
Nos conocimos un domingo por la tarde, en un parque cercano a mi casa, los árboles en su verde esplendor y las flores mostrando sus más vivos colores; la gente paseaba y se sentaba en los banquillos para conversar o para leer como era mi caso. Recuerdo vivamente cómo sucedió todo: ella vestía una blusa rosada y un pantalón negro que se ceñían ambos maravillosamente sobre su esbelta figura, su cabello, largo y negro resaltaba con su tez blanca cual luna llena, sus labios rosados y sus ojos verdes llamaban la atención y atraían las miradas de todos quienes pasaban a su lado esa tarde, lucía sobre su rostro un par de lentes que normalmente usaba para leer, y en sus manos llevaba un libro que yo había leído recién.
Justamente al mirarla, esbozó una sonrisa tímida y se sentó a mí lado, acomodó su cabello a un lado y se dispuso a leer su libro. Los nervios me traicionaron, no sabía ni qué decir o qué hacer, hasta que mentalmente, me armé de valor y decidí hablarle sobre el libro que leía. Durante toda esa tarde discutimos acerca del contenido del libro, sus personajes, la historia y también la enseñanza que cada uno de nosotros tenía sobre esa obra literaria. Atardeció, nos fuimos caminando por el parque hasta la parada del autobús y allí, sin mediar palabra alguna, sentimos de inmediato eso que llaman amor a primera vista. No podía sacarla de mi cabeza, estábamos tan sumergidos en nuestra conversación que ni siquiera tuvimos oportunidad de presentarnos mutuamente, no supe su nombre hasta mucho después, así que esperé toda una semana hasta que llegara el domingo, y teniendo siempre la esperanza de verla de nuevo en el mismo lugar donde la conocí. Llegó el tan esperado día; domingo, luego de las dos de la tarde, la esperé durante un buen rato, y, cuando pensé que no volvería, la vi llegar. Tan hermosa y tan llena de vida como hace una semana atrás. – ¡Hola! – Hola, ¿eres el chico del domingo pasado, con el que había hablado sobre el libro que estaba leyendo? – Ehhhh, sí. Soy el mismo. ¿Cómo olvidarme de una linda chica que jamás me dijo su nombre, a pesar de que hablamos durante un buen rato? – Samantha Gibson, muchísimo gusto. Perdón por no haberte dicho antes mi nombre, no entiendo el por qué no te lo había mencionado, suelo ser un poco olvidadiza… Puedes llamarme Sam, si gustas. – Un placer, Sam. Mi nombre es Tom Hudgens. ¿Me crees si te digo que también se me había olvidado presentarme el pasado domingo? – Son cosas que suelen suceder, como te dije soy olvidadiza a veces, y más cuando tengo cosas en mi mente. También parece que tuvimos el mismo plan, quise venir al parque con la intención de verte de nuevo… – No lo sé, sentí la necesidad de venir hasta acá, algo me decía que tal vez podría encontrarte y… Hablar contigo una vez más.
Ella se ruborizó, intentó disimularlo, pero su palidez la delató descaradamente, el rubor de sus mejillas combinaba con el rojo de sus labios y el color de su vestido que le quedaba a las mil delicias. Nunca había sentido algo así por alguien, y ella con su sonrisa, me hacía entender indirectamente que podía corresponder a mis sentimientos. La forma en la que nuestras miradas se cruzaban, la sensación de confianza y seguridad que existía de parte y parte hacía cada vez más evidente que nos unía algo más que un simple gusto literario. Veía en sus ojos un brillo especial y en su cuerpo podía notarse que sentía nervios al acercarme a ella. Todos los domingos quedábamos en vernos, Sam hacía que todo tuviese sentido para mí y yo hacía que ella se sintiera segura, protegida y querida. Así fue pasando el tiempo, todos los días nos hablábamos y como ya se había hecho costumbre, los domingos nos veíamos en el parque a la misma hora y en el mismo lugar.
Sin darnos cuenta habían pasado ya algunos meses; los dos nos quisimos tanto, el amor que nos teníamos era tan grande que, pensamos en oficializar nuestra relación amorosa uniéndonos en compromiso. Ella me dijo que había comprado un hermoso vestido azul y un par de tacones que combinaban a la perfección, haciendo ver su hermoso cuerpo de una forma espectacular, y me había dado a entender que lo usaría en un momento especial para nosotros. Esa semana se me hizo eterna como la primera vez que fui a buscarla en el parque esperando que llegara el momento de nuestra cita, me esmeré en extremo para que todo saliera muy bien, había comprado una caja de chocolates y un ramo de rosas para agasajarla en su llegada, había hecho una reservación en un restaurante de comida italiana y tenía pensado en llevarla al mirador de la ciudad para ver la luna llena y las estrellas para pedirle que nos casáramos, pero…
Nunca llegó. Con el corazón roto, la llamé a su casa, a su teléfono celular, y no hubo respuesta alguna. Sus padres ya me habían conocido y ya habían dado el visto bueno a nuestro noviazgo. En vista de que no tuve respuesta alguna a mis llamadas decidí visitarlos para saber qué había pasado con Samantha, así que salí lo más pronto que pude de mi casa en mi motocicleta, y al llegar a casa de Samantha, me recibió el guardia de seguridad. – Buenas tardes, soy Tom Hudgens, el novio de Sam, ¿Se encuentra en casa? – Buenas tardes, señor Hudgens, le informo que no hay nadie en casa, los señores se encuentran con la joven Samantha en el hospital. – ¿Qué? ¿Qué ha pasado con ella, se encuentra bien? – Disculpe, señor Hudgens, eso no puedo decirlo, no estoy autorizado para dar esa información, puede ir al hospital y hablar directamente con ella o con sus padres. Que tenga una buena tarde y una vez más, mil disculpas, lo siento mucho.
No escuché ninguna otra palabra más de parte del guardia que me había recibido en la puerta. Me fui al hospital inmediatamente, pero cuando llegué, ya era demasiado tarde. Samantha había sucumbido a una extraña enfermedad que la fulminó en pocos días. La muerte había tocado a su puerta, y, con lágrimas en mis ojos, la despedí con el dolor más grande que pude haber sentido en mi vida, y le pedí a sus padres que me dieran, a modo de recuerdo, ese vestido azul que no pudo estrenar. Y es todo lo que tengo qué decir sobre eso.
