que tocaba la puerta con tal fuerza y tal estruendo, que todos se asustaban, no sólo el susto era para las personas de esa casa, sino que también los vecinos y las personas que pasaban por allí a esa hora.

          Recuerdo que una noche, llegó a tocar la puerta de nuestra casa, eran más o menos las 9 o 10 de la noche (no sabría decir qué hora era exactamente, en ese momento no tenía a la mano un reloj ni mi teléfono celular para ver la hora), se puso a cantar como un gallo, soltó varias carcajadas al aire y se fue, continuando el mismo ritual en las casas de nuestros vecinos.

           No era para menos el temor que sentía la gente hacia el loco Lucas, que por su estatura y su contextura física, intimidaba al más valiente. De por sí, en sus cabales era un hombre que inspiraba miedo, ahora ya se podrán imaginar lo que podría ocurrir con su mente turbada y fuera de razón. Muchos fueron los intentos por hacer calmar al loco Lucas, pero todos fueron en vano. En una ocasión, algunos hombres intentaron enlazarlo y amarrarlo como lo harían con el ganado vacuno o como cualquier otro animal, pero, era tanta la fuerza del hombre que no podían sostenerlo entre 8 personas.

           Sus familiares me dijeron que hicieron lo humanamente posible para contenerlo; internarlo en un hospital psiquiátrico donde obviamente tendría todos los cuidados necesarios para alguien con su condición, sedarlo, encerrarlo…. En fin, él, a pesar de su locura, encontraba la mejor manera de escabullirse y seguir con sus andanzas. Él no era de esas personas que gustaran de beber, pero su vicio era mucho más adictivo y accesible a su ya empobrecido bolsillo: el chimó. Pasaba todo el día, calle arriba y calle abajo, no podía ver los abastos y bodegas abiertos porque, sentía la necesidad de tomar a la fuerza ya fuese un racimo de cambures o una bolsa de pan para mitigar el hambre, y los dueños de esos establecimientos comerciales, eran conscientes de la situación de Lucas que, sencillamente, lo dejaban tranquilo para no ganarse un insulto o una agresión sin necesidad.

             Así fueron pasando los días, al anochecer, las personas se guardaban en sus casas por el temor de que el loco Lucas hiciera de las suyas y agrediera a alguien que se cruzara en su camino. Trataba a la gente de “mulas” y con cualquier otro improperio que le resultara adecuado para esa persona en particular, era tal el miedo que sentíamos en el pueblo que, mucha gente pensaba en mantenerse encerrada en sus casas por miedo al loco Lucas.

         Resulta que, en una noche donde la oscuridad reinaba sobre nuestro pueblo, el loco Lucas en sus caminatas nocturnas iba cruzando el puente que comunica el pueblo con otro caserío, justamente ese puente quedaba cerca de mi casa, cuando, unos hombres, se bajaron de una camioneta y decidieron seguir a Lucas a través del puente. Sigilosamente fueron detrás de él manteniendo la distancia correspondiente para no alarmarlo y no llamar su atención, cuando, uno de estos sujetos, blandió un bate de béisbol de aluminio y lo sacudió con todas sus fuerzas sobre la cabeza del pobre loco, que lo hizo caer inmediatamente del puente hacia el río, donde irremediablemente, cayó y quedó privado en el acto. Estos hombres, fueron deprisa hasta el puente, bajaron rápidamente hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de Lucas, lo amarraron y lo envolvieron en una bolsa plástica y se lo llevaron con rumbo desconocido, posiblemente para enterrarlo o para quién sabe qué cosa…

         Cada lugar tiene sus personajes particulares, unos más célebres que otros, en este caso, un pobre hombre que no tenía la culpa de padecer una condición mental inestable y que por su delirio, no hacía otra cosa que vagar por las calles sin más premisa que vivir a su manera.