En un pequeño y remoto pueblo, se alzaba una iglesia antigua con un campanario que parecía tocar el cielo. En él vivía Don Julián, el sacristán, un hombre solitario y enigmático que tenía la tarea de tocar las campanas para llamar a los fieles a misa. Era conocido por su puntualidad y su devoción, pero también por su mirada sombría y su comportamiento reservado.
Un 29 de febrero, algo macabro sucedió. Don Julián fue encontrado muerto en el campanario, su cuerpo colgando de una cuerda, con una expresión de terror en su rostro. No había ninguna explicación aparente para su muerte, y el pueblo quedó sumido en el miedo y la incertidumbre. Desde entonces, el campanario quedó en silencio, y la iglesia perdió a su misterioso sacristán.
Pero la historia no terminó ahí. Cada 29 de febrero, a medianoche, los habitantes del pueblo comenzaron a escuchar un redoble de campanas que provenía de la iglesia. Era un sonido lúgubre y escalofriante, que resonaba en la noche y llenaba el aire de una sensación de inquietud y desespero. Nadie sabía quién tocaba las campanas, pero todos sentían que era el espíritu atormentado de Don Julián, penando en el campanario y recordándoles su trágico destino.
Con el paso del tiempo, algunos valientes decidieron investigar el origen del siniestro redoble. Una noche, un grupo de jóvenes se armó de valor y subió al campanario justo antes de la medianoche. Esperaron en silencio, con el corazón latiendo con fuerza, y cuando el reloj marcó las doce, vieron cómo las campanas comenzaban a moverse solas, como si una mano invisible las estuviera tocando. Los jóvenes, aterrorizados, intentaron huir, pero algo oscuro y maligno los atrapó.
A la mañana siguiente, el pueblo despertó con una visión horrenda: los cuerpos de los jóvenes colgaban del campanario, igual que Don Julián, con expresiones de terror grabadas en sus rostros. El horror se apoderó del pueblo y la iglesia se convirtió en un lugar maldito. Nadie se atrevía a acercarse, y el redoble de campanas cada 4 años se convirtió en un recordatorio de la maldición que pesaba sobre el lugar.
La noticia se extendió rápidamente. Personas de pueblos cercanos venían a escuchar el redoble de las campanas y a experimentar el terror que emanaba del lugar. La iglesia, que había perdido a su sacristán, ahora se llenaba de visitantes que venían a presenciar el fenómeno. El misterio de Don Julián atrajo a curiosos y temerosos por igual, y el pequeño pueblo se convirtió en un lugar de leyenda oscura.
A pesar del miedo inicial, los habitantes comenzaron a ver el redoble de campanas como una maldición. Sentían que Don Julián seguía vigilándolos, su espíritu atrapado en un ciclo eterno de tormento. Cada 29 de febrero, a medianoche, el sonido de las campanas resonaba como un recordatorio de la tragedia y el horror que rodeaba la muerte del sacristán. Y así, la leyenda de Don Julián y su campanario vivió para siempre en los corazones de aquellos que escucharon su historia, una historia que se contaba de generación en generación, manteniendo viva la memoria de Don Julián y su perturbador redoble de campanas.
Muchos intentaron derrumbar la iglesia para acabar con la maldición, pero todos los esfuerzos fueron en vano. De manera inexplicable, el campanario volvía a su estado original, sin faltar una sola piedra en su construcción, como si una fuerza sobrenatural protegiera el lugar y mantuviera viva la maldición para siempre. De esta manera, los pobladores fueron abandonando ese sombrío lugar y dejando atrás el campanario y su maldición, donde cada año bisiesto se escucha el tañido de las campanas rompiendo el silencio apacible de lo que fue un pueblo alegre y acogedor.
Revisando los tantos relatos tomados de los registros policiales del pequeño pueblo donde crecí, di con una historia bastante interesante para contarles. A continuación el relato en primera persona.
“La vida era tranquila y predecible. Mi padre, Don Manuel, y yo trabajábamos en la funeraria familiar, un negocio que había pasado de generación en generación. Nunca imaginé que mi vida cambiaría tanto hasta el día en que a mi teléfono celular llegó un mensaje de un número desconocido.
Dicho mensaje contenía una propuesta inusual: un comprador anónimo ofrecía una gran suma de dinero a cambio de un esqueleto humano completo. Al principio, mi padre y yo nos mostramos reacios, pero la tentación del dinero fácil era demasiado grande. Decidí aceptar la oferta a sus espaldas, pensando que sería un único negocio, y aunque pensaba retirarme luego de ese primer trabajo, decidí continuar con tan escalofriante labor para obtener un beneficio extra para mi bolsillo.
Por las noches, iba con un vehículo especialmente preparado para llevar los restos desenterrados a un albergue alejado de la ciudad donde meticulosamente, me dedicaba a limpiar cada hueso con especial dedicación para obtener una pieza atractiva a la vista de los potenciales compradores. Manos, pies, columnas vertebrales, y muchos cráneos fueron piezas de intercambio por cheques de hasta seis cifras fruto de mi oscuro y tenebroso emprendimiento. Pronto, más y más ofertas comenzaron a llegar, cada una más lucrativa que la anterior. Me vi envuelto en un oscuro mundo de tráfico de huesos humanos, utilizando mi conocimiento y el acceso 24/7 a los cementerios cercanos para satisfacer la creciente demanda.
Con el tiempo, me convertí en un hombre rico, pero a un alto costo. Cientos de pedidos unos más macabros que otros me dieron una buena posición económica en menos de lo que podía imaginar. Sin embargo, la culpa y el miedo comenzaron a consumir mi alma. Cada noche, los rostros de los muertos me visitaban en mis sueños, recordándome el precio de mi fortuna. Mi padre al enterarse de mi negocio, se distanció de mí, incapaz de soportar la carga moral de mis acciones.
Un día, recibí una oferta que no pude rechazar: un comprador estaba dispuesto a pagar una suma exorbitante por un cadáver muy específico. Debía ser el cuerpo sin vida de una joven que haya fallecido sin sufrir daño alguno. Esperé el tiempo necesario, revisando a diario la lista de la morgue del hospital para tener acceso a algún cadáver que cumpla con los parámetros de mi cliente. El día llegó. Una jovencita de unos 22 o 23 años había muerto de una extraña enfermedad, justo lo que estaba esperando. Sin embargo, este último negocio resultó ser una trampa. La policía, alertada por mis sospechosas actividades, me arrestó en el acto y sin tener la oportunidad de defenderme pasaría el resto de mis días encerrado en prisión.
En la cárcel, tuve mucho tiempo para reflexionar sobre mis decisiones. Me di cuenta de que el dinero no podía comprar la paz ni borrar mis pecados. Pero algo más comenzó a suceder. Las noches en la celda se volvieron insoportables. Los rostros de los muertos ya no solo aparecían en mis sueños; ahora los veía en cada sombra, en cada rincón oscuro de mi celda. En medio del silencio, parecía escuchar las voces de los fallecidos retumbando en mi mente, reclamándome el por qué interrumpí su descanso eterno para enriquecerme a costa de profanar sus cuerpos.
Una noche, desperté con un frío sudor, sintiendo una presencia en la habitación. Al abrir los ojos, vi a un esqueleto completo, de pie al lado de mi cama. Sus huesos crujían de forma aterradora como ramas secas mientras se acercaba lentamente, acompañado del tétrico sonido de cadenas arrastrándose. Intenté gritar, pero ningún sonido salió de mi boca. El esqueleto extendió su mano huesuda y, con una voz que parecía provenir de las profundidades del infierno, susurró: “Ahora, tú serás parte de mi colección”.
Desde ese momento, la celda del sepulturero quedó vacía. Los guardias cuentan que sólo encontraron un montón de huesos sobre el camastro que servía de cama, perfectamente ordenados, como si alguien los hubiera colocado allí con sumo cuidado. La leyenda del traficante de huesos se convirtió en una advertencia para aquellos que se atrevían a jugar con la muerte al comerciar con los restos de seres humanos que han pasado a mejor vida al fallecer.
Nos conocimos un domingo por la tarde, en un parque cercano a mi casa, los árboles en su verde esplendor y las flores mostrando sus más vivos colores; la gente paseaba y se sentaba en los banquillos para conversar o para leer como era mi caso. Recuerdo vivamente cómo sucedió todo: ella vestía una blusa rosada y un pantalón negro que se ceñían ambos maravillosamente sobre su esbelta figura, su cabello, largo y negro resaltaba con su tez blanca cual luna llena, sus labios rosados y sus ojos verdes llamaban la atención y atraían las miradas de todos quienes pasaban a su lado esa tarde, lucía sobre su rostro un par de lentes que normalmente usaba para leer, y en sus manos llevaba un libro que yo había leído recién.
Justamente al mirarla, esbozó una sonrisa tímida y se sentó a mí lado, acomodó su cabello a un lado y se dispuso a leer su libro. Los nervios me traicionaron, no sabía ni qué decir o qué hacer, hasta que mentalmente, me armé de valor y decidí hablarle sobre el libro que leía. Durante toda esa tarde discutimos acerca del contenido del libro, sus personajes, la historia y también la enseñanza que cada uno de nosotros tenía sobre esa obra literaria. Atardeció, nos fuimos caminando por el parque hasta la parada del autobús y allí, sin mediar palabra alguna, sentimos de inmediato eso que llaman amor a primera vista. No podía sacarla de mi cabeza, estábamos tan sumergidos en nuestra conversación que ni siquiera tuvimos oportunidad de presentarnos mutuamente, no supe su nombre hasta mucho después, así que esperé toda una semana hasta que llegara el domingo, y teniendo siempre la esperanza de verla de nuevo en el mismo lugar donde la conocí. Llegó el tan esperado día; domingo, luego de las dos de la tarde, la esperé durante un buen rato, y, cuando pensé que no volvería, la vi llegar. Tan hermosa y tan llena de vida como hace una semana atrás. – ¡Hola! – Hola, ¿eres el chico del domingo pasado, con el que había hablado sobre el libro que estaba leyendo? – Ehhhh, sí. Soy el mismo. ¿Cómo olvidarme de una linda chica que jamás me dijo su nombre, a pesar de que hablamos durante un buen rato? – Samantha Gibson, muchísimo gusto. Perdón por no haberte dicho antes mi nombre, no entiendo el por qué no te lo había mencionado, suelo ser un poco olvidadiza… Puedes llamarme Sam, si gustas. – Un placer, Sam. Mi nombre es Tom Hudgens. ¿Me crees si te digo que también se me había olvidado presentarme el pasado domingo? – Son cosas que suelen suceder, como te dije soy olvidadiza a veces, y más cuando tengo cosas en mi mente. También parece que tuvimos el mismo plan, quise venir al parque con la intención de verte de nuevo… – No lo sé, sentí la necesidad de venir hasta acá, algo me decía que tal vez podría encontrarte y… Hablar contigo una vez más.
Ella se ruborizó, intentó disimularlo, pero su palidez la delató descaradamente, el rubor de sus mejillas combinaba con el rojo de sus labios y el color de su vestido que le quedaba a las mil delicias. Nunca había sentido algo así por alguien, y ella con su sonrisa, me hacía entender indirectamente que podía corresponder a mis sentimientos. La forma en la que nuestras miradas se cruzaban, la sensación de confianza y seguridad que existía de parte y parte hacía cada vez más evidente que nos unía algo más que un simple gusto literario. Veía en sus ojos un brillo especial y en su cuerpo podía notarse que sentía nervios al acercarme a ella. Todos los domingos quedábamos en vernos, Sam hacía que todo tuviese sentido para mí y yo hacía que ella se sintiera segura, protegida y querida. Así fue pasando el tiempo, todos los días nos hablábamos y como ya se había hecho costumbre, los domingos nos veíamos en el parque a la misma hora y en el mismo lugar.
Sin darnos cuenta habían pasado ya algunos meses; los dos nos quisimos tanto, el amor que nos teníamos era tan grande que, pensamos en oficializar nuestra relación amorosa uniéndonos en compromiso. Ella me dijo que había comprado un hermoso vestido azul y un par de tacones que combinaban a la perfección, haciendo ver su hermoso cuerpo de una forma espectacular, y me había dado a entender que lo usaría en un momento especial para nosotros. Esa semana se me hizo eterna como la primera vez que fui a buscarla en el parque esperando que llegara el momento de nuestra cita, me esmeré en extremo para que todo saliera muy bien, había comprado una caja de chocolates y un ramo de rosas para agasajarla en su llegada, había hecho una reservación en un restaurante de comida italiana y tenía pensado en llevarla al mirador de la ciudad para ver la luna llena y las estrellas para pedirle que nos casáramos, pero…
Nunca llegó. Con el corazón roto, la llamé a su casa, a su teléfono celular, y no hubo respuesta alguna. Sus padres ya me habían conocido y ya habían dado el visto bueno a nuestro noviazgo. En vista de que no tuve respuesta alguna a mis llamadas decidí visitarlos para saber qué había pasado con Samantha, así que salí lo más pronto que pude de mi casa en mi motocicleta, y al llegar a casa de Samantha, me recibió el guardia de seguridad. – Buenas tardes, soy Tom Hudgens, el novio de Sam, ¿Se encuentra en casa? – Buenas tardes, señor Hudgens, le informo que no hay nadie en casa, los señores se encuentran con la joven Samantha en el hospital. – ¿Qué? ¿Qué ha pasado con ella, se encuentra bien? – Disculpe, señor Hudgens, eso no puedo decirlo, no estoy autorizado para dar esa información, puede ir al hospital y hablar directamente con ella o con sus padres. Que tenga una buena tarde y una vez más, mil disculpas, lo siento mucho.
No escuché ninguna otra palabra más de parte del guardia que me había recibido en la puerta. Me fui al hospital inmediatamente, pero cuando llegué, ya era demasiado tarde. Samantha había sucumbido a una extraña enfermedad que la fulminó en pocos días. La muerte había tocado a su puerta, y, con lágrimas en mis ojos, la despedí con el dolor más grande que pude haber sentido en mi vida, y le pedí a sus padres que me dieran, a modo de recuerdo, ese vestido azul que no pudo estrenar. Y es todo lo que tengo qué decir sobre eso.
Nuevamente pasé una temporada en ese pueblecito de los Andes, donde, recordemos, fue el escenario del delirio y las locuras de Lucas, un hombre que vivía siendo víctima de las imágenes retorcidas y perturbaciones que creaba su propia mente en medio de la oscuridad de la noche y el frío gélido de las montañas, hasta que llegó su desdichado y trágico fin del cual me tocó ser inoportuno testigo. Durante esta nueva estancia, realicé una breve reseña de cómo era la vida en este lugar hace unos años atrás.
Al enterarse del motivo de mi visita al pueblo, varias personas me condujeron a una casita de bahareque y techo de teja donde Fernanda, una señora de avanzada edad de ojos azules, cabello blanco, grandes anteojos, sombrero y vestido, me recibió en su humilde y modesto hogar, al abrigo del frío, frente a la chimenea, al momento de entrar y sentarme a su lado. Recibí de sumo agrado una arepa de trigo recién hecha, un buen café y su respectiva ración de cuajada. Ella comenzó con su relato hablando sobre la pequeña escuela que tenía esta población, y aún más, al personaje encargado de impartir la tan necesaria educación a los niños en aquel tiempo.
Se trataba de don Sebastián García, quien fungía como maestro de escuela integral, quien tenía a su cargo, para aquellos años, un total de cuarenta alumnos de ambos sexos y edades diferentes. Enseñaba matemáticas básicas, moral y civismo, biología, ciencias sociales y humanidades, y el uso correcto del lenguaje y la comunicación, además de literatura. Todos los lunes llegaba a primera hora de la mañana, a lomo de su mula, cargada de libros y material educativo para la escuela tras unas cinco o seis horas de largo camino desde la ciudad y, luego de desayunar, se disponía a enseñar a los niños. Al final de cada jornada se hospedaba en la casona de don Pedro Moreno durante la semana. Llegaba el sábado, se levantaba de madrugada, preparaba su equipaje, se ponía su sombrero y su cobija, apeaba su mula, y se dirigía por el viejo camino real, a la ciudad donde le esperaba su hija, llamada Ana Emilia.
Resulta que don Sebastián había sido un hombre muy paciente, pero apasionado en su labor. Él enseñaba a sus alumnos de manera desinteresada, los padres de los niños a los cuales enseñaba, le proporcionaban entre todos una pequeña suma de dinero para poder costear el material educativo, además de rubros agrícolas para su propio sustento y el de su familia. Relataba Doña Fernanda que ella era alumna de don Sebastián y que, gracias a sus enseñanzas, ella pudo enseñar a sus padres a leer y escribir.
Todos los días, don Sebastián de manera abnegada, desinteresada y jovial, a las ocho de la mañana, tocaba la campana indicando el inicio de las clases. Los niños entraban a su salón, luego de entonar el Himno Nacional en el patio de la escuela, y cada mañana, revisaba los apuntes del día anterior de sus alumnos.
Mañana a mañana, día tras día, don Sebastián impartía sus lecciones a toda la “muchachera” que asistía a la casa de tapia y techo de carrizo y teja frente a la plaza del pueblo que fungía como improvisada aula de clases. Esta vivienda constaba de un gran patio central, a modo de zaguán, varias habitaciones pequeñas, y el salón además de una cocina y, alejada del lugar, un pozo séptico.
— Ah, me acuerdo cuando era escuelera, mi máma me embojotaba dos arepas con un pedacito de cuajada envuelta en frailejón que apañaba antes de prensar y ahumar los quesos, un pedazo de panela, y una pimpina chiquita con guarapo, eso me lo echaba a yo entre la marusa del avío, me terciaba la chispeadora y me iba piano piano con mi taita pa’ la escuela, él se iba al barbecho a fornalear y por el camino me dejaba con el maestro, a yo me gustaba ir, era muy juntera con Desideria, Epifania y con Juanita, y los chinos puro saboteando y no dejaban escuchar la clase, yo vinía y anotaba lo que decía el maestro, así juera en el puro piso me sentaba, pero lo que medio pude aprender lo aprendieron mis taitas, ya vieja les decía a los muchachitos míos que jueran pa’ la escuela, que eso sí es bonito porque se aprende mucho.— Era en parte lo que me decía doña Fernanda, con su parsimonia al narrar cada anécdota, mientras tanto hilaba un ovillo de lana para tejer.
Sumergido en el relato de la anciana, imaginaba las verdes montañas parameras con sus caminos de tierra, las grandes parcelas sembradas de papa y trigo, los hornos donde se cocían las tejas y ladrillos siendo sitio de reunión de la gente en las tardes y noches gélidas, el viento, el silencio y el frío en triunvirato siendo amos y señores del lugar y obviamente, los simpáticos niños del páramo corriendo a la cima del conocimiento y la cumbre del saber donde les esperaba puntualmente don Sebastián.
GLOSARIO: Avío: Provisión de comida o merienda para llevar al trabajo, la escuela, etcétera. Barbecho: Terreno donde se está cosechando algún rubro agrícola. Chinos: Niños, muchachos. Se usa esta palabra en la zona de los Andes venezolanos y en algunos departamentos de Colombia. Chispeadora: Ruana de lana que produce electricidad estática al usarla. Embojotar: Envolver. Escuelera: Alumna de alguna institución educativa. Fornalear: Trabajar, forma vulgar de jornalear. Guarapo: En la zona andina, se suele preparar una bebida caliente con agua y papelón, para combatir el frío o acompañar el desayuno o la cena. Juera: Fuera, del verbo ir. Marusa: Especie de bolso tejido o de tela. También se refiere al filtro de tela artesanal que se usa para colar el café. Piano piano: Poco a poco, con calma. Taita: En singular se refiere al padre de familia, en plural, a ambos padres. Terciar: Ponerse alguna prenda de vestir o cargar algo sobre la espalda. Proviene de la acción de cargar un tercio o carga de leña. Vinía: Venía
Don Javier era un viejo millonario italiano que, aunque vivía con sus hijas, seis, para ser más específico, Luna Llena, Luna Nueva, Luna Clara, Luna Gris, Luna Blanca y Luna Negra, tenía una vida muy solitaria. Vivía rodeado de los más excéntricos lujos y con mucha pomposidad, pero siempre sentía que algo le faltaba. Tenía un hermano, Marco, que nunca iba a visitarlo, y eso lo hacía sentir muy mal. En su enorme mansión vivía, como ya lo dije, con sus seis hijas, y muchos de sus empleados que también habitaban esa enorme mansión; jardineros, amas de llaves, cocineros, etcétera, se habían convertido en parte de la familia de Don Javier. Esta mansión tenía la particularidad de que podías entrar fácilmente, pero, era prácticamente imposible salir de allí. Solo Don Javier conocía la forma exacta para abandonar su propia casa, solo él y nadie más.
Habíamos ido de visita para realizar un reportaje acerca de la historia de la mansión de Don Javier, mi compañera y yo, y nos quedamos maravillados y atónitos ante semejante construcción: enormes jardines llenos de caminos de piedra, fuentes de agua y pequeños lagos poblados de patos y otros animales, un gran muro de arbustos muy bien podados nos rodeaban además de un gran arco de mármol que nos daba la bienvenida a la casa principal. Lucía imponente, como un gigantesco castillo medieval, al cual se podía entrar a través de unas escaleras anchas y bajas, allí nos esperaba doña Eva, que era la ama de llaves principal de esa enorme casa. Salieron a nuestro encuentro las seis Lunas, el pequeño José Ruth, hijo de Luna Clara, el mayordomo, el portero que se llamaba Pedro, y todos los que en ese momento estaban allí, pero sin rastro de Don Javier.
Como era de imaginar y de esperar, dimos un recorrido guiado por la enorme casa, vimos las habitaciones, los salones, el gigantesco comedor y su respectiva cocina, anchos pasillos nos conducían a diferentes estancias, en fin, un largo recorrido por la mansión. Fue tanto lo que tuvimos que caminar que me quité los zapatos para poder realizar la visita sin inconvenientes. Habíamos hablado con doña Eva, quien nos dio todos los detalles acerca del trabajo que se realizaba a diario por todos los empleados, además de que las seis Lunas también nos dieron una gran cantidad de anécdotas familiares, pero llegó a colación un comentario sobre la mayor particularidad de la mansión; Luna Clara, con voz de misterio, nos dijo: -«Todo el mundo sabe cómo entrar aquí, mas nadie conoce la forma de abandonar nuestra casa, mi padre es muy celoso con su secreto, tanto que no lo confió a ninguna de nosotras, sus hijas, ni a doña Eva, ni a nadie más.»
Esas palabras nos estremecieron y nos llenaron de cierto temor de quedar atrapados allí, en un lugar que parecía haber quedado congelado en el tiempo y que cada vez parecía hacerse más y más grande. Luego de haber realizado nuestro reporte, nos invitaron a un abundante y opíparo almuerzo junto a toda la familia y los empleados de mayor confianza de Don Javier, pero, como ya saben, el dueño de la mansión no se hizo presente. Comimos los más variados platillos y postres que solo una familia grande y pudiente podría darse el lujo de probar a diario. Luna Clara y sus hermanas nos dieron un segundo recorrido, en esta oportunidad a través de un sinuoso jardín lleno de arcos y caminos hechos de ladrillos, seguidamente, ese jardín culminaba en una gran fuente bajo techo con piscinas circulares y poco profundas, a las cuales se podía acceder a través de otro camino de ladrillos de forma zigzagueante, como una larga y colorada serpiente. Grandes lámparas colgaban del techo del recinto además de la luz del sol que entraba a la sala a través de grandes ventanales vestidos de ricos vitrales cargados de muchas formas y colores. Luego de esa segunda vuelta a los alrededores de la mansión, recibimos un recado por parte de doña Eva; al fin, luego de una larga espera, Don Javier nos recibiría.
Fuimos de inmediato a la gran casa del millonario anciano, que se encontraba en su habitación solo, envuelto en sus sábanas en un rincón, sentado en una silla y con cara de profunda tristeza y preocupación. Murmurando, nos pidió que nos acercáramos a su lado, y nos dijo en voz baja: «Aunque tengo todo lo que un hombre busca, quiere y necesita a lo largo de su vida, una hermosa familia, una casa enorme, una gran cantidad de lujos y comodidades, he sentido que falta algo para que mi felicidad sea completa, aunque mi hermano no haya venido por acá en muchos años, espero que esté bien y que por lo menos se acuerde de mí, eso me basta para poder estar en paz conmigo mismo…» Al escuchar a Don Javier hablando de esa forma, mi compañera, de manera no muy oportuna, interrumpió al anciano y ella quiso saber la forma de salir de la casa, a lo cual, Don Javier le respondió: «No hay manera de salir de un lugar al cual nunca se ha podido entrar. Si aún queda algo pendiente, algo por lo cual tu misión aún no está completa, tal vez no sea el momento adecuado para quedarse aquí, pero no soy el más indicado para mostrarles la salida de la mansión; salgan, salgan de aquí, mi tiempo con ustedes se ha terminado…»
Al salir, solo recuerdo que atravesamos un largo y estrecho pasillo, iluminado por una luz blanca que nos conducía a un laberinto rodeado de paredes blancas, no había nadie más aparte de mi colega, cuando, al llegar al laberinto, apareció frente a nosotros el nieto de Don Javier, el hijo de Luna Clara, José Ruth, vestido completamente de blanco y con un pequeño conejo, blanco también, en sus manos, al momento de vernos, salió corriendo a través del laberinto y decidimos seguirlo. A través del sinuoso y blanco pasillo fuimos corriendo detrás del pequeño niño y su conejito, y, al llegar a la salida, una fuerte luz blanca nos iluminó, seguidamente una voz nos dijo exactamente lo que Don Javier nos contó en su habitación: «No hay manera de salir de un lugar al cual no se ha podido entrar…»
Todo tenía sentido para mí. Mi compañera y yo despertamos en la sala de emergencia del hospital, habíamos tenido un accidente automovilístico; cuando desperté de la muerte, recordé claramente lo que Don Javier nos dijo: «Si aún queda algo pendiente por hacer, algo por lo cual tu misión no está completa, tal vez no sea el momento adecuado para quedarse AQUÍ…»
Habíamos muerto y visitado la mansión celestial, creo que incluso hablamos directamente con Dios, comprendí que nuestra misión aún no está completa en este mundo. Por eso, el secreto para volver al plano terrenal no lo conoce nadie, ni siquiera nosotros que vimos cómo se podía volver del más allá.
Trabajaba en una antigua construcción del siglo XIX a las afueras de la ciudad, estábamos en labores de restauración de la estructura de una vieja casa que, a juzgar por la cantidad de habitaciones y oficinas que allí habían, se trataba de un hospital, un hotel o una de tantas casas que funcionaban como centros de albergue de pequeños niños que, por circunstancias de la vida, lamentablemente quedaron huérfanos o simplemente eran abandonados por sus inescrupulosos padres queriendo librarse de sus responsabilidades. Según nos contó el profesor Dexter Ambrose, cronista e historiador, allí efectivamente funcionaba un orfanato, llamado Sterling-Mason en honor a las familias que eran las benefactoras de dicho orfanato entre los años 1850 y 1893 donde por una extraña y desconocida razón, éste fue clausurado.
Al abrir las puertas de la casa, se percibía un ambiente tétrico y espeluznante, incluso a plena luz del día, ventanas rotas, la madera de las puertas y el piso carcomida por las termitas y enmohecida por la humedad del lugar, telarañas y un fuerte hedor a excremento de palomas en todo el lugar, daban escalofríos y miedo tan sólo al pasar a través de las habitaciones; los catres y literas aún con sus sábanas y almohadas acomodadas en su lugar, donde los ratones habían hecho sus madrigueras y los baúles que guardaban las pertenencias de los pequeños permanecían cerrados, como cápsulas del tiempo que aguardaban ser abiertas. Al final del pasillo principal se encontraban las oficinas principales del orfanato, dirigido al momento de su clausura por Mr. Simon Johnson y asistido por las hermanas de la Orden de las Carmelitas Descalzas, que se abocan principalmente al cuidado de los más desposeídos, los ancianos y en este caso, a los cientos de huérfanos que allí vivían durante los 43 años de servicio del hogar.
Abrimos las puertas de la oficina principal y logramos encontrar el archivo que custodiaba con sumo recelo y cuidado, los expedientes de todos los niños y niñas, en estricto orden alfabético en dos gavetas; una, donde se encontraban los documentos de los niños que eran adoptados, y por otro lado, la gaveta más grande donde estaban los expedientes de los niños que esperaban encontrar una nueva familia. Según el estudio del profesor Ambrose, de acuerdo a lo encontrado en el archivo de niños adoptados, se pudo deducir que la gran mayoría fueron adoptados por familias pudientes no sólo de la ciudad de Nueva York, sino también de ciudades como Chicago, Boston y Detroit, mientras que eran realmente reducidos los casos en los que los niños volvían al orfanato Sterling-Mason, que se había caracterizado por enseñar valores y disciplina de manera estricta, además de proporcionar la educación básica para que los niños pudieran tener conocimientos acerca de ciencias varias al momento de su adopción o al momento de que cumplieran su mayoría de edad.
Al momento de finalizar la inspección preliminar de la estructura de la casa, nos dispusimos a realizar las labores de restauración, pedida expresamente por el Departamento de Preservación del Patrimonio Histórico del ayuntamiento, donde el Profesor Dexter Ambrose era uno de sus más importantes miembros, además de ser un gran historiador, es un hombre apasionado en los temas de la navegación y las diferentes expediciones que se han realizado alrededor de los polos. En una breve reunión que tuvimos con él, nos explicó que esta casa donde funcionaba el orfanato, era una propiedad conjunta entre las familias Sterling y Mason, que amasaron grandes fortunas en la industria del carbón y la industria ferroviaria respectivamente, y que fue adquirida en el año 1848 precisamente para iniciar el funcionamiento de dicho orfanato, administrado en primer lugar, por la esposa de uno de los magnates que se asociaron; Elizabeth Sterling, sucedida en su puesto años más tarde por su hija, Margaret Sterling-Mason. Ambas fallecieron en circunstancias aún desconocidas, asistidas siempre por las hermanas Carmelitas, y finalmente su puesto fue tomado por Simon Johnson, un profesor de escuela primaria caracterizado por su estricto carácter y su falta de tolerancia ante la indisciplina y el desorden.
En los alrededores de la casa, los jardines eran los únicos lugares donde el paso del tiempo no hizo mella; jazmines, lirios y muchas rosas aún florecían como en los tiempos pasados, donde a diario se veían a los niños correr y jugar en los espacios del hogar de cuidado, mientras eran observados por las monjas que se encargaban de velar por ellos. El parque de juegos estaba también deteriorado, aunque me llamó la atención una puerta metálica sellada al fondo del edificio con remaches y soldaduras. Intrigado, mantuve este lugar en secreto para intentar saber qué se ocultaba a la vista de quienes entraran al recinto luego de la clausura del orfanato. Juzgué que detrás de esa puerta, se encontraba la respuesta al misterio en torno al cierre del lugar. Durante las labores de restauración, me tomaba un buen tiempo para intentar abrir esa puerta, usando las herramientas de los obreros que habíamos contratado para trabajar en ese momento, sierras, cizallas, discos de corte… Nada había funcionado hasta entonces.
Durante el día, no sucedía nada fuera de lo común dentro de la casa, hasta que una noche, los vecinos llamaron a la policía argumentando escuchar ruidos provenientes del antiguo orfanato; sonidos de cadenas arrastrándose, seguido de alaridos de dolor y sufrimiento acompañados de carcajadas fueron la sinfonía del horror orquestada esa noche en particular. Este misterio se volvía más difícil de resolver. A la mañana siguiente, hablé con el profesor Ambrose sobre la puerta del fondo del pasillo, confidencialmente, por supuesto; afirmó que dicha puerta no aparecía demarcada en los planos originales del edificio y que, por consiguiente, no representa algún acceso o construcción anexa al patrimonio documentado en la propiedad. Insistí en llevarlo hasta el sitio y efectivamente, me creyó acerca de este acceso oculto, e inmediatamente, llamó a dos obreros para que pusieran manos a la obra y derribaran esa puerta. Encontramos cierta dificultad para ingresar al recinto que se hallaba tras esas paredes, bajamos a través de unas escaleras que allí se encontraban, y llegamos a una especie de sótano amplio y completamente oscuro donde la única manera de acceder era a través del paso que habíamos descubierto. Llevamos nuestras linternas para iluminar nuestros pasos, y al llegar al sótano, no encontramos evidencia alguna de que allí se realizara algo. El piso era enteramente de tierra, algo muy extraño en esta clase de construcciones de la época. El profesor Ambrose inspeccionando más de cerca, pudo encontrar irregularidades en el piso de la habitación, tales como desniveles en el suelo y unas extrañas cadenas que colgaban de las paredes, de la misma manera como se veían en las mazmorras de los castillos antiguos.
-¡Traigan de inmediato las palas y comiencen a excavar!- exclamó sin titubeos el profesor Ambrose, adelantándose a cualquier petición que yo le hubiera hecho en ese momento. Tras varios minutos excavando, encontramos una caja de hierro, que contenía en su interior varios documentos, entre ellos, una lista de los jovencitos que habían sido devueltos al orfanato, bajo la administración de Johnson, cuya firma aparecía en cada carta de devolución expedida a su oficina. Acto seguido, seguimos excavando y, lo descubierto, nos causó espanto y terror. Una carta dentro de una botella, firmada por el mismísimo Simon Johnson, confesando que él había sido parte del orfanato desde que era un pequeño bebé hasta el momento de su adopción, y que desde que tenía uso de razón, recordaba los malos tratos que, según su escrito, le propinaban las Carmelitas debido a su mal comportamiento. Afirmaba también que deseaba en ese momento de su vida llegar a ser el director del orfanato para poner en su lugar a cada una de las personas que le hicieron daño durante su estancia en ese lugar, también confesó con lujo de detalles, que secretamente mandó construir ese sótano para usarlo como cámara de tortura no sólo para hacer sufrir a quienes eran sus víctimas, sino que también a cada uno de los niños que, por ciertas circunstancias no eran adoptados. Al pie de la carta, también confesó haber asesinado a todos los maestros, a los cientos de huérfanos que allí vivían al momento de la clausura del orfanato y a las hermanas que allí servían durante su administración, mintiendo acerca del destino de las personas que mataba y que torturaba de diferentes maneras, y que al momento de escribir ese mensaje, estaba arrepentido de haber realizado tales atrocidades en ese lugar, y que, la mejor opción que tenía era acabar con su vida.
Todos, horrorizados y confundidos, nos retiramos de allí, con más dudas que respuestas, como habíamos acordado, nuestro trabajo de restauración del antiguo orfanato Sterling-Mason había finalizado, y, al cabo de varios meses, tras investigaciones, el sótano secreto había sido descubierto. De inmediato, iniciaron excavaciones donde encontraron los restos de cientos de personas que allí habían sido sepultadas, y en una habitación secreta adyacente, se encontró colgado del cuello, el cadáver reseco de Simon Johnson.
Hace un tiempo, en las sabanas africanas, específicamente en Kenia, mi compañera Alma y yo nos dirigimos hacia un lugar maravilloso, donde la fauna salvaje prosperaba de manera excepcional. En nuestra primera noche allí, vimos de forma dispersa una manada de leones, cuya hembra alfa se disponía a cazar una joven cebra, pero, al acecho también estaba una jauría de hienas manchadas, cuya sola presencia incomodó a nuestra leona, que, desgraciadamente, cayó víctima de las hienas, quienes de manera cobarde y ruin, asesinaron a esta magnífica bestia.
Al día siguiente de ese desproporcionado encuentro mortal, Alma, dos hombres que nos acompañaron en el recorrido en la sabana y yo salimos en busca de una nueva manada para observar y, de esa forma, encontrar lo que estábamos buscando.
No tardamos mucho cuando vimos a lo lejos a una joven leona dando a luz por primera vez, por la época y la cercanía asumimos que se trataba de una leona que pertenecía a la manada de la leona que, desdichadamente, vimos morir la noche anterior.
De su vientre vi salir un cachorro que a pesar de no ser tan especial o particular, tenía un aura especial que hacía que no fuera difícil de que pasara desapercibido.
Con sigilo me acerqué. -¿Qué diablos haces? -dijo Alma, como diciéndolo entre dientes. -Espera… quiero verlo, puedo grabar todo -respondí -Estás loco -dijo ella.
Cuando, a lo lejos divisé un joven que pertenecía a una de las muchas tribus que, siguiendo tradiciones primitivas de su cultura, daba muerte con su lanza a la cabeza visible de la manada. Me dolió ver como asesinaban a tan magnífico animal que, sin razón aparente, fue muerto y llevado a rastras por el joven y los demás miembros de la tribu.
Mis presentimientos acerca del pequeño león eran ciertos. Estaba llamado a ser el líder que defendería a su manada incluso con su propia vida, no como lo hacían ver las películas y series de televisión que vi una vez, sino de la forma más salvaje y primitiva posible. Pasaron los meses, partimos del lugar y siempre me quedó la espina de saber qué había sucedido con mi pequeño amigo y su manada, cuando surgió nuevamente la ocasión de visitar el mismo sitio en la misma época que lo vi por primera vez.
Pasado el tiempo, regresamos al lugar donde habíamos visto ese acontecimiento tan especial y maravilloso; la manada había crecido, dado que las hermanas de nuestro cachorro habían engendrado prole propia, se me hizo extraño y a la vez tan normal no ver a nuestro amigo y por quien habíamos vuelto a ese lugar, mi instinto dio señales de un presagio que no quería que fuese realidad.
Recorrí la zona en el jeep de los guías del lugar, muy buenos amigos míos por cierto, cuando observé muy cerca de mi a un imponente y gigantesco felino acechando a una manada de cebras, miré detenidamente y pude mirar, completamente estupefacto y asombrado, que ese era el mismo cachorro qué Alma y yo vimos nacer. Quedé anonadado por ver el tamaño de ese león, era mucho más grande que cualquier otro león que haya visto, mi jeep se veía diminuto al lado de esa bestia, que hace unos años, se veía tan pequeño y débil a tal punto que creí que parecería bajo el inclemente sol de la sabana africana. Alma no me acompañó, nos separamos dado que debía estudiar a varias especies en peligro de extinción del sureste de Asia, pero, en esta ocasión, me acompañó mi fiel compañero Simeón, mi perro que había rescatado de la calle. Simeón se bajó apresuradamente del jeep, lo seguí e iba directamente a donde estaba mi gigantesco amigo melenudo, tal vez por curiosidad o por querer jugar con un gato gigante. Huyó espantado por el potente zarpazo qué propinó el león a una cebra, de tal manera que el equino cayó al suelo y poco pudo hacer para ofrecer resistencia ante el ataque mortal. Su madre, sus hermanas y el resto de la manada se acercaron a disfrutar del festín de carne fresca que les ofrecía su líder, cuando a lo lejos se podía distinguir claramente el chillido burlesco e infame de una manada de hienas acercándose. Las hienas, al ver de qué manada era la presa, se alejaron dado que el león había tenido una larga guerra contra ellas, la cual, dio como resultado la derrota del grupo de carroñeros. Aunque, por otro lado, la manada tenia una nueva batalla qué librar, no era contra las hienas, o los perros salvajes, no… Era ante un enemigo más poderoso que todas las fieras juntas. Los masai.
Los feroces guerreros Masai acostumbran cazar leones como rito de pasaje para convertirse en hombres desde tiempos milenarios, y eso diezmó la población de leones en esa región, muchos fueron asesinados vilmente, incluyendo al padre de mi león. Escuché a los lugareños decir que los Masai buscarían matar al león, que quien lo hiciera se llevaría como esposa a la hija del jefe de la tribu, tal rumor me heló la sangre y me llenó de espanto. En silencio me retire del lugar y busqué por todos los medios posibles a la manada, tenía que asegurarme que nadie tocaría a ese majestuoso animal… Llegué justo a tiempo, la manada en pleno descansaba al pie de un frondoso árbol de acacia, abundantes en este lugar, mi león lucía imponente, rodeado de toda la manada, las leonas y sus cachorros, y algunos machos viejos y jóvenes que permanecían allí con ellos, con este hecho, pude constatar de que este enorme felino no era como los otros leones que había observado antes, que expulsan a los machos jóvenes o viejos de la manada, sino que, los preservaba y los tenía preparados para cualquier eventual ataque de hienas u otros elementos que pudieran representar una amenaza para su familia. Instalé rápidamente mi campamento en ese lugar, a cierta distancia de la manada, mi intención no era que me vieran como un extraño más, pero, quería prevenir un ataque inesperado, hice vigilia por varias horas, me alimentaba, descansaba y volvía a mis labores de quedarme allí, protegiendo al enorme león de su posible muerte.
Allí permanecí durante esa noche, al tanto de lo que pudiera suceder afuera durante mi guardia, sin molestar a la manada, pero tampoco sin perderlos de vista ya que era mi propósito principal en ese momento, cuando en plena madrugada, escuché los cánticos ceremoniales de los Masai que, sin lugar a dudas, eran el inicio de mi presagio. Me levanté rápidamente, cogí mis lentes de visión nocturna y sigilosamente me acerqué al lugar donde estaban los miembros de la tribu, bailando y cantando alrededor del joven que, buscaría de cualquier manera, acabar con la vida del majestuoso felino que era motivo de mi preocupación, ese león que vi nacer y que creí que moriría por su extrema pequeñez y debilidad, y que en poco tiempo se convirtió en el máximo líder de la manada y rey de esos dominios donde él y sólo él, decidía el destino de sus congéneres y de los demás animales que allí vivían.
Llegó el amanecer de forma abrupta, los ancianos y los cazadores más experimentados aconsejaban al jovencito sobre la forma en que debían matar al león por medio de sus lanzas, buscando emboscar a su objetivo y alejando al resto de la manada que, seguramente buscarían proteger a su líder. Según lo que pude entender, irían al fondo de un desfiladero, atrayendo al grupo de leones con la carne de una vaca que había sido sacrificada para ese fin, luego, acorralarían al gigantesco animal para que el joven Masai se encargase de darle muerte con su lanza atravesando su pecho y destruyendo su corazón. Tomé las medidas respectivas del caso para evitar a toda costa, que mi magnífico león fuese asesinado. Llevaba mi escopeta, sólo por precaución, no quería usarla para nada, aunque si hubiera sido necesario, no me hubiera costado nada vaciar su contenido sobre cualquier persona que se opusiera a mí, sin importar las consecuencias que acarrearía una situación de ese tipo. Aprovechando que los hombres de la tribu estaban entretenidos entre el jolgorio y el alboroto de la ceremonia, amarré el cadáver de la vaca por una pata a una soga, mientras que el otro extremo lo enganché a mi jeep, con sumo cuidado, me deslicé hasta mi vehículo, lo encendí, arranqué y entre tanto alboroto, la carne fue arrastrada hasta el lugar donde se encontraba la madre y el resto de leones, donde, mi mayor satisfacción fue el ver a todos alimentarse con los restos de ese animal que en manos de los Masai serviría de cebo para atraerlos a una muerte segura.
A pesar de que frustré los planes de los cazadores, seguían empeñados en matar al enorme león que, de cariño, comencé a llamarle Atrox, por su gran parecido en su tamaño a una especie extinta de león que habitó el continente americano durante la Edad de Hielo y que, precisamente, su nombre científico es Panthera leo atrox. Nunca había visto un enorme felino de ese tamaño en estado salvaje, aunque había visto en reiteradas ocasiones varios ejemplares de “ligre”, híbridos producto del cruce entre un león macho y una tigresa que llegan a ser realmente gigantes en comparación a sus padres, ya que no paran de crecer durante su vida. Este león no era un ligre porque vi con mis propios ojos, y mi compañera Alma está de testigo, que nació de una leona, así que no me queda a duda de que se trata de un espécimen único en su tipo, que logró crecer más que el resto de sus hermanos y que el resto de los demás miembros de la manada, sin indicios de que pueda ser un raro caso de gigantismo o poseer algún otro tipo de trastorno a nivel hormonal.
Prosiguiendo con el relato, los Masai estaban decididos a terminar con Atrox y su manada, de una vez por todas, cuando, en los alrededores de la aldea, retumbaron varios rugidos seguidos por gritos y llantos de mujeres y de los niños, donde una manada de leones se entregaba al festín de carne humana, mientras que en el cañón del desfiladero, los cazadores resultaron convertirse en presas, donde Atrox encabezó la matanza donde murieron todos los Masai, incluyendo al joven escogido para matar al enorme felino.
No entiendo aún por qué la manada actuó de esa manera, ¿Venganza, tal vez? ¿Tendrían algún propósito para invadir la aldea Masai y masacrar a la población más vulnerable mientras que los hombres no estaban? La guerra entre los Masai y la manada de Atrox estaba más que cantada, y yo no podía hacer nada más al respecto. Y así, nació el mito de los leones cazadores de hombres en las sabanas kenianas, una manada que, de forma imparable e inmisericorde, sembraban el terror y el miedo entre animales y seres humanos de los alrededores, encabezados siempre por el majestuoso león gigante que vi nacer.
Vivíamos en un pueblecito de los Andes, apartado de cualquier ciudad o carretera nacional, donde el frío era el pan nuestro de cada día, donde en raras ocasiones se veía alguna novedad o cosa interesante que llamara la atención de la gente, un pueblo donde la paz, el silencio y la calma reinan bajo el susurro de la brisa y las caricias de los rayos del sol, hasta que, una mañana del mes de Noviembre, en los alrededores de nuestra casa, un grito alarmó a los vecinos y a los que estaban cerca del lugar.
Era Lucas, un hombre que se dedicaba a vender perritos en los diferentes lugares de interés turístico del pueblo, que en anteriores ocasiones había experimentado delirios y cierta locura debido a los excesos del vicio y la escasez de alimentos, todo esto debido al abandono y la falta de apoyo por parte de sus familiares, quienes lo hacían a un lado y sufría constantes vejaciones e insultos en su casa. Volviendo al tema de esa mañana, ese grito fue seguido de carcajadas, silbidos y disparates, al ver a este pobre hombre en su delirio, las mujeres y los niños se refugiaban en sus hogares mientras que los hombres hacían un esfuerzo por ignorar al loco o simplemente, le seguían la corriente más para divertirse que con cualquier otro propósito.
Al transcurrir del tiempo, se le veía constantemente caminando de arriba hacia abajo, una y otra vez, a través de la carretera, sin importar la hora y el clima, exhibiendo sus ropas sucias, malolientes y desaliñadas, un par de zapatos igualmente desgastados por sus caminatas de un pueblo a otro, su mirada perdida en el horizonte y en su rostro, barba y bigote de baba marrón por el excesivo consumo del chimó. Sumergido en su paranoia esquizofrénica, se lanzaba hacia los vehículos que circulaban y hacia los transeúntes que se cruzaban en su camino. Ya en el pueblo, durante las largas horas de racionamiento eléctrico, se dedicaba a tocar las puertas de las casas, no de la manera en que se hace para entrar a un lugar para visitar a la gente, sino que tocaba la puerta con tal fuerza y tal estruendo, que todos se asustaban, no sólo el susto era para las personas de esa casa, sino que también los vecinos y las personas que pasaban por allí a esa hora.
Recuerdo que una noche, llegó a tocar la puerta de nuestra casa, eran más o menos las 9 o 10 de la noche (no sabría decir qué hora era exactamente, en ese momento no tenía a la mano un reloj ni mi teléfono celular para ver la hora), se puso a cantar como un gallo, soltó varias carcajadas al aire y se fue, continuando el mismo ritual en las casas de nuestros vecinos.
No era para menos el temor que sentía la gente hacia el loco Lucas, que por su estatura y su contextura física, intimidaba al más valiente. De por sí, en sus cabales era un hombre que inspiraba miedo, ahora ya se podrán imaginar lo que podría ocurrir con su mente turbada y fuera de razón. Muchos fueron los intentos por hacer calmar al loco Lucas, pero todos fueron en vano. En una ocasión, algunos hombres intentaron enlazarlo y amarrarlo como lo harían con el ganado vacuno o como cualquier otro animal, pero, era tanta la fuerza del hombre que no podían sostenerlo entre 8 personas.
Sus familiares me dijeron que hicieron lo humanamente posible para contenerlo; internarlo en un hospital psiquiátrico donde obviamente tendría todos los cuidados necesarios para alguien con su condición, sedarlo, encerrarlo…. En fin, él, a pesar de su locura, encontraba la mejor manera de escabullirse y seguir con sus andanzas. Él no era de esas personas que gustaran de beber, pero su vicio era mucho más adictivo y accesible a su ya empobrecido bolsillo: el chimó. Pasaba todo el día, calle arriba y calle abajo, no podía ver los abastos y bodegas abiertos porque, sentía la necesidad de tomar a la fuerza ya fuese un racimo de cambures o una bolsa de pan para mitigar el hambre, y los dueños de esos establecimientos comerciales, eran conscientes de la situación de Lucas que, sencillamente, lo dejaban tranquilo para no ganarse un insulto o una agresión sin necesidad.
Así fueron pasando los días, al anochecer, las personas se guardaban en sus casas por el temor de que el loco Lucas hiciera de las suyas y agrediera a alguien que se cruzara en su camino. Trataba a la gente de “mulas” y con cualquier otro improperio que le resultara adecuado para esa persona en particular, era tal el miedo que sentíamos en el pueblo que, mucha gente pensaba en mantenerse encerrada en sus casas por miedo al loco Lucas.
Resulta que, en una noche donde la oscuridad reinaba sobre nuestro pueblo, el loco Lucas en sus caminatas nocturnas iba cruzando el puente que comunica el pueblo con otro caserío, justamente ese puente quedaba cerca de mi casa, cuando, unos hombres, se bajaron de una camioneta y decidieron seguir a Lucas a través del puente. Sigilosamente fueron detrás de él manteniendo la distancia correspondiente para no alarmarlo y no llamar su atención, cuando, uno de estos sujetos, blandió un bate de béisbol de aluminio y lo sacudió con todas sus fuerzas sobre la cabeza del pobre loco, que lo hizo caer inmediatamente del puente hacia el río, donde irremediablemente, cayó y quedó privado en el acto. Estos hombres, fueron deprisa hasta el puente, bajaron rápidamente hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo inerte de Lucas, lo amarraron y lo envolvieron en una bolsa plástica y se lo llevaron con rumbo desconocido, posiblemente para enterrarlo o para quién sabe qué cosa…
Cada lugar tiene sus personajes particulares, unos más célebres que otros, en este caso, un pobre hombre que no tenía la culpa de padecer una condición mental inestable y que por su delirio, no hacía otra cosa que vagar por las calles sin más premisa que vivir a su manera.