El Vendedor de Huesos

Revisando los tantos relatos tomados de los registros policiales del pequeño pueblo donde crecí, di con una historia bastante interesante para contarles. A continuación el relato en primera persona.

“La vida era tranquila y predecible. Mi padre, Don Manuel, y yo trabajábamos en la funeraria familiar, un negocio que había pasado de generación en generación. Nunca imaginé que mi vida cambiaría tanto hasta el día en que a mi teléfono celular llegó un mensaje de un número desconocido.

Dicho mensaje contenía una propuesta inusual: un comprador anónimo ofrecía una gran suma de dinero a cambio de un esqueleto humano completo. Al principio, mi padre y yo nos mostramos reacios, pero la tentación del dinero fácil era demasiado grande. Decidí aceptar la oferta a sus espaldas, pensando que sería un único negocio, y aunque pensaba retirarme luego de ese primer trabajo, decidí continuar con tan escalofriante labor para obtener un beneficio extra para mi bolsillo.

Por las noches, iba con un vehículo especialmente preparado para llevar los restos desenterrados a un albergue alejado de la ciudad donde meticulosamente, me dedicaba a limpiar cada hueso con especial dedicación para obtener una pieza atractiva a la vista de los potenciales compradores. Manos, pies, columnas vertebrales, y muchos cráneos fueron piezas de intercambio por cheques de hasta seis cifras fruto de mi oscuro y tenebroso emprendimiento. Pronto, más y más ofertas comenzaron a llegar, cada una más lucrativa que la anterior. Me vi envuelto en un oscuro mundo de tráfico de huesos humanos, utilizando mi conocimiento y el acceso 24/7 a los cementerios cercanos para satisfacer la creciente demanda.

Con el tiempo, me convertí en un hombre rico, pero a un alto costo. Cientos de pedidos unos más macabros que otros me dieron una buena posición económica en menos de lo que podía imaginar. Sin embargo, la culpa y el miedo comenzaron a consumir mi alma. Cada noche, los rostros de los muertos me visitaban en mis sueños, recordándome el precio de mi fortuna. Mi padre al enterarse de mi negocio, se distanció de mí, incapaz de soportar la carga moral de mis acciones.

Un día, recibí una oferta que no pude rechazar: un comprador estaba dispuesto a pagar una suma exorbitante por un cadáver muy específico. Debía ser el cuerpo sin vida de una joven que haya fallecido sin sufrir daño alguno. Esperé el tiempo necesario, revisando a diario la lista de la morgue del hospital para tener acceso a algún cadáver que cumpla con los parámetros de mi cliente. El día llegó. Una jovencita de unos 22 o 23 años había muerto de una extraña enfermedad, justo lo que estaba esperando. Sin embargo, este último negocio resultó ser una trampa. La policía, alertada por mis sospechosas actividades, me arrestó en el acto y sin tener la oportunidad de defenderme pasaría el resto de mis días encerrado en prisión.

En la cárcel, tuve mucho tiempo para reflexionar sobre mis decisiones. Me di cuenta de que el dinero no podía comprar la paz ni borrar mis pecados. Pero algo más comenzó a suceder. Las noches en la celda se volvieron insoportables. Los rostros de los muertos ya no solo aparecían en mis sueños; ahora los veía en cada sombra, en cada rincón oscuro de mi celda. En medio del silencio, parecía escuchar las voces de los fallecidos retumbando en mi mente, reclamándome el por qué interrumpí su descanso eterno para enriquecerme a costa de profanar sus cuerpos.

Una noche, desperté con un frío sudor, sintiendo una presencia en la habitación. Al abrir los ojos, vi a un esqueleto completo, de pie al lado de mi cama. Sus huesos crujían de forma aterradora como ramas secas mientras se acercaba lentamente, acompañado del tétrico sonido de cadenas arrastrándose. Intenté gritar, pero ningún sonido salió de mi boca. El esqueleto extendió su mano huesuda y, con una voz que parecía provenir de las profundidades del infierno, susurró: “Ahora, tú serás parte de mi colección”.

Desde ese momento, la celda del sepulturero quedó vacía. Los guardias cuentan que sólo encontraron un montón de huesos sobre el camastro que servía de cama, perfectamente ordenados, como si alguien los hubiera colocado allí con sumo cuidado. La leyenda del traficante de huesos se convirtió en una advertencia para aquellos que se atrevían a jugar con la muerte al comerciar con los restos de seres humanos que han pasado a mejor vida al fallecer.

Huellas en el camino.


Salí presurosa aquella mañana, que comenzaba a despuntar con la tenue luz del alba.

Por la ventana veía el espacio sin movimiento. Ni un solo ruido escuchaba que no fuese la fresca brisa, fría y húmeda del amanecer.

Tomé mi gran bolso cargado con todo aquello que me daría sustento. Mi vida estaba incierta y día a día me alimentaba muy poco. Una sola comida al día, eso me bastaba.

Sin reparar en aquella soledad que me acompañaba, marché por las calles desoladas, buscando la parada del autobús que me llevaría a mi destino. Allí me esperaba la solución a mis múltiples problemas.

Era una buena artesana, con la arcilla moldeaba y plasmaba realidades. Mis pequeñas pinturas, aún frescas, eran mi mayor orgullo por sus brillantes colores y matices que plasmaban mi realidad.

Por fin tomé el vehículo que iba casi sin pasajeros y comencé a remontar el camino, hacia aquel hermoso cerro, que rodeaba la ciudad donde vivía.

Se tornó el camino intrincado con laderas estrechas y bosques de una vegetación que olía a manzanillas y pinos. Era tan grato a mi olfato que me hacía cerrar los ojos y aspirar profundamente para no perder aquel aroma. A través de las ventanillas observaba el verdor del monte. Maizales, árboles con jugosas frutas y un solar lleno de girasoles, aún con flores cerradas, porque los rayos del sol no se asomaban.

Llegué al pueblito donde había mucha gente preparando sus mesas para exhibir sus productos: verduras frescas, frutas exóticas, relicarios, alpargatas, maracas y tambores con gruesos y templados cueros. Tantas cosas agradables encerraba aquel cerro majestuoso y sereno.

Muchos turistas y excursionistas de montaña se interesaban en mi trabajo. Compraban mis cuadros y adornos pintados a mano. Yo me sentía alegre y satisfecha. Ya tenía unos cuantos dólares que me ayudarían a seguir sobreviviendo y pagando mis deudas.

Se acercaba la noche y aquel espacio estaba nublado con densa neblina que se apoderaba de todo y caía a la tierra como si bajara para besarla.

Con algo de aprehensión, tomé mi bolso vacío y caminé velozmente para tomar el transporte que me esperaba para bajar de aquel sitio. La ciudad callada y fría me aguardaba. En el vehículo todo iba en silencio y nadie comentaba sus vivencias de aquel día.

Por fin, llegué al edificio donde vivía, pero había una oscuridad siniestra. No se observaba por allí ningún vecino. Me dio la impresión de que todo el edificio estaba abandonado. Llegué al ascensor, marqué mi piso pero las puertas no se abrían. Decidí ir por las escaleras. Por la penumbra en los pisos, veia unas sogas que se movían. No alcanzaba a divisar lo que era. Lo cierto es que algo se enredó en mi tobillo, y, apretaba mi pierna con mucha fuerza. Sacudí mi pie y vi un sinfín de víboras que me perseguían con sus fauces abiertas.

Perdí el equilibrio y llegué a mi piso. Miré hacia atrás, escuché ruidos extraños y pude ver que eran hombres horribles con mantos negros. Se arrastraban por el suelo. Llegué a mi puerta y esos seres extraños gritaban y me tocaban. Pasé por un corredor interminable cuando, temblando, miré hacia atrás, vi como una espada flotante, me amenazaba…

¡Dios, cuánta angustia! Vi mi vida acabada. Un salto convulsivo, se apoderó de mí… Quería gritar, mas mi voz no salía… No podía emitir ningún sonido. Esbocé una sonrisa.

¡Oh, Dios! Caí de mi cama. Desperté.

La belleza de lo intraducible en español

El español es uno de los idiomas más complejos y ricos del mundo. Sus matices y tonalidades permiten expresar de manera única emociones y situaciones que no encuentran un equivalente literal en otros idiomas. Es por eso que en este artículo nos sumergimos en la belleza de las palabras sin traducción.⁣

Comencemos por «sobremesa», una palabra que se refiere al momento después de una comida en la que las personas permanecen sentadas compartiendo historias, risas y anécdotas, sin apuro alguno. Este término es muy utilizado en España y Latinoamérica, pero no tiene una traducción directa en otros idiomas. ⁣

Otra palabra sin traducción es «estrenar», que se refiere a la sensación de usar por primera vez algo, como un nuevo par de zapatos, un coche o una casa. Esta palabra no solo se refiere al objeto en sí, sino también a la emoción y la ilusión que se genera en el acto de estrenar. ⁣

También podemos mencionar el término «desvelado», que se usa para describir el estado de alguien que se pasó la noche sin dormir. A diferencia de otras palabras que se refieren a la falta de sueño, «desvelado» implica un elemento activo, algo que se hizo durante la noche, como trabajar, estudiar o disfrutar de una fiesta. ⁣

Otra palabra interesante es «consuegro», que define a los padres de una pareja que se casó o está en pareja. Es decir, si tu hijo se casó, tu esposa o tu esposo son los «consuegros» de los padres de tu nuera o yerno. Este término solo existe en español y es utilizado en países de habla hispana. ⁣

Estas son solo algunas de las muchas palabras en español que no tienen traducción literal en otros idiomas. Su belleza radica en la capacidad que tienen para expresar sentimientos y situaciones con gran precisión y detalle, como pocas veces se logra en otros idiomas. La riqueza de la lengua española es una maravilla que debemos valorar y celebrar. ¿Cuál otra incluirías?⁣

5 curiosidades de William Shakespeare

William Shakespeare nació en abril de 1564. Pese a que no se conoce la fecha exacta de su nacimiento, se presume que coincide con la de su muerte, un 23 de abril, ya que los registros indican que fue bautizado el día 26 de abril, que en aquella época se realizaba a los 3 días de vida del recién nacido.

Reconocido por sus obras Romeo y Julieta, Otelo, Hamlet, entre otras magistrales piezas. Sin embargo, este genio poeta y dramaturgo inglés también fue actor.

Hoy compartimos algunas curiosidades sobre su vida. ¿Conoces algún otro detalle interesante para compartir con nosotros? Nos encantaría leerte.

La Laguna del Pájaro

Por Alcy Villalobos

Los olores se despiertan y desnudan las raíces que se transforman en manos.  
Mi tierra es vasta, dura y fuerte. Y aun así se vuelca generosa y cálida.
¡Nazco!, Nazco y mis ojos germinan deslumbrados por los colores,
por las fragancias impregnadas en mi tierra magra y exuberante.
Siento como me invita a la libertad, me invita a respirar sus bondades
maravillosas.
Escalo ascendente hacia afuera e ingenuamente corro, danzo y sueño
mientras mi cuerpo experimenta la libertad profunda.
Maleiwa me acoge en sus brazos de padre y me dejo llevar por la certeza
del tiempo perfecto.
Mas repentinamente sus brazos me sueltan a la realidad inevitable.

*****

El mundo afuera cayó, latiendo todo por dentro;
y no puedo verte tierra, no detallo tus formas geográficas,
no veo el mar de tus ojos celestes.
Solo una mancha en la oscuridad, escucho las voces del hambre...
Las manos empuñadas y el desequilibrio se reflejan en la mirada.
Te escondes a mirar como te van rompiendo y te rompes en cada
pedrada,
¿qué pretenden? ¿cuánto más pueden atropellarnos?
El miedo me persigue sin piedad y los susurros cómplices se vuelven
rencor.
Con las manos en el rostro permito que el asombro se resbale perplejo e
incauto…
Y callo la boca con mis dedos desde mi rincón…
nos dañan los hermanos ciegos por la ira.
Mi imaginación no para, se hace indetenible como mis pensamientos,
Huyo a esconderme en la flor y en ese pedacito de suelo que nos han
dejado.

*****
Amanece en la laguna del pájaro y me defiende un brazo, una voz de alto 
nombre
Ja'yaliyuu.
Nació sin ataduras en la garganta y mirando el cielo con libertad ante la
penumbra,
otra vez Maleiwa nos sonríe en el paraíso.
Caminó y luchó sin sentirse quebrado de motivos,
todo terminó y despertamos sintiendo que nada nos lastimará.
Se ensordeció ante la mentira infame de la discriminación;
Fe y corazón suficiente le bastaron para escalar al conocimiento,
Su sombrero limpio de pensamientos nos liberó de limitaciones y
Corrimos a su orilla mágica de libertad.
¡Mi corazón se prende de su espíritu y el llanto desaparece…!
Ahora solo queremos libertad, queremos la verdad dibujando nuestra
geografía magnánima.
Me levanto limpia a vivir como en un principio,
Saber sobre mi huella en el tiempo,
en un espacio detenido en tiempo.
Todo cambiaste Nemesio,
las voces se fueron calladas con tu verdad;
los gritos no volvieron,
el aire se despejó con la claridad de tus palabras.

En memoria de Nemesio Montiel

Bitácora de un Promotor de Lectura. Capítulo uno.

Por: Esteban Arenas

Todos mis trabajos tienen algo común, algo así como un hábito compartido: tienen la manía de adentrarme en un nicho de vacío y duda. Todos los oficios que he desempeñado han sido exageradamente holgados, se asemejan a un animal gordo que se tiende inmóvil sobre las horas del día. Como consecuencia, me veo dueño de un espantoso tiempo libre en medio de mis jornadas, lagunas de quietud, frío, soledad y aburrimiento.
Me he valido de distintos medios para llenar los espacios en blanco, para sembrar flores en el suelo árido de mi angustia. Cualquier acontecimiento es bien acogido por mí, toda acción que rasgue los minutos y los colme de vida y novedad. En estos momentos, la gran pared de vidrio al lado izquierdo de la sala despide unas luces enrarecidas, los rayos del sol parecen dar palmaditas al cristal y luego la luz atraviesa la pared traslúcida convertida en bolitas resplandecientes; por supuesto, no me interesa mucho la luz, ni cómo se vierte el día dentro de la sala como una filtración de esas que humedecen los techos y de a poco los van desgastando. Si no estuviera tan aburrido y solo, no me viera en la necesidad de andar viendo la luz que embiste la ventana, ¿o pared? Supongo que cuando una pared es enorme y transparente, da lo mismo en realidad llamarla ventana o pared, creo que hasta puerta es también la muy creída, todo lo quiere hacer y lo peor es que todo lo puede; en fin, volviendo a la luz, considero que ver la resolana a eso de las tres de la tarde luego de un hastío interminable es algo triste, pero, ver una cosa es algo inevitable para luego escribirla, me aburre ver, de verdad, pero qué más da, la veo y luego escribo algo bonito sobre ella, lo hago porque cuando convierto la luz del sol en palabras encuentro ésta de lo más adorable, creo que todo lo que uno ve no es más es un pretexto para tener de que hablar, ¿qué sentido tiene cualquier objeto sino el de despertar comentarios bonitos, bien dichos? Si pudiera vivir en palabras, pues, al demonio los sentidos, qué bello. Tanta miradera inútil, tanta escuchadera, tocadera, ay no, me quedo con mi cháchara.

Cuando leo lo que escribo sobre la luz, no niego que ahí sí me dan ganas de comerme a besitos los rayos de sol y hasta mirarlos de la forma más linda, porque ya ahí por escrito es otra cosa, todo se muestra bien: claro, conciso, hasta coqueto y disfrutable. Con el paso de las horas la luz se vuelve insoportable, yo debo permanecer en el mostrador y cada vez se me arrima más la resolana concentrada del cristal, ¿verdad que es invasiva? No la aguanto, nada más la tolero porque me dio algo que escribir, porque si ni siquiera eso, estaríamos mal ella y yo. No me traje los lentes de sol, me imagino que andar con los anteojos oscuros puestos dentro de mi zona de trabajo y en un sitio cerrado debe parecer ridículo a quien me observe, o tal vez inquietante. Los lentes negros dan un aire de hostilidad y rudeza hasta al más dulce de los seres.

La sala permanece en silencio, bueno, no tanto, el acondicionador de aire hace un ruido considerable, parece un rugido bestial monótono, a tal punto de asemejarse a un manso gemido. Es un privilegio enorme contar con acondicionador de aire en el trabajo, es decir, creo que aquí es el único sitio en donde puedo lucir mi chaqueta, amo estar enchaquetado, lamentablemente, el calor de la ciudad no da tregua y uno sale a la calle vestido de forma simple. No es que yo tenga un gran gusto para la ropa o que la sepa combinar o que pueda determinar qué me queda mejor o cuál vestimenta hace destacar mis atributos; sencillamente, hablo de la chaqueta. Tengo un esquema muy sencillo para la etiqueta y así diferenciar un atuendo normal de uno extraordinario o fino, y todo radica en usar o no, la chaqueta. A mí la chaqueta me hace sentir muy apuesto y si hay algo que me gusta de estar aquí es poder lucirla. En el trabajo a uno lo mantienen como en conserva, refrigerado, aquí no sudo, de hecho, hace tanto frío que mi piel se tiñe de morado, a veces el frío es inclemente, porque el aire acondicionado lo encienden a eso de las ocho y la intensidad del frío aumenta gradualmente conforme avanzan las horas, ya en el segundo trecho de la jornada yo me estoy abrazando todo el tiempo, dándome calor, es ligeramente horrible, pero, no sudo, así que, no está tan mal, porque detesto sudar. En la sala uno se siente herméticamente sellado al vacío, antiséptico, carente de fluidos corporales, seco, sin olor ni calidez, eso es algo que se agradece. Vale la pena soportar esa suerte de invierno de embrujo de cuento de hadas, porque me siento como un muñequito, solo que sin brillo de plástico ni transparencia de hielo.

Leer es un recurso eficaz, puedo pasar un buen rato leyendo bien sea un libro que traiga de mi casa o uno del trabajo, que por cierto, hay muchos libros aquí. Representa una verdadera dificultad elegir cuál libro tomar y tratar de adivinar si el mismo es apto para mí en este momento o si yo estoy apto para él. Sin embargo, he notado que tiendo a leer más textos informativos o científicos que de ficción mientras estoy en mi turno laboral, en esos momentos no soy muy dado a leer historias, necesito mayor intimidad para las historias, como por ejemplo, estar echado en cama envuelto entre sábanas leyendo un cuento o novela con el libro muy mal sujetado, nada hace constar más el gozo que proporciona una lectura que lo enrevesada de las posturas del lector y las maromas que hace el libro en nuestras manos trémulas. He alcanzado sesiones de lectura bastante fructíferas en el trabajo, y cuando digo que son provechosas, no hago hincapié en el hecho de que el material leído deje algo profundo en mí, sino que cumple con los objetivos más prácticos: distraer la mente y agilizar el transcurso del tiempo, olvidar la nada imperante y el aburrimiento que mana de ella. Pero hay algo preocupante, no puedo pasarme todas las horas de mi jornada laboral absorto en la lectura; a mí que me encanta leer reconozco que me harto de tanta palabra escrita pasado algún tiempo; no importa si la lectura es muy grata, uno se satura, igual que cuando se come rico, pero demasiado. El resto del tiempo me encargo de buscar otras distracciones, mi compañera de trabajo es una de ellas, recuerdo que me pareció divertida el primer día, pero ya al tercer día de nuestro trato, me siento un poco cansado de ella; pasamos todo el día sentados juntos tras el mostrador, conversamos bastante, eso sí. Yo muestro un vivo interés en todas sus cosas, pero es por cortesía. Ella asume con entusiasmo las labores inútiles que nos asignan para justificar nuestra estadía en la sala. Yo quisiera algo de esa motivación, por ejemplo, si nos mandan a recortar letras de cartulina para una cartelera, ella realiza la tarea con total entrega, yo en cambio siento mucho sueño luego de los primeros cortes, además, la tijera como que me aprieta duro los tendones de la mano, creo que al espacio entre los dedos se le llama tendón, no estoy seguro. Otra tarea tediosa es buscar información acerca de las festividades y fechas conmemorativas del mes. Las llamadas efemérides, no volveré a utilizar la palabra “efemérides” porque me da un tedio terrible solo pensar en ella. Al parecer, cada día se celebra algo, de verdad no dan abasto 365 días al año, debería haber más días para cubrir todas las fechas importantes.

Las tareas no cubren todo el tiempo, y si hay algo realmente perjudicial en un ambiente laboral, es que tu compañero de trabajo esté a cargo de la computadora principal del escritorio y que ésta tenga acceso a la red, mi compañera se pone a ver telenovelas por internet. No voy a decir que nunca he disfrutado de una telenovela porque sería una mentira muy descarada. He visto telenovelas, me han gustado unas cuantas, me gustan las venezolanas viejas, y si hablamos de novelas actuales prefiero las colombianas. Sí, lo confieso, he visto novelas hasta de cantantes de vallenato y me han entretenido, pero las novelitas que ve mi compañera son muy fastidiosas, por el amor de… Solo espero que transcurran los minutos finales de nuestra jornada para dar por terminada esta tortura, he llegado a dormitar tanto sobre el escritorio que no logro dormir más, estoy muy despierto, mis sentidos perciben el aburrimiento en todo su esplendor, finalmente, llega la hora de la salida, nos toca retirarnos de la sala, cerrar la gran puerta transparente que es ventana y es pared y cuya cerradura me cuesta trabajo maniobrar, cada día me cuesta trabajo recordar hacia qué lado se cierra la puerta, el proceso puede demorar varios minutos; después de cerrar la sala, uno pasa a la oficina principal a recoger las cosas que se dejan ahí al comienzo de la jornada y luego uno puede retirarse del lugar. Una vez afuera, el hechizo del frío se desvanece y el sol me taladra la cabeza, espero el transporte público para ir a casa, normalmente el autobús está repleto de gente y música a todo volumen. Debo añadir que si considero que la canción es bonita, no me molesta el bullicio en el autobús, en éstos se coloca mucho vallenato y si el vallenato es del tipo romántico y no del tipo socarrón y parrandero, lo disfruto, porque ese es mi ladito cursi, hasta llego a mover la cabecita en el asiento al compás de la canción, hago esto hasta que el calor me adormece y mi cabeza queda bamboleando en el asiento de adelante entre incontables sacudidas en el camino a casa…

COMUNICADO OFICIAL

Estimados escritores y artistas:

Con nuestro saludo más cordial les reiteramos la alegría que nos da compartir en este medio con talentos como el de ustedes.

Agradecemos la confianza con la que nos envían sus obras para que nuestro equipo emita una crítica sincera y objetiva, sin ánimos de perjudicarles de ninguna manera. Por el contrario, nos agrada verlos crecer y sentimos orgullo cuando sus trabajos son reconocidos ante el público. Nuestro objetivo es contribuir de alguna manera a que más personas les conozcan.

Pensando en ustedes y en llevar a cabo una labor ética, nuestras críticas las hacemos de manera totalmente GRATUITA. No les pedimos pagos ni colaboraciones monetarias, a menos que se trate de promoción directa hacia la adquisición comercial de las mismas. Además, estas no son publicadas sin la autorización del autor, salvo aquellos casos de libros, películas, canciones, pinturas, etc. ampliamente distribuidos en los medios que nos permiten libertad de opinión, manteniendo en todo momento el respeto hacia la propiedad intelectual.

Partiendo del respeto que les brindamos, esperamos lo mismo de ustedes. En caso de que nuestra opinión no sea de su agrado, primero, esta no será publicada sin que ustedes nos autoricen, y segundo, no toleraremos tratos groseros que menosprecien nuestra labor desinteresada.

Con cariño, les recordamos las sabias palabras de Winston Churchill: «Las críticas no serán agradables, pero son necesarias.»

Equipo #CAVEL

Cavernas

Ella suspira. Su mano sostiene su pesada cabeza, llena de pensamientos inútiles, justo como el que ahora destruye su precaria calma.

Para ella, el mundo es cada vez más pequeño. Todo es cercano, pero las personas viven a miles de opiniones de distancia. Todos clonados, todos iguales, pero aún quedan los seres libres que mantienen sus motivaciones vivas.

Los demás son solo nuevos cavernarios. Envueltos en colores van, indefinidos, iracundos, odiando a todo aquel que piense fuera del molde. Desde sus cuevas oscuras son expertos en condenar.

En aquella era en la que ella vive, los falsos profetas gritan en los templos sus verdades, que no son más que mentiras aceptadas por la prole, y eso las convierte en realidades paralelas al coherente modo de proceder.

La música, las frutas, los seres de este mundo y del siguiente deben ser escogidos por las masas. Si ella abre la boca para negarse a tragar la comida regurgitada, desprenderán sus miembros y los tirarán al fuego.

Porque son ellos, los seres de las cavernas de concreto, los que deciden el destino de la raza, sin contar con que ellos mismos son esclavos de sus absurdas creencias y de sus mohosos criterios.

Mientras tanto… Ella piensa y guarda sus palabras en el silencio de sus letras de plata.

21-07-21

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EL LOCO DEL PUEBLO

POR J. G. RIVAS

         Vivíamos en un pueblecito de los Andes, apartado de cualquier ciudad o carretera nacional, donde el frío era el pan nuestro de cada día, donde en raras ocasiones se veía alguna novedad o cosa interesante que llamara la atención de la gente, un pueblo donde la paz, el silencio y la calma reinan bajo el susurro de la brisa y las caricias de los rayos del sol, hasta que, una mañana del mes de Noviembre, en los alrededores de nuestra casa, un grito alarmó a los vecinos y a los que estaban cerca del lugar. 

         Era Lucas, un hombre que se dedicaba a vender perritos en los diferentes lugares de interés turístico del pueblo, que en anteriores ocasiones había experimentado delirios y cierta locura debido a los excesos del vicio y la escasez de alimentos, todo esto debido al abandono y la falta de apoyo por parte de sus familiares, quienes lo hacían a un lado y sufría constantes vejaciones e insultos en su casa. Volviendo al tema de esa mañana, ese grito fue seguido de carcajadas, silbidos y disparates, al ver a este pobre hombre en su delirio, las mujeres y los niños se refugiaban en sus hogares mientras que los hombres hacían un esfuerzo por ignorar al loco o simplemente, le seguían la corriente más para divertirse que con cualquier otro propósito.

        Al transcurrir del tiempo, se le veía constantemente caminando de arriba hacia abajo, una y otra vez, a través de la carretera, sin importar la hora y el clima, exhibiendo sus ropas sucias, malolientes y desaliñadas, un par de zapatos igualmente desgastados por sus caminatas de un pueblo a otro, su mirada perdida en el horizonte y en su rostro, barba y bigote de baba marrón por el excesivo consumo del chimó. Sumergido en su paranoia esquizofrénica, se lanzaba hacia los vehículos que circulaban y hacia los transeúntes que se cruzaban en su camino. Ya en el pueblo, durante las largas horas de racionamiento eléctrico, se dedicaba a tocar las puertas de las casas, no de la manera en que se hace para entrar a un lugar para visitar a la gente, sino que tocaba la puerta con tal fuerza y tal estruendo, que todos se asustaban, no sólo el susto era para las personas de esa casa, sino que también los vecinos y las personas que pasaban por allí a esa hora.

          Recuerdo que una noche, llegó a tocar la puerta de nuestra casa, eran más o menos las 9 o 10 de la noche (no sabría decir qué hora era exactamente, en ese momento no tenía a la mano un reloj ni mi teléfono celular para ver la hora), se puso a cantar como un gallo, soltó varias carcajadas al aire y se fue, continuando el mismo ritual en las casas de nuestros vecinos.

           No era para menos el temor que sentía la gente hacia el loco Lucas, que por su estatura y su contextura física, intimidaba al más valiente. De por sí, en sus cabales era un hombre que inspiraba miedo, ahora ya se podrán imaginar lo que podría ocurrir con su mente turbada y fuera de razón. Muchos fueron los intentos por hacer calmar al loco Lucas, pero todos fueron en vano. En una ocasión, algunos hombres intentaron enlazarlo y amarrarlo como lo harían con el ganado vacuno o como cualquier otro animal, pero, era tanta la fuerza del hombre que no podían sostenerlo entre 8 personas.

           Sus familiares me dijeron que hicieron lo humanamente posible para contenerlo; internarlo en un hospital psiquiátrico donde obviamente tendría todos los cuidados necesarios para alguien con su condición, sedarlo, encerrarlo…. En fin, él, a pesar de su locura, encontraba la mejor manera de escabullirse y seguir con sus andanzas. Él no era de esas personas que gustaran de beber, pero su vicio era mucho más adictivo y accesible a su ya empobrecido bolsillo: el chimó. Pasaba todo el día, calle arriba y calle abajo, no podía ver los abastos y bodegas abiertos porque, sentía la necesidad de tomar a la fuerza ya fuese un racimo de cambures o una bolsa de pan para mitigar el hambre, y los dueños de esos establecimientos comerciales, eran conscientes de la situación de Lucas que, sencillamente, lo dejaban tranquilo para no ganarse un insulto o una agresión sin necesidad.

             Así fueron pasando los días, al anochecer, las personas se guardaban en sus casas por el temor de que el loco Lucas hiciera de las suyas y agrediera a alguien que se cruzara en su camino. Trataba a la gente de “mulas” y con cualquier otro improperio que le resultara adecuado para esa persona en particular, era tal el miedo que sentíamos en el pueblo que, mucha gente pensaba en mantenerse encerrada en sus casas por miedo al loco Lucas.

         Resulta que, en una noche donde la oscuridad reinaba sobre nuestro pueblo, el loco Lucas en sus caminatas nocturnas iba cruzando el puente que comunica el pueblo con otro caserío, justamente ese puente quedaba cerca de mi casa, cuando, unos hombres, se bajaron de una camioneta y decidieron seguir a Lucas a través del puente. Sigilosamente fueron detrás de él manteniendo la distancia correspondiente para no alarmarlo y no llamar su atención, cuando, uno de estos sujetos, blandió un bate de béisbol de aluminio y lo sacudió con todas sus fuerzas sobre la cabeza del pobre loco, que lo hizo caer inmediatamente del puente hacia el río, donde irremediablemente, cayó y quedó privado en el acto. Estos hombres, fueron deprisa hasta el puente, bajaron rápidamente hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de Lucas, lo amarraron y lo envolvieron en una bolsa plástica y se lo llevaron con rumbo desconocido, posiblemente para enterrarlo o para quién sabe qué cosa…

         Cada lugar tiene sus personajes particulares, unos más célebres que otros, en este caso, un pobre hombre que no tenía la culpa de padecer una condición mental inestable y que por su delirio, no hacía otra cosa que vagar por las calles sin más premisa que vivir a su manera.