Por Joan Tudares

Qué laguna sutil, los pies abarrotados de algas, vocecitas colectivas retumbando y ausentes, como luces de una pista de baile, sollozando imponentes, me despierto, y el sol no es amable conmigo, los cangrejos en el trasero, y mi mente muy lejos de cualquier conclusión plenamente coherente, no veo sentido a esto, parece un sueño lleno de falacias templadas, aún no me quiero mover, pensando en saber si estoy vivo o muerto, aunque mis respiraciones son lentas, y no creo estar muerto, pues no hubiese vuelto a visitar otro lugar, no recuerdo qué paso, no recuerdo quién soy, y en mi nombre solo veo pequeñas vocales de algo que fui, cauto y temeroso bajé la cabeza y perfilé la mirada, solo veo un mar esmeralda y una arena amarilla que parece granos de fuego avivado, mi pipa un poco mojada, en el único bolsillo que quedó de mi pantalón. Intento estabilizarme, fuerzo mis brazos de hombre, sé que casi no responden, siento el cuerpo en narcosis, de hongos y manchas mentales, me levanto a traspiés, y con la energía de un cadáver embalsamado, bajo la tierra, escucho el azote de las olas, el rayo ultravioleta quema mis pestañas, y el viento trae los ecos dolidos de aullidos incesantes que apuñalan mi paz, parado firmemente por fin, siento un golpe de cristales intangibles, que agudizan mis sentidos, mi vista no encuentra la tierra, ni mi mirada un final, mi lengua marchita por la sal, mi nariz solo sirve para respirar este aire de soledad, mis oídos solo escuchando una vacía continuidad monocorde, claro y sensato caigo en cuenta de que mis dedos no pueden sentir. Empieza a funcionar mi maquinaria de huesos, y se divisa una selva espesa, verde y negra, ya este foco corto de luz, aproxima mi primera noche en el diluvio y la nada, en mis pasos llenos de lentitud y pesadez, empiezo a observar, veo los restos del barco y se entumece mi miedo, objetos los cuales no sé interpretar, pero sé que sujetan las pistas de por qué soy el único invitado y sobreviviente a esta cruda realidad, una cartera vieja y con una foto de un joven universitario, una ama de casa pelirroja muy hermosa, y una princesa de hielo pecosa de unos posibles 5 años, presiento que pertenecen al mundo más cercano, en el que este momento se me ve tan negado, sé que mi corazón los busca, busca algo más que un recuerdo mundano, algo más que una retrato que me ayude a caminar, los busco desesperado, creo que están en algún lado, esperándome para darme una explicación. A falta extrema de una tez o una sombra, y entre la repartida veloz y mortal de imágenes en mi cabeza, levanto mis manos y siento que los abrazo, ahora todo está claro. Ellos viven, en algún lugar más estruendoso y relinchante, ellos piensan en mí, que no paso por esto, que soy un espectro, entonces ahora sí, literalmente estoy muerto. Al presente, defino mi condición como un lobo sin Dios, solitario en una isla desierta, quizás perdida y desconocida, como un hombre que extraña aferradamente su oficina, su diván, y la hipnosis de un montón de padres incompetentes, suicidas inconformes, y niños que berrean por billetes de veinte dólares. No veo huellas flácidas, ni totalmente claras, escucho la naturaleza a sus puertas, como una hambruna de hienas diabólicas, exigiéndome abandonar mi raciocinio natural, adquirido por mi cantidad de pacientes; parece que solo quedamos, mi yo, mi ego y deidad pasional… ¿Ahora qué hago? Lo físicamente puro se ensucia en lo naturalmente carnal.
