EN LOS BRAZOS DEL VIENTO

Imagen: Pexels
En los brazos del viento
Me alzo en vuelo
No pienso, no vivo
Me dejo llevar

En los brazos del viento
Soy un ser nuevo
No lloro, no río
Me dejo elevar


En los brazos del viento
Absorta contemplo
El mundo pequeño
El espacio y más allá

En los brazos del viento
No pierdo la dicha
Me entrego a ella
Me dejo arrullar


En los brazos del viento
Se consumen mis fuegos
Se calientan mis hielos
Soy tibio, ¡Soy normal!


En los brazos del viento
A ti te contemplo
Me doy a tu gracia
Sin analizar


Todo lo puedo
Todo lo logro
Cuando me dejo llevar
En los brazos del viento

CORAZÓN DISLOCADO

Por Nicole Brouged

Obra: «La Risa, el Miedo y la Ansiedad», por Antonio Mendoza
Late, late, late corazón
Corazón dislocado y lleno de dudas
Dudas pasajeras, dudas intensas que se mezclan en un solo ser
Ser que quiere ser y no puede
No puede porque tiene miedo
Miedo de ser, porque cuando no es, llega al infinito cielo y toca las estrellas con la falsa sonrisa de felicidad.

¿Logra siendo o sin ser?
Sin ser, como el payaso de las siete máscaras que una vez conoció en su pasado doloroso, lleno de escombros.

Escombros de una vida no aceptada, de espinas no sacadas, de desidia, miedo y abandono.

¿Abandono de qué, si los supuestos verdugos siempre estuvieron a su lado?

A su lado, en forma de tristeza, en forma de humanos que perseguían un fin inesperado, una masa de humanos llena de colores y dolores.

Dolores, millones de ellos. Y ahí sigue ella, entre río y mar, dulce y salado.
Viviendo, solo viviendo entre sus letras infames, algunas creadas, otras confesadas.

Confesadas con gran angustia en el alma,
Alma noble que dejó de ser y paga cada día llevando la pesada cruz a cuestas, con las astillas clavándose en la piel.

La piel herida, el cuerpo empobrecido y la mente llena de terrones de azúcar y hormigas violentas que comen y esconden el dulce en los rincones de un cerebro que es, de una mente que deja de ser.

Late, late, late, corazón dislocado...

EL ÁRBOL CAÍDO

POR NICOLE BROUGED

¡Qué noche! Llovió demasiado. Hubo centellas cayendo en el techo de mi casa (por suerte es de dos plantas y no pasó a mayores). Los malditos truenos no paraban con su trum-srh-pass… ¡Qué cristiano duerme así! Ni yo, hombre recio de campo, puede soportar tanto ruido del estado crepuscular.*

Dormí y algunas goteras seguían filtrando el agua. Total, amanecí con la cama hecha un charco.

Al levantarme, con mi pocillo de café en mano, vi que estaba todo nublado. A lo lejos, el arcoiris más chiquito que había visto –¡Gua! Parece presagio–. Un árbol completo se arrancó. Sabrá él mismo si fue un rayo o el viento.

Bueno, bueno, toca beber cafecito rápido para empezar a acomodarlo todo. Cuando uno está solo ¡gua! el trabajo se multiplica….

Lo que no sé es cómo mover el árbol ese. Es grande, pesado y muy astilloso. Donde está tampoco puedo picarlo porque el terreno es irregular. ¡Gua! Y este árbol feo, lleno de termitas, ni siquiera me servirá como leña. ¡Maldita lluvia!

Quienes dicen que después de la tormenta llega la calma es porque, de seguro, no han tenido que lidiar con un árbol inmenso caído, muestras el cielo arcoiris, en vez de calmar los ánimos, parece una mueca triste allá arriba…

09 de abril de 2021

* Ver término en el DRAE