
Ella suspira. Su mano sostiene su pesada cabeza, llena de pensamientos inútiles, justo como el que ahora destruye su precaria calma.
Para ella, el mundo es cada vez más pequeño. Todo es cercano, pero las personas viven a miles de opiniones de distancia. Todos clonados, todos iguales, pero aún quedan los seres libres que mantienen sus motivaciones vivas.
Los demás son solo nuevos cavernarios. Envueltos en colores van, indefinidos, iracundos, odiando a todo aquel que piense fuera del molde. Desde sus cuevas oscuras son expertos en condenar.
En aquella era en la que ella vive, los falsos profetas gritan en los templos sus verdades, que no son más que mentiras aceptadas por la prole, y eso las convierte en realidades paralelas al coherente modo de proceder.
La música, las frutas, los seres de este mundo y del siguiente deben ser escogidos por las masas. Si ella abre la boca para negarse a tragar la comida regurgitada, desprenderán sus miembros y los tirarán al fuego.
Porque son ellos, los seres de las cavernas de concreto, los que deciden el destino de la raza, sin contar con que ellos mismos son esclavos de sus absurdas creencias y de sus mohosos criterios.
Mientras tanto… Ella piensa y guarda sus palabras en el silencio de sus letras de plata.
21-07-21
