La mentira más grande

Por: Mayra De Bourg

Tres amigos se reencuentran después de muchos años sin verse.

Pepe, Juan y Dolores.

Los tres gozaban de la fama de ser súper mentirosos y exagerados.

Pepe les propone ir a la bodega de Don Cipriano. Un hombre tosco en su trato y nada confiado.

Cipriano cuando los ve entrar al negocio, enseguida se pone en vilo para no dejarse timar por esos seres que muchas veces lo envolvieron en sus mentiras y, con falsedad, terminaban dejándolo sin mercancía.

Se llevaban lo que querían y jamás le pagaban. Se hacían los desentendidos a las quejas del hombre y siempre se salían con la suya.

Comenzó Dolores  aparentando su “dulzura» habitual y como mujer al fin, con sus palabras directas y cariñosas, hacía que Cipriano le entregara lo que quería.

—¡Mire, Cipriano, viajé por medio mundo y nunca lo pude olvidar a usted… Recordé mucho  los aguacates divinos y grandotes que vendía y que no encontré  en ningún país en donde estuve. ¡Ay, Cipriano, qué falta me hacían esos avocados! Igualitos al bello verdor de sus ojos. ¡Qué tiempos aquellos! Cuánta nostalgia y lágrimas derramé…

Cipriano cabeza abajo, se quedaba en silencio pensando, con una sonrisa dibujada en su cara. Y enseguida contestaba todo coqueto:

—Mire mijita, por tantos días,  con esa tristeza le voy a regalar estos cuatro aguacates que me trajeron ahorita para que los disfrute y venga siempre a buscarlos, siempre que los necesite.

Pepe sin saber qué inventar, festejaba la alegría de su amiga y con firme determinación dijo:

—¡Ah, no! Esta no se va a salir con la suya. —Y replicaba:— Don Cipriano, ¿todavía tiene de aquel café que antes vendía? El más sabroso que probé en mi vida, cremocito y con espuma. Ese no lo encontré jamás y una taquicardia que me reventó el corazón, me daba cuando tomaba aquellos cafés de por allá. Del tiro, me enfermé del corazón. — Poniendo su cara dramática, ya como desahuciado , hacía un gesto de marcharse.

Don Cipriano, consternado, le entregaba 6 paquetes de aquel café que vendía y se los dio a Pepe remarcándole:

—Tómeselo con fe, Don Pepe que eso lo va a curar.

Juan pensó para sus adentros: «Estos no se van a salir con la suya. ¿Qué puedo yo inventar?”

Se quedó Juan impábilo como si se le hubiera acabado el mundo. No sabía en qué pensar. ¿Qué podía pedir que no pareciese abuso?

Entonces, ni corto ni perezoso, se llenó de coraje y le habló a Cipriano con demarcada claridad.

—Don Cipriano: yo necesitaba algunas cositas, como papas, plátanos, azúcar, limón y verduras. Y si tiene pollo o carne y no lo toma a mal, desearía que me lo entregase y oportunamente se lo cancelaré cuando cambie los dólares que traje, pero que lamentablemente dejé olvidado en casa. Ando con un espolón y caminar para allá para después devolverme me hará mucho daño y el médico me permitió salir pero me remarcó que no puedo darle soltura a mis pies o de lo contrario perderé los dos.

Cipriano, hasta llorando como un manantial,  llenó una bolsa grande y le entregó a Juan todo ese sartal de víveres y mercancía, sin protestar.

El pobre Cipriano todo conmovido, despidió a los truhanes amigos todo compungido, diciendo: «Los tengo que ayudar, los tres han sufrido horrores».

Salieron Los tres amigos animosos y riéndose de ellos mismos para ver quién de ellos salió ganando…

¡Se habían los tres salido con la suya!

Huellas en el camino.


Salí presurosa aquella mañana, que comenzaba a despuntar con la tenue luz del alba.

Por la ventana veía el espacio sin movimiento. Ni un solo ruido escuchaba que no fuese la fresca brisa, fría y húmeda del amanecer.

Tomé mi gran bolso cargado con todo aquello que me daría sustento. Mi vida estaba incierta y día a día me alimentaba muy poco. Una sola comida al día, eso me bastaba.

Sin reparar en aquella soledad que me acompañaba, marché por las calles desoladas, buscando la parada del autobús que me llevaría a mi destino. Allí me esperaba la solución a mis múltiples problemas.

Era una buena artesana, con la arcilla moldeaba y plasmaba realidades. Mis pequeñas pinturas, aún frescas, eran mi mayor orgullo por sus brillantes colores y matices que plasmaban mi realidad.

Por fin tomé el vehículo que iba casi sin pasajeros y comencé a remontar el camino, hacia aquel hermoso cerro, que rodeaba la ciudad donde vivía.

Se tornó el camino intrincado con laderas estrechas y bosques de una vegetación que olía a manzanillas y pinos. Era tan grato a mi olfato que me hacía cerrar los ojos y aspirar profundamente para no perder aquel aroma. A través de las ventanillas observaba el verdor del monte. Maizales, árboles con jugosas frutas y un solar lleno de girasoles, aún con flores cerradas, porque los rayos del sol no se asomaban.

Llegué al pueblito donde había mucha gente preparando sus mesas para exhibir sus productos: verduras frescas, frutas exóticas, relicarios, alpargatas, maracas y tambores con gruesos y templados cueros. Tantas cosas agradables encerraba aquel cerro majestuoso y sereno.

Muchos turistas y excursionistas de montaña se interesaban en mi trabajo. Compraban mis cuadros y adornos pintados a mano. Yo me sentía alegre y satisfecha. Ya tenía unos cuantos dólares que me ayudarían a seguir sobreviviendo y pagando mis deudas.

Se acercaba la noche y aquel espacio estaba nublado con densa neblina que se apoderaba de todo y caía a la tierra como si bajara para besarla.

Con algo de aprehensión, tomé mi bolso vacío y caminé velozmente para tomar el transporte que me esperaba para bajar de aquel sitio. La ciudad callada y fría me aguardaba. En el vehículo todo iba en silencio y nadie comentaba sus vivencias de aquel día.

Por fin, llegué al edificio donde vivía, pero había una oscuridad siniestra. No se observaba por allí ningún vecino. Me dio la impresión de que todo el edificio estaba abandonado. Llegué al ascensor, marqué mi piso pero las puertas no se abrían. Decidí ir por las escaleras. Por la penumbra en los pisos, veia unas sogas que se movían. No alcanzaba a divisar lo que era. Lo cierto es que algo se enredó en mi tobillo, y, apretaba mi pierna con mucha fuerza. Sacudí mi pie y vi un sinfín de víboras que me perseguían con sus fauces abiertas.

Perdí el equilibrio y llegué a mi piso. Miré hacia atrás, escuché ruidos extraños y pude ver que eran hombres horribles con mantos negros. Se arrastraban por el suelo. Llegué a mi puerta y esos seres extraños gritaban y me tocaban. Pasé por un corredor interminable cuando, temblando, miré hacia atrás, vi como una espada flotante, me amenazaba…

¡Dios, cuánta angustia! Vi mi vida acabada. Un salto convulsivo, se apoderó de mí… Quería gritar, mas mi voz no salía… No podía emitir ningún sonido. Esbocé una sonrisa.

¡Oh, Dios! Caí de mi cama. Desperté.

DEJANDO EL UMBRAL

Me llamo Evelyn y me considero una persona tranquila, leal y soñadora. Siempre he visto la vida con demasiado ánimo y realidad. Nunca he sido cobarde ni me asusta nada que está por venir. El futuro está ahí esperándome y lo espero con serenidad.

Esta mi historia, pocos la conocen, no porque me afectó, sino porque le resté importancia. Lo vi como un caso fortuito, que me llegó y experimenté. Nada que no pudiera superarse. Fue solo un » caso» extraño sí, pero que a cualquiera le puede pasar.

Yo tenía en esa época, sólo 16 años y como toda adolescente con padres y hermanos amorosos e inmejorables, vivía feliz. Me estaba iniciando a esa edad en la vida universitaria. Realmente no podía pedirle nada más a la vida Todo en mi vida era casi perfecto o así lo creía.

Me levanté esa mañana con mucha alegría y entusiasmo. Hice frugales comidas. En la noche no quise cenar. Me aguardaban los libros de leyes y sobre todo uno de una materia muy interesante, aunque un poco complicada ya que el catedrático que impartía la materia tenía fama de exigente y de que muy pocos de sus alumnos podría aprobar con él. Yo esto lo vi como un reto, uno de esos retos que movían cada fibra de mi cuerpo. Los retos me fascinaban y con esos media día a día mis capacidades. Me gustaban los deportes extremos y los practicaba con éxito. Para mí el estudio era eso un deporte donde se evaluaba mi capacidad, para ser premiada o no. Lo cierto es que ese día me entusiasmé estudiando y luego me fui a dormir.

Llegó el otro día y todos me buscaban en mi casa. Nadie me había visto. Mi cama estaba intacta. Hasta que a mi hermano se le ocurrió que estaba en el baño y así fue: estaba tirada en el piso totalmente inconsciente y muy pero muy pálida. Se reflejaba la muerte en mi semblante.

Mis padres me llevaron a un hospital, en dónde caí en coma profundo. Analizaron mi sangre y notaron una bajada súbita de potasio. No daban seguridad de vida. Materialmente estaba muerta cerebralmente. Fui atendida por muchos médicos que no acertaban ni vislumbraban luz en este caso. No tenía reacciones. Estaba desconectada del mundo; aunque conectada a muchas y extrañas máquinas de alta tecnología. Mi alimentación y excreción era por medio de sondas. Yo era casi un vegetal. Estaba inerte.

Así pasaron los meses, llegando al tercer mes observaron que ya nada se podía hacer. Todo era infructuoso. Mis padres se negaban a retirar los aparatos que me mantenían con vida. Mi corazón aún latía. Mi padre buscó un sacerdote para mi partida a la «otra vida» según sus creencias. Lo cierto es que oraban y me untaron la Unción de enfermos. Como cosa inexplicable, comencé a sentir y ver un largo trayecto o pasillo que me acercaba cada vez más a una luz que al principio era tenue y suave. Y veía una salida que me indicaba que por ahí debía pasar.

Mi cuerpo estaba suspendido y yo desde allá, en aquel lugar sin dirección vi mi cama de hospital y mi cuerpo en ella. Veía a mi familia llorar y orar. Bruscamente desperté, mis ojos se abrieron sin brillo y mi boca se abrió para exhalar un fuerte ruido. No era un grito. Era una exclamación intangible Vi a uno de mis médicos llorando y diciendo «milagro». Jamás olvidaré esa palabra que en ese momento no entendía.

Era casi imposible salir de un coma profundo. Seguí en aquel hospital en medio de terapias, estudios extraños como el Arco Análisis, inyecciones para activar mi cerebro pero había un problema: yo no podía controlar mi posición, el habla, no podía caminar y tenía movimientos raros en mis extremidades y cabeza. Además estaba amnésica. No recordaba ni a mis padres. Mi madre me presentaba fotos de mis familiares y amigos y poco a poco recobré un poco mi marcha. Ya no me golpeaba con las paredes, ya no me balanceaba y podía sostener objetos…

Volví a mi vida de antes. Logré mi título de Abogado y comencé a trabajar y fui muy querida y respetada por mis empleados. Era una persona muy responsable y capaz y mis superiores alababan mi trabajo.

No tuve suerte en el amor, ya que me torne muy detallista y perfeccionista

En mi corazón me sentía satisfecha. Había pasado por mi mayor reto. Una lucha justamente con el destino.

Hoy entrando a una edad avanzada, con mi cabello cano y algunas arrugas surcando mi rostro me siento serena. Porque todo esto denota mi soledad. Ya muertos mis padres, no encontré nada más para continuar entre los míos. Mis hermanos ya no me demostraban ni amor ni hermandad. Tal vez mi enfermedad extraña les parecía cosa de dementes porque fueron 6 años que perdí para retomar mi vida e interactuar con mis hermanos. Me fui de mi casa , no me despedí porque dentro de mis entrañas se sentía que algo se desprendía. Fue al momento de abandonar mi amada casa paterna. Ahí deje mis recuerdos con sus alegrías y tristezas.

Ahora estoy lejos, muy alejada de todo, pero lamentablemente aquí tampoco conseguí lo que tanto busqué.

Todo se me ha hecho fuerte. Me es difícil hasta comer, pero conseguí un trabajo cuidando enfermos y ancianos y he aprendido mucho.

Hoy he avalado la naturaleza. Las aves con sus trinos me dan alegrías y siento que nunca estaré abandonada porque cada día puedo llevar un bocado a mi boca. Que tengo un techo que me cobija del frío y puedo subsistir y que nada me faltará. Dios vela por las aves, por la fauna por los hombres y dentro de sus cuidados, ahí, estoy yo. Porque el Dios Todopoderoso quiso darme una nueva oportunidad de vida. Pese a todo lo que me acontece: «Mi mundo es y será bello» hasta que llegué el momento y se acaben mis días y cruce ese umbral con felicidad.

¿QUIÉN SOY YO?

Ya poco o nada de mis glorias queda; hoy lejos de la lucha en que viví..

Mezo la cuna de mi niña y rueda como un susurro mi existencia aquí.

Y al recordar mi tormentosa vida y lo que entre hombres padecí,

bendigo en el silencio la » escondida senda», que al fin y al cabo preferí.

Diéronme hiel en el falaz tumulto humano hasta las bocas de Rubí;

allá calumnia, ahí grosero insulto, allá traición y falsedad allí.

Dejadme pues, en paz; nada he pedido, mas hoy en que vivo retirada aquí, mezo la cuna de mi niña y pido

Olvido irrevocable para mí!

A veces melancólica me hundo en mi noche de escombros y miserias, y caigo en un silencio tan profundo que escucho hasta el latir de mis arterias.

Más aún, oigo el paso de la vida, por la sorda caverna de mi cráneo, como un eco de lava sin salida; como un rumor de río subterráneo.

Entonces, presa de pavor y yerta como un cadáver mudo y pensativa en mi abstracción, a descifrar no acierto

Si es que dormida estoy o estoy despierta; si una muerta soy que sueña que está viva o una viva soy que sueña que está muerta.

DESTINO INCIERTO

Muerta la fe, rendida la cabeza,

la lanza rota, el corazón sin bríos

Voy por la carretera del Hastío

sobre el viejo rocín de la tristeza.

Mi espíritu es un buen samaritano

que aúna en lazos de perenne alianza

Busca a la gente

para darles un poco de esperanzas.

No llevo rumbo, ni llevarlo quiero

ni tras de nadie voy ni a nadie espero;

ni espera nadie la llegada mía.

Como ya la ilusión no me conforta,

como todo es igual, nada me importa

morir hoy, o mañana o cualquier día.

EL SÍMBOLO

Un símbolo que llega cuando el cansancio flota,
como vapor de adelfas en la mente del bardo,

Un símbolo: terrible, luminoso y gallardo
que lleno de esquives en el silencio brota.

Un símbolo que llega de la penumbra ignota
un aleteo débil, estremecido y tardo…

Lucero que desciende del firmamento nardo
de la floresta rubia donde Pegaso trota.

¡Oh! Símbolo, extravía de tu jardín callado
y acude a mi solícito, con tu plumón dorado.

Corona mis desvelos, destruye la fatiga
que ha tiempo me anonada bajo sus negras tocas.

¡Oh! Prófugo: mis ruegos y mi ansiedad mitiga.
¿No ves cómo agonizan mis esperanzas locas?

«NO ES UNA CARGA, ES MI HERMANO.»

Imagen: Google

Nuestra historia se remonta a los devastadores tiempos de la 2da Guerra Mundial, durante la intervención militar Estadounidense en Nagasaki. Tiempo de terror, angustia, y desolación. Tiempo de barbarie y pánico, de muertes, desidia y soledad. Lugar donde se arrojó sin contemplación ni un poco de hermandad, la 1ra Bomba atómica.

Todo quedó a merced de un destino incierto en donde nadie ni siquiera pudiera saber que depararía toda esta lucha cruel.

Unos corresponsales de guerra enviados para cubrir diversas fuentes mundiales de noticias, arriesgaban sus propias vidas tratando de apaciguar sus mentes ante el triste panorama que se vislumbraba hasta ese momento.

Un fotógrafo llamado Joe O’Donell, mientras se entretenía limpiando la lente de su cámara apoyado en unos escombros derribados ante tanto infortunio, divisó una pequeña persona que venía tratando de caminar sobre miles de obstáculos y terrenos ahuecados y difíciles de superar. Agudizó más su mirada porque ante ese horizonte tétrico y desolado, no podía concebir que algún ser, se arriesgará a transitar aquellos terrenos inospitos.

Levantándose para observar mejor al caminante arriesgado ante tantos escombros y terrenos inestables, se propuso seguir aquel pequeño caminante. Su curiosidad pudo más que su voluntad.

En cuestión de minutos, aquel ser menudo pasa muy cerca de él y es cuando se percata que se trataba de un niño, posiblemente de escasos 10 años y nota que no va sólo.

El niño caminaba hacia el lugar de las incineraciones

Iba presuroso y más que un niño, parecía un adulto. No iba solo, llevaba en sus espaldas un niño pequeño que daba la impresión de estar dormido. Su cara estaba muy relajada, serena e inclinada.

El fotógrafo, con asombro, nota la resolución del niño quién sin muestras de cansancio seguía su cometido. O’Donell se acerca al niño y trata de ayudarlo, tomando al pequeño, que no dormía sino que estaba muerto. El niño amablemente le da las gracias por intentar ayudarle y le contesta al hombre: » No es una carga, es mi hermano».

Ésta noticia dio la vuelta al mundo con mucha tristeza y conmoción al punto que muchos años después en 1969 un grupo de músicos Británicos, los Hollies, componen una canción por ese hecho y aún cada vez que las radios y medios la dan a conocer, dejan en el ambiente un dejo de dolor y profunda tristeza.

Puedes escuchar la canción haciendo clic aquí

AMOR MALÉFICO

Deidad de los sueños y las ilusiones,

¿Por qué no manejas bien los corazones?

Tus trágicas flechas vuelan al azar,

Y en tus llamas de vivos misterios

Son como las luces de los cementerios y como los fuegos nocturnos del mar.

Si tú agua brotará con suave armonía

¡que pura la fuente del bien correría

en estos desiertos que abraza el dolor!

Más salta revuelta, quemando las bocas,

rompiendo entre negras y ásperas rocas

en donde no crece la idílica flor.

Tu impones continuos, horribles tormentos

tu arrancas los hondos y tristes lamentos

que narran la enorme tragedia del ser;

del llanto de tantas venturas que inmolas
formaráse un río fatal cuyas olas

por todos los siglos pudieran correr…

No es posible

No es posible que hagamos las pases.

Tu desdén malhirió mi quimera;

Ya se fue la ilusión hechicera

Que nos trajo tan dulces enlaces.

No me explico, no sé lo que haces.

No creí nunca, nunca que fuera

Como una sutil madriguera tu alma llena de voces falaces.

Un veneno de amor me ofreciste

Y matando mis goces tan pulcros,

Me has dejado muy sola y muy triste.

Es tu pecho cruel camposanto donde yacen los hondos sepulcros

de los sueños que yo quise tanto…

PASADO

POR MAYRA DE BOURG

…Pasado… ¡Me ahogas! ¡Basta ya! ¿Quién te resiste?⁣
Bien sé que tú me hiciste.⁣
Nada hay en mí, Pasado, donde no hayas posado, tu zarpazo o tus besos.⁣
Con tus juegos traviesos⁣
me has nutrido, formado y deformado.⁣
tierno Pasado.⁣
Por desgracia, —o por suerte— no puedo ya de mi carne y de mi sangre desprenderte.⁣
Soy tu fin, tu morada…⁣
¡Sea! Reside en mí , si te empeñas y expón⁣
de mi ardiente cerebro en un rincón⁣
tus tablas y memorias.⁣
¡Haz balance de todas tus victorias,⁣
de mis viejos amores inventario!⁣
Trabaja bien, y a fuerza de buen archivero y notario,⁣
graba en mi corazón ajado y triste⁣
las viejas escrituras que trajiste.⁣
Para mejor engatusarme ⁣
crea ópticas, ilusiones y falsea ⁣
la imagen y maquilla con pintura⁣
decorado y figura;⁣
cubre con purpurina, ⁣
dorada y fina,⁣
el sueño y la aventura;⁣
insiste, pasteles.⁣
Prosigue tu tarea⁣
triste y macabra de rotulador⁣
y de embalsamador.⁣
Mas prosíguela, al menos, bajo el signo⁣
de la sombra Por esto yo los consigno, ⁣
a ti y a tus despojos,⁣
de mi pecho en el fondo. De mis ojos⁣
todo lo que te evoque alejaré.⁣
Cajones vaciaré⁣
con malos trastos,⁣
y al fuego arrojaré⁣
cartas y documentos y retratos.⁣
De mis cofres te exhumó⁣
y te convierto en humo.⁣
Te expulso. Te despido.⁣
Te arrojo de tu nido.⁣
Que evalúes exijo⁣
tu hediondo escondrijo.⁣
Quiero ofrecer a las deidades mudas⁣
las paredes desnudas,⁣
los estantes vacíos.⁣
Adiós, libros, adiós, amigos y míos:⁣
me disgustàis, porque me habéis gustado.⁣
Poemas que he leído demasiado:⁣
de mi vera os rechazo Y aunque vivo⁣
quedé mi corazón bajo el derribo⁣
sepultado, yo al menos libertad gozaré, y, ya sin nombre, sin edad,⁣
libre al fin del pasado,⁣
desnudo y sin cuidado⁣
en mis salas desiertas,⁣
hacia ti podré ir ⁣
¡Oh, Porvenir!⁣
con tus manos abiertas.