El Misterio del Campanario

Autor: J.G. Rivas

En un pequeño y remoto pueblo, se alzaba una iglesia antigua con un campanario que parecía tocar el cielo. En él vivía Don Julián, el sacristán, un hombre solitario y enigmático que tenía la tarea de tocar las campanas para llamar a los fieles a misa. Era conocido por su puntualidad y su devoción, pero también por su mirada sombría y su comportamiento reservado.

Un 29 de febrero, algo macabro sucedió. Don Julián fue encontrado muerto en el campanario, su cuerpo colgando de una cuerda, con una expresión de terror en su rostro. No había ninguna explicación aparente para su muerte, y el pueblo quedó sumido en el miedo y la incertidumbre. Desde entonces, el campanario quedó en silencio, y la iglesia perdió a su misterioso sacristán.

Pero la historia no terminó ahí. Cada 29 de febrero, a medianoche, los habitantes del pueblo comenzaron a escuchar un redoble de campanas que provenía de la iglesia. Era un sonido lúgubre y escalofriante, que resonaba en la noche y llenaba el aire de una sensación de inquietud y desespero. Nadie sabía quién tocaba las campanas, pero todos sentían que era el espíritu atormentado de Don Julián, penando en el campanario y recordándoles su trágico destino.

Con el paso del tiempo, algunos valientes decidieron investigar el origen del siniestro redoble. Una noche, un grupo de jóvenes se armó de valor y subió al campanario justo antes de la medianoche. Esperaron en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, y cuando el reloj marcó las doce, vieron cómo las campanas comenzaban a moverse solas, como si una mano invisible las estuviera tocando. Los jóvenes, aterrorizados, intentaron huir, pero algo oscuro y maligno los atrapó.

A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una visión horrenda: los cuerpos de los jóvenes colgaban del campanario, igual que Don Julián, con expresiones de terror grabadas en sus rostros. El horror se apoderó del pueblo y la iglesia se convirtió en un lugar maldito. Nadie se atrevía a acercarse, y el redoble de campanas cada 4 años se convirtió en un recordatorio de la maldición que pesaba sobre el lugar.

La noticia se extendió rápidamente. Personas de pueblos cercanos venían a escuchar el redoble de las campanas y a experimentar el terror que emanaba del lugar. La iglesia, que había perdido a su sacristán, ahora se llenaba de visitantes que venían a presenciar el fenómeno. El misterio de Don Julián atrajo a curiosos y temerosos por igual, y el pequeño pueblo se convirtió en un lugar de leyenda oscura.

A pesar del miedo inicial, los habitantes comenzaron a ver el redoble de campanas como una maldición. Sentían que Don Julián seguía vigilándolos, su espíritu atrapado en un ciclo eterno de tormento. Cada 29 de febrero, a medianoche, el sonido de las campanas resonaba como un recordatorio de la tragedia y el horror que rodeaba la muerte del sacristán. Y así, la leyenda de Don Julián y su campanario vivió para siempre en los corazones de aquellos que escucharon su historia, una historia que se contaba de generación en generación, manteniendo viva la memoria de Don Julián y su perturbador redoble de campanas.

Muchos intentaron derrumbar la iglesia para acabar con la maldición, pero todos los esfuerzos fueron en vano. De manera inexplicable, el campanario volvía a su estado original, sin faltar una sola piedra en su construcción, como si una fuerza sobrenatural protegiera el lugar y mantuviera viva la maldición para siempre. De esta manera, los pobladores fueron abandonando ese sombrío lugar y dejando atrás el campanario y su maldición, donde cada año bisiesto se escucha el tañido de las campanas rompiendo el silencio apacible de lo que fue un pueblo alegre y acogedor.

La sombra del miedo

Relato de Andrés Álvarez Petersen

Era una noche oscura y tormentosa. Un hombre caminaba por las calles vacías de la ciudad, envuelto en un abrigo negro. Su rostro estaba pálido y sudoroso, y sus ojos reflejaban el terror que sentía en su interior.

Había escapado de su casa, donde había presenciado una escena horrible. Su esposa e hijos habían sido asesinados por unos intrusos armados que habían entrado a robar y a sembrar el caos. El hombre había logrado esconderse en el sótano, pero no pudo hacer nada para salvar a su familia.

Ahora, vagaba sin rumbo, buscando un lugar seguro donde refugiarse. Pero sabía que no lo encontraría. El mundo entero era un lugar hostil y peligroso donde reinaba el miedo. El miedo a la violencia, a la enfermedad, a la pobreza, a la soledad, a la muerte.

El hombre recordó su vida pasada, cuando era feliz y tenía esperanzas. Había estudiado, trabajado, amado, soñado. Pero todo se había ido al traste. La crisis económica, la guerra, la corrupción, la injusticia. Todo había contribuido a crear un clima de terror que se había apoderado de las mentes y los corazones de las personas.

El hombre se detuvo frente a una iglesia. Pensó en entrar y rezar, pero se lo impidió el recuerdo de los escándalos que habían salpicado a la institución religiosa. Abusos, encubrimientos, hipocresía. ¿Dónde estaba Dios en medio de tanto horror?

El hombre siguió caminando, sin rumbo ni destino. Se cruzó con algunos mendigos, que le pidieron limosna con voz temblorosa. El hombre les ignoró. No tenía nada que darles. Ni dinero, ni comida, ni consuelo.

De repente, oyó unos pasos detrás de él. Se giró y vio a cuatro hombres encapuchados que le apuntaban con pistolas. El hombre sintió un escalofrío. Sabía que iban a matarle.

— ¿Quiénes son ustedes? ¿Qué quieren? — preguntó el hombre con voz débil.

— Somos los hijos del miedo —respondió uno de los hombres —. Y queremos tu vida.

— ¿Por qué? ¿Qué les he hecho? — suplicó el hombre.

— Nada — dijo otro de los hombres —. Solo queremos divertirnos.

Los cuatro hombres rieron con malicia y dispararon al hombre. El hombre cayó al suelo, bañado en sangre. Su último pensamiento fue: «El miedo es el peor de los males».

La mansión del laberinto

Don Javier era un viejo millonario italiano que, aunque vivía con sus hijas, seis, para ser más específico, Luna Llena, Luna Nueva, Luna Clara, Luna Gris, Luna Blanca y Luna Negra, tenía una vida muy solitaria. Vivía rodeado de los más excéntricos lujos y con mucha pomposidad, pero siempre sentía que algo le faltaba. Tenía un hermano, Marco, que nunca iba a visitarlo, y eso lo hacía sentir muy mal. En su enorme mansión vivía, como ya lo dije, con sus seis hijas, y muchos de sus empleados que también habitaban esa enorme mansión; jardineros, amas de llaves, cocineros, etcétera, se habían convertido en parte de la familia de Don Javier. Esta mansión tenía la particularidad de que podías entrar fácilmente, pero, era prácticamente imposible salir de allí. Solo Don Javier conocía la forma exacta para abandonar su propia casa, solo él y nadie más.

Habíamos ido de visita para realizar un reportaje acerca de la historia de la mansión de Don Javier, mi compañera y yo, y nos quedamos maravillados y atónitos ante semejante construcción: enormes jardines llenos de caminos de piedra, fuentes de agua y pequeños lagos poblados de patos y otros animales, un gran muro de arbustos muy bien podados nos rodeaban además de un gran arco de mármol que nos daba la bienvenida a la casa principal. Lucía imponente, como un gigantesco castillo medieval, al cual se podía entrar a través de unas escaleras anchas y bajas, allí nos esperaba doña Eva, que era la ama de llaves principal de esa enorme casa. Salieron a nuestro encuentro las seis Lunas, el pequeño José Ruth, hijo de Luna Clara, el mayordomo, el portero que se llamaba Pedro, y todos los que en ese momento estaban allí, pero sin rastro de Don Javier.

Como era de imaginar y de esperar, dimos un recorrido guiado por la enorme casa, vimos las habitaciones, los salones, el gigantesco comedor y su respectiva cocina, anchos pasillos nos conducían a diferentes estancias, en fin, un largo recorrido por la mansión. Fue tanto lo que tuvimos que caminar que me quité los zapatos para poder realizar la visita sin inconvenientes. Habíamos hablado con doña Eva, quien nos dio todos los detalles acerca del trabajo que se realizaba a diario por todos los empleados, además de que las seis Lunas también nos dieron una gran cantidad de anécdotas familiares, pero llegó a colación un comentario sobre la mayor particularidad de la mansión; Luna Clara, con voz de misterio, nos dijo: -«Todo el mundo sabe cómo entrar aquí, mas nadie conoce la forma de abandonar nuestra casa, mi padre es muy celoso con su secreto, tanto que no lo confió a ninguna de nosotras, sus hijas, ni a doña Eva, ni a nadie más.»

Esas palabras nos estremecieron y nos llenaron de cierto temor de quedar atrapados allí, en un lugar que parecía haber quedado congelado en el tiempo y que cada vez parecía hacerse más y más grande. Luego de haber realizado nuestro reporte, nos invitaron a un abundante y opíparo almuerzo junto a toda la familia y los empleados de mayor confianza de Don Javier, pero, como ya saben, el dueño de la mansión no se hizo presente. Comimos los más variados platillos y postres que solo una familia grande y pudiente podría darse el lujo de probar a diario. Luna Clara y sus hermanas nos dieron un segundo recorrido, en esta oportunidad a través de un sinuoso jardín lleno de arcos y caminos hechos de ladrillos, seguidamente, ese jardín culminaba en una gran fuente bajo techo con piscinas circulares y poco profundas, a las cuales se podía acceder a través de otro camino de ladrillos de forma zigzagueante, como una larga y colorada serpiente. Grandes lámparas colgaban del techo del recinto además de la luz del sol que entraba a la sala a través de grandes ventanales vestidos de ricos vitrales cargados de muchas formas y colores. Luego de esa segunda vuelta a los alrededores de la mansión, recibimos un recado por parte de doña Eva; al fin, luego de una larga espera, Don Javier nos recibiría.

Fuimos de inmediato a la gran casa del millonario anciano, que se encontraba en su habitación solo, envuelto en sus sábanas en un rincón, sentado en una silla y con cara de profunda tristeza y preocupación. Murmurando, nos pidió que nos acercáramos a su lado, y nos dijo en voz baja: «Aunque tengo todo lo que un hombre busca, quiere y necesita a lo largo de su vida, una hermosa familia, una casa enorme, una gran cantidad de lujos y comodidades, he sentido que falta algo para que mi felicidad sea completa, aunque mi hermano no haya venido por acá en muchos años, espero que esté bien y que por lo menos se acuerde de mí, eso me basta para poder estar en paz conmigo mismo…» Al escuchar a Don Javier hablando de esa forma, mi compañera, de manera no muy oportuna, interrumpió al anciano y ella quiso saber la forma de salir de la casa, a lo cual, Don Javier le respondió: «No hay manera de salir de un lugar al cual nunca se ha podido entrar. Si aún queda algo pendiente, algo por lo cual tu misión aún no está completa, tal vez no sea el momento adecuado para quedarse aquí, pero no soy el más indicado para mostrarles la salida de la mansión; salgan, salgan de aquí, mi tiempo con ustedes se ha terminado…»

Al salir, solo recuerdo que atravesamos un largo y estrecho pasillo, iluminado por una luz blanca que nos conducía a un laberinto rodeado de paredes blancas, no había nadie más aparte de mi colega, cuando, al llegar al laberinto, apareció frente a nosotros el nieto de Don Javier, el hijo de Luna Clara, José Ruth, vestido completamente de blanco y con un pequeño conejo, blanco también, en sus manos, al momento de vernos, salió corriendo a través del laberinto y decidimos seguirlo. A través del sinuoso y blanco pasillo fuimos corriendo detrás del pequeño niño y su conejito, y, al llegar a la salida, una fuerte luz blanca nos iluminó, seguidamente una voz nos dijo exactamente lo que Don Javier nos contó en su habitación: «No hay manera de salir de un lugar al cual no se ha podido entrar…»

Todo tenía sentido para mí. Mi compañera y yo despertamos en la sala de emergencia del hospital, habíamos tenido un accidente automovilístico; cuando desperté de la muerte, recordé claramente lo que Don Javier nos dijo: «Si aún queda algo pendiente por hacer, algo por lo cual tu misión no está completa, tal vez no sea el momento adecuado para quedarse AQUÍ…»

Habíamos muerto y visitado la mansión celestial, creo que incluso hablamos directamente con Dios, comprendí que nuestra misión aún no está completa en este mundo. Por eso, el secreto para volver al plano terrenal no lo conoce nadie, ni siquiera nosotros que vimos cómo se podía volver del más allá.

EL LOCO DEL ROSTRO

Imagen: Pinterest

Hoy, como otros días, voy caminando por las calles de esta gran ciudad en un día más que lluvioso, como si el cielo eterno cayera a fuertes trombones, mojando mi alma.

Y mi rostro, el cuál por un momento está ya desencajado por toda el agua que tiene en encima, ya no me deja respirar así es que me paro por tan solo un instante y me quito esta pesada máscara que lleva mi alma; este rostro que parece más que muerto y de repente con un vendaval fue arrancada de mis manos por un viento helado como la misma muerte cayendo por el piso llevándosela, la corriente perdiéndose entre la gente que deambula en las calles de está extraña cuidad y yo pasmado sin reaccionar y pasando, volteo y me miro en una tétrica venta que para mi imaginación era horrible y solo grito de inmenso terror el cómo me veo sin ese rostro, pareciendo un verdadero monstruo y empiezo a gritar vociferando, maldiciendo, corriendo como un verdadero loco de un lado a otro y solo la gente me mira. Unos me miran y se espantan, otros se ríen y se burlan y ya de tanto gritar. Denme mi rostro que me muero, que no respiro que no vivo ni sonrío que solo soy un hombre más que vacío. Me tiro al frío piso llorando como un niño, viendo la gente pasar y reír otros tantos llorar por mi triste soledad, miro solo la lluvia caer y respiro profundamente y entiendo que el rostro que he perdido era aquel que me había atado en las cadenas de mi tristeza por estar pensando en ti, a pesar de que tú ya estés muerta y no del cuerpo si no de mi alma y por eso me siento feliz de haberlo logrado aunque hoy solo esté en las noches eternas y mi frío corazón no vuelva a latir .

«NO ES UNA CARGA, ES MI HERMANO.»

Imagen: Google

Nuestra historia se remonta a los devastadores tiempos de la 2da Guerra Mundial, durante la intervención militar Estadounidense en Nagasaki. Tiempo de terror, angustia, y desolación. Tiempo de barbarie y pánico, de muertes, desidia y soledad. Lugar donde se arrojó sin contemplación ni un poco de hermandad, la 1ra Bomba atómica.

Todo quedó a merced de un destino incierto en donde nadie ni siquiera pudiera saber que depararía toda esta lucha cruel.

Unos corresponsales de guerra enviados para cubrir diversas fuentes mundiales de noticias, arriesgaban sus propias vidas tratando de apaciguar sus mentes ante el triste panorama que se vislumbraba hasta ese momento.

Un fotógrafo llamado Joe O’Donell, mientras se entretenía limpiando la lente de su cámara apoyado en unos escombros derribados ante tanto infortunio, divisó una pequeña persona que venía tratando de caminar sobre miles de obstáculos y terrenos ahuecados y difíciles de superar. Agudizó más su mirada porque ante ese horizonte tétrico y desolado, no podía concebir que algún ser, se arriesgará a transitar aquellos terrenos inospitos.

Levantándose para observar mejor al caminante arriesgado ante tantos escombros y terrenos inestables, se propuso seguir aquel pequeño caminante. Su curiosidad pudo más que su voluntad.

En cuestión de minutos, aquel ser menudo pasa muy cerca de él y es cuando se percata que se trataba de un niño, posiblemente de escasos 10 años y nota que no va sólo.

El niño caminaba hacia el lugar de las incineraciones

Iba presuroso y más que un niño, parecía un adulto. No iba solo, llevaba en sus espaldas un niño pequeño que daba la impresión de estar dormido. Su cara estaba muy relajada, serena e inclinada.

El fotógrafo, con asombro, nota la resolución del niño quién sin muestras de cansancio seguía su cometido. O’Donell se acerca al niño y trata de ayudarlo, tomando al pequeño, que no dormía sino que estaba muerto. El niño amablemente le da las gracias por intentar ayudarle y le contesta al hombre: » No es una carga, es mi hermano».

Ésta noticia dio la vuelta al mundo con mucha tristeza y conmoción al punto que muchos años después en 1969 un grupo de músicos Británicos, los Hollies, componen una canción por ese hecho y aún cada vez que las radios y medios la dan a conocer, dejan en el ambiente un dejo de dolor y profunda tristeza.

Puedes escuchar la canción haciendo clic aquí