Para una rosa

La alquimia es la ciencia del cambio, toma cosas, las estudia, las desarma, las transforma en otras, tiene bases e ingredientes, medidas, a veces en sus ingredientes hay flores, a veces hay rosas.

Grandes alquimistas dicen que si algo nos importa mucho es un ingrediente poderoso para la alquimia, poder, que cosa tan curiosa; hay poder en estos pétalos, hay poder en el tallo, hay poder en las espinas o en el color carmesí de ella, hay poder en su perfume, es poderosa la rosa.

Tal vez una base sea la memoria, podría cristalizar mis recuerdos de la rosa, tal vez su mirada, su risa, su voz; podría hablar de su intelecto, su brillantez, su talento, tal vez su dedicación; hablar de ella, hablar de la rosa, es hablar de la vida misma, es hablar del arte, es hablar de la memoria, es hablar del universo. La rosa es alquimia, la rosa es magia.

Las rosas en los campos rojos de nadie, las rosas que rodean la Torre Oscura, las rosas de la fantasía, dice el libro que cada rosa representa la Torre, que cada rosa es un mundo, las rosas mantienen la realidad misma, las rosas dan vida, sin la rosa el mundo cesa, decae, perece, las rosas tienen muchas formas.

Puede que esa sea la alquimia, el cambio, de rosa a persona, de persona a rosa, convertir algo hermoso en vida, en vida hermosa, en talento, en dedicación, en arte, en intelecto, en maravilla, en magia, en mujer. Que gran creación entonces, la rosa nacida en alquimia, la rosa que sostiene al mundo, la piedra angular de este universo, la base de mi arte, el elemento fundamental de mi alquimia.

La rosa está en todo, a veces también en la nada, está en el arte, está en los mundos, está en el teatro, está en la voz, está en los libros, en las historias, en los sueños y la vigilia, en este reino, en otros reinos, en el espíritu, está en ella, es ella.

Creo pues que los escritos son para una rosa, una rosa que extraño, una rosa que escucho, una rosa que veo, una rosa que pudo ser reina, una rosa que es arte. Para una rosa en el mundo, para una rosa en una tumba, para una rosa que atrae luz de tormentas, para una rosa junto a la torre, para una rosa en un castillo, en una sala común y rodeada de serpientes.

Para una rosa en una ciudad perdida, para una rosa en barco vikingo, para una rosa en un trono de hierro, para una rosa en el Imperio Final, para una rosa en el mar esmeralda. Para una rosa de un pintor de pesadillas, para una rosa en B612, para una rosa en una cabina, hablando frente a un micrófono, siendo brillante.

Para la rosa que sostiene el mundo, para la base de mi mundo, la rosa del Ensueño, la rosa en la vigilia, amar a una rosa es algo hermoso, amarla la hace única, amarla la hace importante, la vuelve el mundo. Por eso este escrito es para ella, porque no hay nada más hermoso que una rosa.

Enmanuel Ferrer Briceño. El Lobo que Escribe. Rey de los Sueños.
08/09/2024
Para una Rosa.
Sic Parvis Magna.

El Misterio del Campanario

Autor: J.G. Rivas

En un pequeño y remoto pueblo, se alzaba una iglesia antigua con un campanario que parecía tocar el cielo. En él vivía Don Julián, el sacristán, un hombre solitario y enigmático que tenía la tarea de tocar las campanas para llamar a los fieles a misa. Era conocido por su puntualidad y su devoción, pero también por su mirada sombría y su comportamiento reservado.

Un 29 de febrero, algo macabro sucedió. Don Julián fue encontrado muerto en el campanario, su cuerpo colgando de una cuerda, con una expresión de terror en su rostro. No había ninguna explicación aparente para su muerte, y el pueblo quedó sumido en el miedo y la incertidumbre. Desde entonces, el campanario quedó en silencio, y la iglesia perdió a su misterioso sacristán.

Pero la historia no terminó ahí. Cada 29 de febrero, a medianoche, los habitantes del pueblo comenzaron a escuchar un redoble de campanas que provenía de la iglesia. Era un sonido lúgubre y escalofriante, que resonaba en la noche y llenaba el aire de una sensación de inquietud y desespero. Nadie sabía quién tocaba las campanas, pero todos sentían que era el espíritu atormentado de Don Julián, penando en el campanario y recordándoles su trágico destino.

Con el paso del tiempo, algunos valientes decidieron investigar el origen del siniestro redoble. Una noche, un grupo de jóvenes se armó de valor y subió al campanario justo antes de la medianoche. Esperaron en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, y cuando el reloj marcó las doce, vieron cómo las campanas comenzaban a moverse solas, como si una mano invisible las estuviera tocando. Los jóvenes, aterrorizados, intentaron huir, pero algo oscuro y maligno los atrapó.

A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una visión horrenda: los cuerpos de los jóvenes colgaban del campanario, igual que Don Julián, con expresiones de terror grabadas en sus rostros. El horror se apoderó del pueblo y la iglesia se convirtió en un lugar maldito. Nadie se atrevía a acercarse, y el redoble de campanas cada 4 años se convirtió en un recordatorio de la maldición que pesaba sobre el lugar.

La noticia se extendió rápidamente. Personas de pueblos cercanos venían a escuchar el redoble de las campanas y a experimentar el terror que emanaba del lugar. La iglesia, que había perdido a su sacristán, ahora se llenaba de visitantes que venían a presenciar el fenómeno. El misterio de Don Julián atrajo a curiosos y temerosos por igual, y el pequeño pueblo se convirtió en un lugar de leyenda oscura.

A pesar del miedo inicial, los habitantes comenzaron a ver el redoble de campanas como una maldición. Sentían que Don Julián seguía vigilándolos, su espíritu atrapado en un ciclo eterno de tormento. Cada 29 de febrero, a medianoche, el sonido de las campanas resonaba como un recordatorio de la tragedia y el horror que rodeaba la muerte del sacristán. Y así, la leyenda de Don Julián y su campanario vivió para siempre en los corazones de aquellos que escucharon su historia, una historia que se contaba de generación en generación, manteniendo viva la memoria de Don Julián y su perturbador redoble de campanas.

Muchos intentaron derrumbar la iglesia para acabar con la maldición, pero todos los esfuerzos fueron en vano. De manera inexplicable, el campanario volvía a su estado original, sin faltar una sola piedra en su construcción, como si una fuerza sobrenatural protegiera el lugar y mantuviera viva la maldición para siempre. De esta manera, los pobladores fueron abandonando ese sombrío lugar y dejando atrás el campanario y su maldición, donde cada año bisiesto se escucha el tañido de las campanas rompiendo el silencio apacible de lo que fue un pueblo alegre y acogedor.

El Camino

Un gran escritor dijo una vez «viaje antes que destino» tal frase implica que uno debe aceptar las adversidades del camino a seguir, pues si al caer y fracasar no nos levantamos entonces ese tropiezo pasa a ser el destino; como los Caballeros Radiantes, yo rechazo ese destino.

Sin embargo aquí me tienes, en este momento me tienes con el alma rota, con la luz apagada, con un clavo incrustado en el corazón. Yo el Rey de los Sueños con el alma vacía, las calles de mi reino muertas y abandonadas, con ese aire de soledad como eran las calles de Elantris, que perdieron su luz y se erosionaron con el tiempo.

Ya no hay palabras radiantes, no hay un camino a seguir, los planes se mueren, las ideas se extinguen, igual que mis esperanzas que eran nacidas de la bruma. Ahora solo hay soledad, vacío, humo, ahora llevo brazales de duelo.

Veo los jardines que plante en tu honor, las rosas, los campos rojos de nadie, extendiéndose a donde alcanza la vista, un amargo recordatorio de que no estás y jamás vas a ver estas flores. Me recuesto entre ellas, me susurran secretos, pequeñas rosas, ninguna nota que no se comparan con mi rosa, pues mi rosa es única en el mundo, pero no es mía.

Ahora lo veo, lo entiendo, no estaba hecho para ti, pues yo no soy quien termina la historia, yo no me transformo en el Héroe de las Eras, yo no me vuelvo grande, de mí no emana el aliento de los dioses; no, yo soy solo un rey solitario en un frío reino rodeado de bruma, un reino que desaparecerá como lágrimas en la lluvia.

Pero debo recordar las palabras y ese código: «viaje antes que destino», como dijo Kaladin: El paso más importante que uno puede dar, es el siguiente; y yo quería qué tú fueras todos mis siguientes pasos. Pero supongo que esta es mi travesía, dolorosa y en soledad, tal vez algún día se una a los cuentos del Arcanum Ilimitado, pero por ahora es solo el camino de un corazón roto.

Tal vez ese sea El Camino de los Reyes.

Enmanuel Ferrer Briceño. El Lobo que Escribe. Rey de los Sueños
25/08/2024
Inspirado en la literatura del gran Brandon Sanderson.
Para una Rosa.
Sic Parvis Magna

La mentira más grande

Por: Mayra De Bourg

Tres amigos se reencuentran después de muchos años sin verse.

Pepe, Juan y Dolores.

Los tres gozaban de la fama de ser súper mentirosos y exagerados.

Pepe les propone ir a la bodega de Don Cipriano. Un hombre tosco en su trato y nada confiado.

Cipriano cuando los ve entrar al negocio, enseguida se pone en vilo para no dejarse timar por esos seres que muchas veces lo envolvieron en sus mentiras y, con falsedad, terminaban dejándolo sin mercancía.

Se llevaban lo que querían y jamás le pagaban. Se hacían los desentendidos a las quejas del hombre y siempre se salían con la suya.

Comenzó Dolores  aparentando su “dulzura» habitual y como mujer al fin, con sus palabras directas y cariñosas, hacía que Cipriano le entregara lo que quería.

—¡Mire, Cipriano, viajé por medio mundo y nunca lo pude olvidar a usted… Recordé mucho  los aguacates divinos y grandotes que vendía y que no encontré  en ningún país en donde estuve. ¡Ay, Cipriano, qué falta me hacían esos avocados! Igualitos al bello verdor de sus ojos. ¡Qué tiempos aquellos! Cuánta nostalgia y lágrimas derramé…

Cipriano cabeza abajo, se quedaba en silencio pensando, con una sonrisa dibujada en su cara. Y enseguida contestaba todo coqueto:

—Mire mijita, por tantos días,  con esa tristeza le voy a regalar estos cuatro aguacates que me trajeron ahorita para que los disfrute y venga siempre a buscarlos, siempre que los necesite.

Pepe sin saber qué inventar, festejaba la alegría de su amiga y con firme determinación dijo:

—¡Ah, no! Esta no se va a salir con la suya. —Y replicaba:— Don Cipriano, ¿todavía tiene de aquel café que antes vendía? El más sabroso que probé en mi vida, cremocito y con espuma. Ese no lo encontré jamás y una taquicardia que me reventó el corazón, me daba cuando tomaba aquellos cafés de por allá. Del tiro, me enfermé del corazón. — Poniendo su cara dramática, ya como desahuciado , hacía un gesto de marcharse.

Don Cipriano, consternado, le entregaba 6 paquetes de aquel café que vendía y se los dio a Pepe remarcándole:

—Tómeselo con fe, Don Pepe que eso lo va a curar.

Juan pensó para sus adentros: «Estos no se van a salir con la suya. ¿Qué puedo yo inventar?”

Se quedó Juan impábilo como si se le hubiera acabado el mundo. No sabía en qué pensar. ¿Qué podía pedir que no pareciese abuso?

Entonces, ni corto ni perezoso, se llenó de coraje y le habló a Cipriano con demarcada claridad.

—Don Cipriano: yo necesitaba algunas cositas, como papas, plátanos, azúcar, limón y verduras. Y si tiene pollo o carne y no lo toma a mal, desearía que me lo entregase y oportunamente se lo cancelaré cuando cambie los dólares que traje, pero que lamentablemente dejé olvidado en casa. Ando con un espolón y caminar para allá para después devolverme me hará mucho daño y el médico me permitió salir pero me remarcó que no puedo darle soltura a mis pies o de lo contrario perderé los dos.

Cipriano, hasta llorando como un manantial,  llenó una bolsa grande y le entregó a Juan todo ese sartal de víveres y mercancía, sin protestar.

El pobre Cipriano todo conmovido, despidió a los truhanes amigos todo compungido, diciendo: «Los tengo que ayudar, los tres han sufrido horrores».

Salieron Los tres amigos animosos y riéndose de ellos mismos para ver quién de ellos salió ganando…

¡Se habían los tres salido con la suya!

Rómulo Gallegos: El Novelista y Político que Plasmó la Identidad Venezolana


Rómulo Gallegos Freire, nacido en Caracas el 2 de agosto de 1884, fue un escritor y político venezolano que se consolidó como una de las figuras más importantes de la literatura hispanoamericana del siglo XX. Su obra, impregnada de un profundo realismo social y psicológico, exploró la idiosincrasia del llanero venezolano, el enfrentamiento entre tradición y modernidad, y la lucha por la justicia social en un país marcado por las desigualdades.

Vida y juventud

Gallegos creció en el seno de una familia humilde en Caracas, donde desde temprana edad se sintió atraído por la escritura y la política. Cursó estudios de Filosofía, Literatura y Matemáticas en la Universidad Central de Venezuela, donde también se inició en la actividad docente.

La faceta literaria

Obras de Rómulo Gallegos

En 1914, publicó su primera novela, «Reinaldo», una obra que lo consagró como escritor y marcó el inicio de una prolífica carrera literaria. A lo largo de su trayectoria, Gallegos escribió novelas, cuentos y ensayos, destacando entre sus obras más reconocidas:

* «Doña Bárbara» (1929): Una novela épica que narra la lucha entre civilización y barbarie en la Venezuela llanera, con Doña Bárbara como símbolo de la fuerza destructiva y Santos Luzardo como representante del progreso y la justicia social.

* «Canaima» (1935): Una novela que explora la belleza salvaje de la selva amazónica y la vida de los indígenas pemones, resaltando sus valores ancestrales y su lucha por preservar su territorio.

* «Los hermanos secuestrados» (1954): Una novela que retrata la realidad política de Venezuela durante la dictadura de Juan Vicente Gómez, a través de la historia de dos hermanos que se enfrentan a la represión y la injusticia.

* «La rebelión de los ángeles» (1936): Una novela que profundiza en la psicología humana y las relaciones de poder, utilizando como escenario una escuela en Caracas.

La faceta política

La vida de Rómulo Gallegos estuvo marcada por su activismo político. Desde su juventud, militó en contra de las dictaduras y a favor de la democracia en Venezuela. En 1936, fue nombrado Ministro de Educación por el gobierno de López Contreras, cargo que ocupó brevemente debido a sus ideas progresistas y su oposición al régimen.

En 1947, Gallegos fue elegido presidente de Venezuela, pero su mandato fue interrumpido abruptamente por un golpe de estado militar en 1948. Tras el golpe, se vio obligado a exiliarse durante nueve años, principalmente en México. Durante su exilio, continuó escribiendo y denunciando la dictadura venezolana.

Retorno y fallecimiento

Gallegos regresó a Venezuela en 1958, tras la caída del dictador Marcos Pérez Jiménez. Se dedicó a la escritura y a la vida pública, siendo electo senador en 1961. Falleció en Caracas el 5 de abril de 1969, dejando un legado cultural y político invaluable para Venezuela y América Latina.

Rómulo Gallegos fue un hombre excepcional que supo combinar con maestría su pasión por la literatura con su compromiso social y político. Su obra literaria, profunda y trascendente, lo convirtió en uno de los pilares fundamentales de la narrativa hispanoamericana del siglo XX.

Su legado político, aunque truncado por las dictaduras, lo recuerda como un defensor incansable de la democracia, la justicia social y la libertad. Gallegos nos dejó una obra maestra que nos invita a reflexionar sobre la identidad venezolana, la lucha por la justicia y la importancia de la cultura como herramienta de transformación social.

El Vendedor de Huesos

Revisando los tantos relatos tomados de los registros policiales del pequeño pueblo donde crecí, di con una historia bastante interesante para contarles. A continuación el relato en primera persona.

“La vida era tranquila y predecible. Mi padre, Don Manuel, y yo trabajábamos en la funeraria familiar, un negocio que había pasado de generación en generación. Nunca imaginé que mi vida cambiaría tanto hasta el día en que a mi teléfono celular llegó un mensaje de un número desconocido.

Dicho mensaje contenía una propuesta inusual: un comprador anónimo ofrecía una gran suma de dinero a cambio de un esqueleto humano completo. Al principio, mi padre y yo nos mostramos reacios, pero la tentación del dinero fácil era demasiado grande. Decidí aceptar la oferta a sus espaldas, pensando que sería un único negocio, y aunque pensaba retirarme luego de ese primer trabajo, decidí continuar con tan escalofriante labor para obtener un beneficio extra para mi bolsillo.

Por las noches, iba con un vehículo especialmente preparado para llevar los restos desenterrados a un albergue alejado de la ciudad donde meticulosamente, me dedicaba a limpiar cada hueso con especial dedicación para obtener una pieza atractiva a la vista de los potenciales compradores. Manos, pies, columnas vertebrales, y muchos cráneos fueron piezas de intercambio por cheques de hasta seis cifras fruto de mi oscuro y tenebroso emprendimiento. Pronto, más y más ofertas comenzaron a llegar, cada una más lucrativa que la anterior. Me vi envuelto en un oscuro mundo de tráfico de huesos humanos, utilizando mi conocimiento y el acceso 24/7 a los cementerios cercanos para satisfacer la creciente demanda.

Con el tiempo, me convertí en un hombre rico, pero a un alto costo. Cientos de pedidos unos más macabros que otros me dieron una buena posición económica en menos de lo que podía imaginar. Sin embargo, la culpa y el miedo comenzaron a consumir mi alma. Cada noche, los rostros de los muertos me visitaban en mis sueños, recordándome el precio de mi fortuna. Mi padre al enterarse de mi negocio, se distanció de mí, incapaz de soportar la carga moral de mis acciones.

Un día, recibí una oferta que no pude rechazar: un comprador estaba dispuesto a pagar una suma exorbitante por un cadáver muy específico. Debía ser el cuerpo sin vida de una joven que haya fallecido sin sufrir daño alguno. Esperé el tiempo necesario, revisando a diario la lista de la morgue del hospital para tener acceso a algún cadáver que cumpla con los parámetros de mi cliente. El día llegó. Una jovencita de unos 22 o 23 años había muerto de una extraña enfermedad, justo lo que estaba esperando. Sin embargo, este último negocio resultó ser una trampa. La policía, alertada por mis sospechosas actividades, me arrestó en el acto y sin tener la oportunidad de defenderme pasaría el resto de mis días encerrado en prisión.

En la cárcel, tuve mucho tiempo para reflexionar sobre mis decisiones. Me di cuenta de que el dinero no podía comprar la paz ni borrar mis pecados. Pero algo más comenzó a suceder. Las noches en la celda se volvieron insoportables. Los rostros de los muertos ya no solo aparecían en mis sueños; ahora los veía en cada sombra, en cada rincón oscuro de mi celda. En medio del silencio, parecía escuchar las voces de los fallecidos retumbando en mi mente, reclamándome el por qué interrumpí su descanso eterno para enriquecerme a costa de profanar sus cuerpos.

Una noche, desperté con un frío sudor, sintiendo una presencia en la habitación. Al abrir los ojos, vi a un esqueleto completo, de pie al lado de mi cama. Sus huesos crujían de forma aterradora como ramas secas mientras se acercaba lentamente, acompañado del tétrico sonido de cadenas arrastrándose. Intenté gritar, pero ningún sonido salió de mi boca. El esqueleto extendió su mano huesuda y, con una voz que parecía provenir de las profundidades del infierno, susurró: “Ahora, tú serás parte de mi colección”.

Desde ese momento, la celda del sepulturero quedó vacía. Los guardias cuentan que sólo encontraron un montón de huesos sobre el camastro que servía de cama, perfectamente ordenados, como si alguien los hubiera colocado allí con sumo cuidado. La leyenda del traficante de huesos se convirtió en una advertencia para aquellos que se atrevían a jugar con la muerte al comerciar con los restos de seres humanos que han pasado a mejor vida al fallecer.

Faltas

Ausencia, de ti, de luz, de risa; se hace presente la asfixiante sensación de necesitar algo inalcanzable. Sueños rotos, palacios derrumbados poco a poco, a veces atamos todo a un solo pilar, una Torre Oscura en el centro del universo; la piedra angular de nuestra existencia.

Fuiste tú, tantos nombres te di: la más brillante de las estrellas, una rosa entre espinas, luz de luna, Reina de los Sueños. Ahora solo faltas, en mis salones del Ensueño no hay rastro de ti, sobra lo mucho que faltas, sobra tu silencio, sobraron los momentos que no tuvimos; solo sobra lo mucho que me faltas.

No hay nombres, no hay imágenes, no hay palabras lejanas, no está ni la más mísera señal de tu presencia; solo estoy yo, el eterno y solitario Rey de los Sueños, sentado en mi trono, viendo mi frío palacio y mi solitario reino, tan lleno de gente, de ideas y de sueños, tan desbordante de vida que se siente vacío, frío y muerto.

Aquí me quedaré, en los jardines de mi palacio en el Ensueño, un día más, entre las rosas, viendo las estrellas, bañado por la luz de la luna; rodeado de las cosas que me recuerdan a ti. No he ido a ver tus sueños, no lo haré, porque sé que yo no estaré en ellos.

Solo espero que siempre estés feliz, esto es solo una carta muerta para una sombra, prosa que jamás verás, es solo el lamento de un Rey solitario, un monarca sin su reina; son las palabras de un hombre al que simplemente le faltas.

Enmanuel Ferrer Briceño. El Lobo que Escribe. Rey de los Sueños.
06/07/2024
Sic Parvis Magna.

Huellas en el camino.


Salí presurosa aquella mañana, que comenzaba a despuntar con la tenue luz del alba.

Por la ventana veía el espacio sin movimiento. Ni un solo ruido escuchaba que no fuese la fresca brisa, fría y húmeda del amanecer.

Tomé mi gran bolso cargado con todo aquello que me daría sustento. Mi vida estaba incierta y día a día me alimentaba muy poco. Una sola comida al día, eso me bastaba.

Sin reparar en aquella soledad que me acompañaba, marché por las calles desoladas, buscando la parada del autobús que me llevaría a mi destino. Allí me esperaba la solución a mis múltiples problemas.

Era una buena artesana, con la arcilla moldeaba y plasmaba realidades. Mis pequeñas pinturas, aún frescas, eran mi mayor orgullo por sus brillantes colores y matices que plasmaban mi realidad.

Por fin tomé el vehículo que iba casi sin pasajeros y comencé a remontar el camino, hacia aquel hermoso cerro, que rodeaba la ciudad donde vivía.

Se tornó el camino intrincado con laderas estrechas y bosques de una vegetación que olía a manzanillas y pinos. Era tan grato a mi olfato que me hacía cerrar los ojos y aspirar profundamente para no perder aquel aroma. A través de las ventanillas observaba el verdor del monte. Maizales, árboles con jugosas frutas y un solar lleno de girasoles, aún con flores cerradas, porque los rayos del sol no se asomaban.

Llegué al pueblito donde había mucha gente preparando sus mesas para exhibir sus productos: verduras frescas, frutas exóticas, relicarios, alpargatas, maracas y tambores con gruesos y templados cueros. Tantas cosas agradables encerraba aquel cerro majestuoso y sereno.

Muchos turistas y excursionistas de montaña se interesaban en mi trabajo. Compraban mis cuadros y adornos pintados a mano. Yo me sentía alegre y satisfecha. Ya tenía unos cuantos dólares que me ayudarían a seguir sobreviviendo y pagando mis deudas.

Se acercaba la noche y aquel espacio estaba nublado con densa neblina que se apoderaba de todo y caía a la tierra como si bajara para besarla.

Con algo de aprehensión, tomé mi bolso vacío y caminé velozmente para tomar el transporte que me esperaba para bajar de aquel sitio. La ciudad callada y fría me aguardaba. En el vehículo todo iba en silencio y nadie comentaba sus vivencias de aquel día.

Por fin, llegué al edificio donde vivía, pero había una oscuridad siniestra. No se observaba por allí ningún vecino. Me dio la impresión de que todo el edificio estaba abandonado. Llegué al ascensor, marqué mi piso pero las puertas no se abrían. Decidí ir por las escaleras. Por la penumbra en los pisos, veia unas sogas que se movían. No alcanzaba a divisar lo que era. Lo cierto es que algo se enredó en mi tobillo, y, apretaba mi pierna con mucha fuerza. Sacudí mi pie y vi un sinfín de víboras que me perseguían con sus fauces abiertas.

Perdí el equilibrio y llegué a mi piso. Miré hacia atrás, escuché ruidos extraños y pude ver que eran hombres horribles con mantos negros. Se arrastraban por el suelo. Llegué a mi puerta y esos seres extraños gritaban y me tocaban. Pasé por un corredor interminable cuando, temblando, miré hacia atrás, vi como una espada flotante, me amenazaba…

¡Dios, cuánta angustia! Vi mi vida acabada. Un salto convulsivo, se apoderó de mí… Quería gritar, mas mi voz no salía… No podía emitir ningún sonido. Esbocé una sonrisa.

¡Oh, Dios! Caí de mi cama. Desperté.

El Psiconanalista Ateo. Capítulo I

Por Joan Tudares

Qué laguna sutil, los pies abarrotados de algas, vocecitas colectivas retumbando y ausentes, como luces de una pista de baile, sollozando imponentes, me despierto, y el sol no es amable conmigo, los cangrejos en el trasero, y mi mente muy lejos de cualquier conclusión plenamente coherente, no veo sentido a esto, parece un sueño lleno de falacias templadas, aún no me quiero mover, pensando en saber si estoy vivo o muerto, aunque mis respiraciones son lentas, y no creo estar muerto, pues no hubiese vuelto a visitar otro lugar, no recuerdo qué paso, no recuerdo quién soy, y en mi nombre solo veo pequeñas vocales de algo que fui, cauto y temeroso bajé la cabeza y perfilé la mirada, solo veo un mar esmeralda y una arena amarilla que parece granos de fuego avivado, mi pipa un poco mojada, en el único bolsillo que quedó de mi pantalón. Intento estabilizarme, fuerzo mis brazos de hombre, sé que casi no responden, siento el cuerpo en narcosis, de hongos y manchas mentales, me levanto a traspiés, y con la energía de un cadáver embalsamado, bajo la tierra, escucho el azote de las olas, el rayo ultravioleta quema mis pestañas, y el viento trae los ecos dolidos de aullidos incesantes que apuñalan mi paz, parado firmemente por fin, siento un golpe de cristales intangibles, que agudizan mis sentidos, mi vista no encuentra la tierra, ni mi mirada un final, mi lengua marchita por la sal, mi nariz solo sirve para respirar este aire de soledad, mis oídos solo escuchando una vacía continuidad monocorde, claro y sensato caigo en cuenta de que mis dedos no pueden sentir. Empieza a funcionar mi maquinaria de huesos, y se divisa una selva espesa, verde y negra, ya este foco corto de luz, aproxima mi primera noche en el diluvio y la nada, en mis pasos llenos de lentitud y pesadez, empiezo a observar, veo los restos del barco y se entumece mi miedo, objetos los cuales no sé interpretar, pero sé que sujetan las pistas de por qué soy el único invitado y sobreviviente a esta cruda realidad, una cartera vieja y con una foto de un joven universitario, una ama de casa pelirroja muy hermosa, y una princesa de hielo pecosa de unos posibles 5 años, presiento que pertenecen al mundo más cercano, en el que este momento se me ve tan negado, sé que mi corazón los busca, busca algo más que un recuerdo mundano, algo más que una retrato que me ayude a caminar, los busco desesperado, creo que están en algún lado, esperándome para darme una explicación. A falta extrema de una tez o una sombra, y entre la repartida veloz y mortal de imágenes en mi cabeza, levanto mis manos y siento que los abrazo, ahora todo está claro. Ellos viven, en algún lugar más estruendoso y relinchante, ellos piensan en mí, que no paso por esto, que soy un espectro, entonces ahora sí, literalmente estoy muerto. Al presente, defino mi condición como un lobo sin Dios, solitario en una isla desierta, quizás perdida y desconocida, como un hombre que extraña aferradamente su oficina, su diván, y la hipnosis de un montón de padres incompetentes, suicidas inconformes, y niños que berrean por billetes de veinte dólares. No veo huellas flácidas, ni totalmente claras, escucho la naturaleza a sus puertas, como una hambruna de hienas diabólicas, exigiéndome abandonar mi raciocinio natural, adquirido por mi cantidad de pacientes; parece que solo quedamos, mi yo, mi ego y deidad pasional… ¿Ahora qué hago? Lo físicamente puro se ensucia en lo naturalmente carnal.