LA MUERTE

Me gusta creer que, aunque esta vida es terrenal y efímera, hay un más allá después de concluirla y que seguiremos viviendo, pero ya de una forma distinta. Cada quien es libre de pensar o creer lo que quiera, en la reencarnación, en la transmigración o como yo, en la resurrección; incluso, puede creer que una vez terminada su vida terrenal allí queda todo.

Sea cuestión de fe o no lo que sucederá después, hay algo que sí es indiscutible y que no se puede negar, por muchos argumentos que quizá algún loco quiera comprobar; este algo que sucede y que es real, es la muerte.

Todos vamos a pasar por ella, porque nuestra vida aquí en la tierra es finita; por lo tanto, todos vamos a enfrentarla. Lo curioso es que, para el que muere, no existe la conciencia de estar muerto, muere y listo, no experimenta dolor, no sufre su partida, no lamenta dejar a los suyos. (Esto de la conciencia se puede tocar en otro momento). Pero, ¿qué sucede con el que sigue vivo?, este sí que experimenta el desgarro en su corazón de ver partir a los suyos.

Hoy más que nunca estamos viendo cómo la “Inevitable” (la muerte), quiero llamarla así, está haciendo mucho ruido en nuestros hogares, en nuestro país y en el mundo entero. Se hace presente cada vez más y más en nuestras vidas, como si su paso por ella fuera una visita placentera, con la que quisiéramos quedarnos todo el día.

Lo cierto es que, para los que seguimos vivos, la visita de la Inevitable llevándose al ser querido, nos deja en desolación y vacío, con un dolor tan profundo como a quien le ha sido arrebatado o extraído su corazón y lo han dejado seguir sin él. Y ¿por qué nos deja así? Tan perdidos, desorientados, como si hubiéramos sido atravesados por una lanza; porque sencillamente has amado, porque a esa persona, la que han separado de ti, la has amado y la amas con todo tu ser; por lo tanto, su partida te deja en ruinas, su ausencia te deja sin aliento.

Cuánto más amas, más lo sientes y es imposible no experimentar tal dolor. Pero, hay algo más fuerte que ese dolor y es el mismo amor. Sí, el mismo amor que te hace sufrir por la pérdida, es mucho más grande, más fuerte y es el que te ayuda a seguir adelante, a sanar las heridas y continuar la vida, porque puedes seguir amando.

La vida está llena de cambios, continuamente experimentamos una transformación, ya sea interior o exterior. La cuestión es que, si no aceptamos los cambios y nos aferramos a lo establecido, a lo ya hecho, es un desperdicio de vida, es una vida castrada.

Vamos a extrañar, vamos a querer que esa persona siga con nosotros, a nuestro lado; pero en realidad, esa persona nunca se ha ido, siempre ha estado con nosotros, vive en nuestro interior, el amor la mantiene cerca, pero ya no de la misma forma, ha cambiado. Y debemos creer y aceptar que es así, para seguir viviendo, para que la vida goce de sentido, para seguir amando. No es fácil, lo sé, nadie ha dicho que lo fuera. Solo el que ha experimentado el vacío que deja el ser querido lo puede comprender. Pero, ese vacío no nos deja incapaces para seguir amando, para reconstruir y empezar de nuevo. Todo depende de ti, de cómo deseas vivir.

TODO ES CASUALIDAD ¿CAUSADA?

Seguro te has comido todo el cuento y has asentido sin vacilación a todas aquellas palabrerías que afirman que hay algo más allá de tus narices; que dada ciertas experiencias llamadas “extraordinarias” que parecen inexplicables, se puede asegurar que alguien te acompaña, te cuida o te salva. ¡Puras sandeces!

¿No te das cuenta que todo es una mera casualidad?, que las cosas suceden porque sí, porque se dan circunstancias que se combinan y no se pueden evitar; que, aunque parezcan extrañas, no tienen un trasfondo o una explicación sobrenatural o espiritual, sencillamente suceden, coinciden en tiempo y espacio. ¡Vaya hombre, no sublimes todo! Que te vas a quedar en el abismo.

– Vale, vale, todos es una casualidad, todo tiene una explicación lógica, no hay que espiritualizarlo todo. Pero, ¿si esa casualidad es causada?…

– Hace unos cuantos años, ocurrió que iba con un par de amigas de una región a otra, unas 8 horas de camino en el auto. Nos turnábamos para manejar, nos agarró la noche y por fanfarronerías acepté conducir en la oscuridad de aquellas vías vacías y carentes de luz. Con una vista un poco nictalópica (ceguera nocturna) tomé el volante y decidí manejar mostrando total seguridad en mí misma, sin temor alguno.

– Por fortuna, uno de esos carros de cargas o transporte, iba delante de mí iluminándome el camino; avanzaba a su paso para no perder la bondad de su luz. Una buena casualidad coincidir en la vía con este tipo de vehículo ¿no crees?, estaba muy agradecida en medio de la tensión que vivía en mi interior.

– Como era de esperarse, el vehículo se desvió dando por concluida la misma ruta que yo seguía, dejándome a merced de la poca luminosidad que me ofrecía mi carro. Mi corazón empezó a latir fuertemente y mis ojos a expandirse cual búho en la noche, esperando su presa. Mis amigas bien relajadas, disfrutando de la música, sumergidas en sus pensamientos.

– El temor se apodera de mí, reduzco la velocidad y empiezo a suplicar internamente que podamos llegar al destino con bien. Unos kilómetros más adelante vislumbro una luz, empieza a verse todo más claro, muchos carros ¿qué extraño? Una cola interminable, me pregunto qué habrá pasado.

– Avanzando a una velocidad más o menos parecida a la que llevaba, transcurrieron 2 horas. (Al menos estaba más tranquila, iba acompañada de muchos carros y con más luz). Por fin, llegamos a la ciudad, ¡luces por todos lados!. Los vehículos que me acompañaron se dispersaron.

Bueno, bueno, y ¿qué tiene que ver todo eso con que sea una casualidad causada?

           – No sé, ¡dímelo tú!.

¡VAMOS, QUE NO ESTAMOS SOLOS!

Por Khos

¡Que sí, que sí!, que todos hemos pasado por la misma experiencia o al menos una parecida. No me vengas a decir que, en algún momento de tu vida, sobre todo cuando estabas en peligro o solo, no sentiste que alguien te salvó.

Sí, que ALGUIEN o ALGO te salvó, te gritó, te empujó, te hizo sentir un impulso que no sabes explicar, pero que, si no fuera por ello, hoy no estarías leyendo estas letras.
¡Ah!, Sí lo recuerdas ¿Verdad? Aquella mañana cuando ibas en la bici camino a la bodega a comprar las chuches para llevarte de dulces hasta vomitar; de repente levantaste la mirada y te encontraste con un camión de mudanzas frente a tus narices y ¡zas!, como quien fue golpeado por un búfalo, caíste encima de la acera rociado por la brisa que dejaba el vehículo al pasar de largo. ¿Qué sucedió en esas milésimas de segundos? ¿Por qué no alcanzó a tocarte ni con el retrovisor?

No, no, no, ¡mentiras!, fue aquel día cuando en la fiesta de cumpleaños de vaya a saber quién, bebiste hasta no saber ni tu nombre; luego de eso condujiste hasta tu casa. ¿Recuerdas lo que sucedió en el camino? ¡¡¡Qué vas a recordar!!! Ah, pero si recuerdas una sensación extraña.

¡Vaya sensación!, seguro en tu embriaguez dijiste en voz alta: ¿quién está ahí? Sin embargo, no había nadie más que tu propia sombra.

Qué experiencias tan extrañas, quiénes son los que te cuidan, los que te ponen a salvo. Porque algo es seguro: ¡NO ESTAMOS SOLOS!

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